jueves, 20 de diciembre de 2018

Cuento de Navidad

Jossou estaba harto de malvivir trabajando como carpintero en su pequeño pueblo de las cercanías de Dakkar. Además, Mariama, su joven esposa, estaba embarazada.  A sus cincuenta años, Jossou iba a verse de nuevo responsable de la manutención de un niño pequeño.
Ya había pasado por eso, pero entonces era más joven. De los tres hijos que había tenido con su anterior esposa uno había muerto de cólera antes de cumplir veinte años; el otro vivía en la ciudad, y tenía su propia familia, de cuyo bienestar preocuparse. El tercero, una niña, no había sobrevivido al parto. Ni ella ni su madre. Poco era, pues, lo que retenía a Jossou. Tomó entonces una determinación, y aquella misma noche se la comunicó a Mariama.
—Iremos a Europa, a buscar trabajo. Un amigo me ha dado el nombre de un marroquí que puede hacernos pasar el Estrecho.
—Pero Jossou—respondió Mariama— pronto empezará el invierno. Y a mí me quedan apenas dos meses para salir de cuentas ¿No sería mejor esperar a que el tiempo sea más benévolo y el niño lo bastante fuerte como para soportar el viaje?
—Todo lo contrario, es mejor que lo hagamos ahora—respondió Jossou—Casi todos los que quieren atravesar el estrecho lo hacen en primavera o en verano. Seguro que en invierno los guardias de fronteras son más negligentes, porque no esperan a nadie. En cuanto al niño, quiero que nazca en suelo europeo. 
El marroquí pedía, por hacerles pasar el estrecho, 40.000 rands sudafricanos, o su equivalente en euros o en dírhams. Jossou y Mariama juntaron todos sus ahorros, vendieron todas sus pertenencias de algún valor y pidieron prestado a sus familiares, hasta juntar esa cantidad y un poco más para el viaje, que efectuaron a pie. A pie atravesaron Mauritania, el Sáhara Occidental y Marruecos, hasta llegar a la ciudad de Tánger, donde debían encontrarse con el marroquí. Éste era un hombre mayor, casi un anciano, que cuando recibió a Jossou iba vestido con una chilaba tradicional y tomaba el té sentado a una mesa de un bar junto al malecón del puerto. El día era claro, y al otro lado  de las aguas se veía flotar, sobre la línea del horizonte, una gran sombra violácea, como el vislumbre de una tierra mítica mencionada en una leyenda tradicional, o entrevista en un sueño. La tierra de la esperanza.
El marroquí no invitó a Jossou a té. Tan sólo le pidió el dinero. Jossou le entregó el fajo de billetes arrugados que había llevado escondido en sus calzoncillos durante todo el viaje. El marroquí contó los billetes, hizo desaparecer el fajo entre los pliegues de su chilaba y avisó con un gesto a otro marroquí, más joven y mejor vestido, con pantalones vaqueros, gafas de sol Ray-Ban y zapatillas Nike, quien, sin decir palabra, guió a Jossou, a empujones, hasta un automóvil aparcado allí cerca. Y en él marcharon, acompañados de otro joven árabe tocado con una gorra de béisbol de los Red Sox y vestido con un chándal púrpura, de la cinturilla de cuyo pantalón asomaba la empuñadura de una pistola automática niquelada.
Los dos jóvenes árabes les llevaron, a él y a Mariama, a la que habían recogido por el camino, hasta una zona arbolada de la costa, apartada de la ciudad, donde un grupo de hombres jóvenes, y algunas mujeres, habían improvisado un pequeño campamento. Allí les hicieron apearse y se fueron sin despedirse.
En el campamento fueron mucho más amigables. De hecho, les recibieron muy bien. Lo formaban treinta y dos individuos de muchas nacionalidades: allí había guineanos, malineses, somalíes, senegaleses, chadianos, cameruneses y congoleños. Entenderse era un poco difícil, porque aquello era una torre de Babel, pero con el francés se conseguía, más o menos. El líder era un etíope muy alto y delgado que, según dijo, en su país de origen había sido maestro de escuela.  Tras darles la bienvenida les mostró  el plan de fuga: una patera  desvencijada, embarrancada en un arenal cercano.
