martes, 20 de abril de 2010

Barcelona-Madrid

La novela se llamaba “Barcelona Jazz Club”. Me costó (bueno, a mi agente le costó) casi un año encontrar un editor interesado en publicarla. Durante ese año me dio tiempo a escribir otra, a la que llamé “Un trabajo nocturno” y, por no tener dos novelas inéditas circulando al mismo tiempo de editorial en editorial, decidí presentarla a un concurso literario que se convocaba en Madrid: si ganaba, estupendo, y si no, al menos me libraba de la sensación de tenerla estancada.

Al poco de enviarla al concurso me leí algo mejor las bases y me enteré de que el concurso en cuestión se suponía que servía para promocionar la ciudad de Madrid. Como “Un trabajo nocturno” estaba ambientada en Barcelona, la gran rival, pensé: mala pata, la desestimarán por inadecuada. Y me olvidé del asunto.
En eso mi agente encontró editor para “Barcelona Jazz Club”: de Madrid, precisamente. Y al editor de Madrid le encantaba la novela. También le encantaba el título. De hecho, a todo el mundo le encantaba el título.
Pero el editor añadió que, a pesar de gustarle, iba a tener que cambiarlo.
—¿Por?—pregunté yo.
—Es que si sacamos la novela con un título que contenga “Barcelona”, vamos a pinchar en el resto de España.
—¿Por?—repetí.
—Porque muchos libreros no la van a querer. Y muchos otros, aunque acepten distribuirla, no la pondrán en lugar destacado. Y mucha gente ya no querrá comprársela pensando que es cosa de catalanes…
—Pero, ¿me lo dices en serio?
—Totalmente. Nuestra experiencia nos indica que cualquier libro que contenga “Barcelona” en el título, pincha en sus ventas fuera de Cataluña.
—Eso es algo que ya he oído decir a otros editores—confirmó mi agente.
—No tenía ni idea de que la catalanofobia estuviera tan extendida y llegara a extremos tan absurdos. Siempre había creído que era una exageración de políticos nacionalistas.
—Pues ya ves. Es lo que hay.
—De todas formas, tal como está concebida la novela, la ciudad de Barcelona no es un simple decorado: es, prácticamente, un personaje más. Al que no le guste Barcelona, va a tener Barcelona hasta hartarse.
—Bueno, pero para entonces ya habrá comprado el libro.
—Está bien, le quitamos el “Barcelona”. Se nos queda en “Jazz Club”.
—Es que tampoco queremos asustar a los lectores a los que no les guste el jazz.
—Vamos a ver: el protagonista es un músico de jazz que se pasa media novela hablando de jazz. Al que no le guste el jazz, también va a tenerlo hasta hartarse.
—Pero…
—Sí, ya sé. Para entonces ya se la habrán comprado.
—No, iba a decir que la novela no es sólo jazz. También hay una historia de intriga, una historia de amor…
—Bueno, le quitamos el “Jazz” también. Sólo nos queda “Club”, que en inglés quiere decir garrote. Que en inglés no sé, pero en español también puede usarse, en sentido figurado, como sinónimo de polla.
—Evidentemente, la novela no se puede llamar “Club”. Pero no te preocupes, nuestro departamento de Márketing ya le encontrará un buen título. Algo que no diga nada pero que lo diga todo… algo como “La sombra del viento”, o “El vuelo del ángel”, o “el sonido de la noche”… algo así, sutil, poético, intrigante…
—…Inconcreto...
—Son los títulos que están de moda ahora. Y funcionan. Y queremos que tu novela sea un gran éxito económico. Al fin y al cabo esto es un negocio.
—Bueno, vale ¿Y qué le ponemos?
—Hemos optado por dos posibles títulos: “El sonido de la noche” y “Cerca de la medianoche”. Aunque a nosotros nos gusta más el primero.
—Vale, pues que sea “El sonido de la noche”. Y lo que Buda quiera.
Y, no sé si Buda lo quiso o no, pero unos meses después “El sonido de la noche” apareció en las librerías y se efectuó una presentación oficial, durante la que tuve que conceder una serie de entrevistas a la prensa. Básicamente se trata de estar en un sitio mientras diferentes periodistas de diferentes medios van desfilando ante ti, haciéndote más o menos las mismas preguntas mientras tú das más o menos las mismas respuestas, procurando que no se note demasiado que te repites.
Suena peor de lo que es. La verdad es que a ratos hasta me divertí. Y me fui a casa con la satisfacción del deber cumplido y de tener un libro en las librerías.
Me estaba quedando frito en el sofá cuando sonó el teléfono. Siempre pasa lo mismo, pensé. En cuanto te tumbas a echar la siesta te llama uno de esos telecomerciales de los cojones ofreciéndote conexiones ADSL de metacrilato, tarifas planas recauchutadas y a su puta madre para sexo en grupo.
—¿Diga?
—¿El señor Xavier B. Fernández? —dijo una desconocida voz femenina. No te digo, pensé, aquí tenemos a la oferta telefónica de las 16.30. Malhumorado por el brusco despertar, estuve a punto de mandarla a tomar por donde amargan los pepinos, pero antes le pregunté que quien era.
—La concejala de cultura del Ayuntamiento de Madrid—dijo.
—¿La qué de dónde? —menos mal que no la mandé a tomar por donde amargan los pepinos, pensé. Y sí, era la concejala de cultura del Ayuntamiento de Madrid, informándome que había ganado el Premio Río Manzanares de novela, un premio concebido para promocionar la ciudad de Madrid, con una novela ambientada en Barcelona.
—Pero, ¿Me lo dais tal cual?
—Sí, nos ha gustado mucho la novela.
—Pero, ¿no vais a querer que cambie las referencias de lugar? Digo, en donde pone El Raval poner Chueca, en donde pone Gracia poner La Latina…
—Claro que no, ¿por qué?
—Porque habéis concedido a una novela de Barcelona un premio para promocionar Madrid…
Y después de que el Barça humillara al Real Madrid ganándole por dos a cero en casa en el partido más importante de la liga, pensé.
—Así somos en Madrid. Esta es una ciudad muy abierta…
—Ya lo veo, ya. Y hasta resulta que es verdad.
Así son las cosas: ser de Barcelona puede llevarte a fracasar en España o a triunfar en Madrid.No sé si, de haber sido la cosa al revés, mis conciudadanos hubieran premiado a una novela ambientada en Madrid con un premio literario pensado para promocionar Barcelona. Probablemente, no: en Barcelona somos algo más provincianos que en Madrid, mal que me duela reconocerlo. De hecho, toda España (Cataluña incluida) es bastante provinciana, excepto, al parecer, cierta irreductible aldea gala de cosmopolitas situada en el justo centro.
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