viernes, 14 de enero de 2011

El diablo tiene sentido del humor

Aquel tipo se había enriquecido especulando con productos alimentarios. Por su causa muchos agricultores del tercer mundo apenas podían vivir de lo que cultivaban, mientras muchos consumidores del primer mundo apenas podían pagarlo. Y como no hay justicia en este mundo pero en el otro dicen que sí, cuando se murió fue al infierno, donde el diablo le preguntó, como parte de la entrevista de admisión, si tenía algún deseo que satisfacer.

—¿Es que aquí se pueden satisfacer deseos?—preguntó.
—Prueba—respondió el diablo, sonriendo—te concedo el disfrute de un pecado capital. El que elijas. Para que se te haga un poco más llevadera tu estancia aquí.
Pensó. No serían la ira, la envidia ni la soberbia. No se saca ningún placer de su práctica.  Tampoco es placentero sentir pereza. Y ¿para qué ser avaricioso, si en el infierno el dinero no vale para nada? Lo cual era realmente un infierno para un convencido defensor del capitalismo como él. Quedaban la lujuria, que era muy cansada, y la gula. Eligió esta última. Siempre le había gustado mucho la buena mesa.
—De acuerdo—dijo el diablo—Me encargaré de que siempre tengas a tu disposición una mesa bien servida con buenos manjares. Los que más te gusten.
—No me lo creo.
—Créetelo. Claro que, aparte de eso, deberás sufrir algún tipo de tormento.
—Qué remedio, pensó él. Aunque, si podía darse aquel placer, quizá el tormento sería más llevadero.
El diablo le mostró una gran mesa donde habían servidas todo tipo de deliciosas viandas, sus preferidas: mariscos, makis, arroces y cazuelas, asados, fritos, parrilladas, frutas, tartas, pasteles… acompañados de excelentes vinos, excelentes champañas y excelentes cervezas. El aire estaba preñado con los aromas de los platos calientes, cuyo olor le hizo salivar y segregar jugos gástricos inmediatamente.
—¿De verdad puedo comer y beber de todo esto?—preguntó.
—Cuanto quieras y cuando quieras. Siempre habrá una mesa así servida a tu disposición. Por toda la eternidad.
—Maravilloso ¿puedo sentarme ya a comer?
—Antes debo martirizar tu carne un poco. Ya sabes, el tormento. El trámite. Para eso estamos aquí.
—Ah, claro, ahí está el truco. Me estarás martirizando durante toda la eternidad con esa mesa de manjares esperándome, inalcanzable.
—No, el tormento de tu carne apenas durará un par de minutos. Luego te podrás sentar a comer tanto tiempo como quieras. Y, en ese retrete que hay instalado a tu lado, a descomer tanto como sea necesario.
—¿Seguro que no estoy realmente en el cielo?
—Oh, no—dijo el diablo, sonriendo de nuevo—estás realmente en el infierno. Y te vas a dar cuenta en seguida.
Y, diciendo esto, el diablo le arrancó las papilas gustativas de la lengua y se las reimplantó en el ano. La operación fue dolorosa, pero apenas duró un par de minutos.
—Ya puedes sentarte a comer— le dijo el diablo entonces—he acabado contigo.
El diablo se marchó, dejándole solo. Se sentó a comer, pero sin papilas gustativas todos los alimentos sólidos sabían como el yeso y todos los líquidos parecían agua destilada. Pero como los aromas le estimulaban el apetito, comió y bebió aquellas insipideces hasta que tuvo ganas de ir de vientre. Entonces se sentó en el retrete, donde las papilas gustativas de su ano saborearon en toda su extensión el largo truño que expulsó. Y así pasa toda la eternidad, comiendo sin saborear y saboreando la mierda al cagar.  
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