“¿Con eso pretenden los árabes que atravesemos el estrecho?” exclamó Jossou, descorazonado. El etíope, que se llamaba Meles, le explicó que eso mismo había dicho él la primera  vez que vio aquel cascarón de nuez. Él había venido acompañado de un grupo de diez, el grupo que inauguró aquel campamento. Al ver su enfado y al darse cuenta de que les sobrepasaban mucho en número, los árabes se habían asustado, y, para calmarlos, prometieron proporcionarles medios para arreglar el esquife. Allí estaban los medios, junto a la barca y sobre la arena: dos martillos, una sierra, unas tablas y un poco de estopa de cáñamo y brea para calafatear.  Los árabes también les habían dejado una brújula, para poder orientarse una vez se hicieran a la mar, dijeron.
Llevaban varios días allí acampados, intentando arreglar la barca, pero su falta de conocimientos y experiencia hacía que fueran despacio. “Bueno” dijo Jossou entonces, “pues tenemos suerte de que yo sea carpintero”. Meles sonrió al oír eso. Tenía una sonrisa amplia y blanca, refulgente, aún más por contraste con su rostro, de un color negro casi absoluto. La suya era una sonrisa de alegría que también transmitía un poco de tristeza, como es propio de la sonrisa de un hombre con pocos motivos para sonreír. “Es la primera buena noticia que recibo en mucho tiempo”, dijo.
Gracias a la habilidad profesional de Jossou, la patera pronto estuvo restaurada y en buenas condiciones de flotabilidad. Era demasiado pequeña para tanta gente, pero el maestro etíope hizo sus cálculos y determinó que, con un poco de habilidad y no pocas estrecheces, podían embutir allí treinta y cuatro personas y dos bidones de plástico llenos de agua. En reconocimiento al mérito de Jossou en su reconstrucción, a Mariama se le reservaría el mejor lugar y el más resguardado, en el centro, sobre la quilla. Mariama lo agradeció, porque intuía el parto ya próximo y sabía que debía procurar estar lo más cómoda posible.
Y así, una noche en que el frío del recién estrenado invierno ya se hacía sentir pero aún no demasiado, y la luna llena iluminaba la superficie del mar, pero no lo suficiente como para hacerles visibles a los ojos de los guardacostas, los treinta y cuatro se hicieron a la mar.  Mariama iba en el centro, junto a los bidones de agua, y su marido junto a ella. Meles, en la proa, manejaba el timón con una mano, en la otra sostenía la brújula en la mano y mantenía la vista fija en el horizonte, donde se distinguían, débiles y lejanas, las luces de la costa española.
Las primeras horas fueron de frío, incomodidad y tedio, mucho tedio. Los hombres se iban turnando en el uso de los remos. Las luces de la costa española parecían no crecer, parecían estar siempre allí, sobre el horizonte, inmóviles e inalcanzables. A la costa marroquí hacía tiempo que se la habían tragado las tinieblas. Alrededor de la patera no había nada, nada en absoluto, salvo la superficie monótona y plana, apenas rizada, de un agua negra como la tinta.
Y entonces, de pronto, empezó a soplar el viento. Y los rizos sobre el agua se convirtieron en riscos, riscos furiosos que golpeaban el frágil cascarón, haciéndolo saltar de un lado a otro, como un balón en un partido de fútbol.  Algunos tripulantes cayeron al agua, Jossou y Mariama no sabían decir cuántos, porque  la lluvia que había venido acompañando al viento les azotaba la cara  con sus agujas líquidas, obligándoles a entrecerrar los ojos. De los que caían tan sólo oían sus gritos al perder pie, seguidos del chapoteo del agua, y nada más. La oscuridad los engullía, y el frío los callaba pronto; la hipotermia sobrevenía en seguida, convirtiéndolos en cadáveres rígidos como leños que alguna vez, en algún momento, el agua arrojaría a alguna playa.
Entonces, las luces de la tierra mítica empezaron a agrandarse. Jossou podía verlas por entre el agua que le chorreaba por el rostro, tumbado encima de Mariama, que  a su vez estaba tumbada sobre la cubierta, en el fondo de la patera. Ya nadie manejaba los remos, pues las olas los habían arrancado de las manos de los remeros, y ya nadie pilotaba la nave, pues las olas habían arrancado al maestro etíope y a su brújula de su puesto en la proa. Pero a pesar de ello la nave se acercaba a la costa a bandazos y a toda velocidad, empujada por las olas, impulsada por el viento. Hasta que chocó contra un pequeño farallón y se desmenuzó. El agua, al recibir a Jossou, le envolvió con un abrazo helado. Jossou luchó contra el entumecimiento que le iba agarrotando los miembros, agarró a Mariama y nadó como pudo (mal, pues nunca había sido un buen nadador) hacia las luces, porque allí tenía que estar la costa. Una de esas luces, una luz voladora, parecía mostrarle el camino. Y sí, la costa estaba allí, pronto sus pies tocaron la arena bajo el agua helada, y pudo por fin caminar.
Unos hombres blancos con uniformes verdes y armas se acercaron a ellos, gritando órdenes que él no entendía. Miró la luz que volaba, y esa vez pudo distinguir con claridad que surgía del morro de un helicóptero, verde como los uniformes de  aquellos hombres. La luz del helicóptero le reveló los contornos de la playa, y los bultos multiformes que la  mar estaba vomitando sobre la arena: restos de la patera destrozada. Y algunos cadáveres.
Y entonces, Mariama gritó de dolor y rompió aguas.
La llevaron a una tienda de campaña que la Cruz Roja había montado, como improvisado centro asistencial, a pie de playa. Y allí, al calor que proporcionaba un generador eléctrico a gasoil al que los de la Cruz Roja llamaban “la mula”, Mariama dio a luz un niño, varón, de tres kilos doscientos gramos, sano en apariencia. Jossou se negó a separarse del lado de su mujer en ningún momento, a pesar de los requerimientos de los voluntarios de la Cruz Roja, a pesar de las amenazas de los policías, o soldados,  o lo que fueran, uniformados de verde.
—¿Cómo le vais a llamar?—les preguntó alguien, en francés. 
—Aún no hemos pensado en ningún nombre—respondió Jossou.
—Deberíais llamarle Jesús.
—¿Por qué?
—Porque esta noche es Nochebuena.
Un poco después, vinieron a ver a Jossou y a Mariama tres  hombres venerables a quienes los de la Cruz Roja y los del uniforme verde trataban con deferencia y respeto. Habían venido en un gran automóvil, gris y reluciente, guiados por la luz del helicóptero.
Uno era un ingeniero informático ecuatoriano, que dijo llamarse Melchor, y dijo ser colaborador de Cáritas.  Les dio ropas, pañales y otros enseres que podían necesitar para el niño.
Otro era un médico español llamado Gaspar. Dijo que pertenecía a Médicos sin Fronteras. Examinó al niño y a la madre y diagnosticó su buen estado de salud, a pesar de las circunstancias.
El tercero era un abogado guineano que se llamaba Baltasar. Les dijo que proporcionaba ayuda legal gratuita a los inmigrantes africanos, y que se haría cargo de su caso.
Aunque unas semanas después, a pesar de los esfuerzos del abogado Baltasar, y tras haber pasado ese periodo de tiempo encerrados en un centro de detención de la Guardia Civil —Jossou había averiguado que así se llamaban los del uniforme verde— fueron deportados de vuelta a Senegal.
Feliz Navidad a todo el mundo.

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