domingo, 25 de octubre de 2020

Dame un abrazo

 


La empresa se llamaba H.U.G. (nunca supe qué significaban las siglas) y sus oficinas, pequeñas y austeras (apenas algo más que un despachito con una antesala en la que montaba guardia la secretaria-recepcionista) estaban instaladas en el piso de arriba. En el de abajo abría al público su local, que se denominaba Dame Un Abrazo y se anunciaba como “El primer centro de cuddling en la ciudad”
—¿Qué es el cuddling?—pregunté.
—La última moda en Nueva York. También está teniendo mucho éxito en Tokyo—me respondió la mujer.
—Ya. Pero… ¿en qué consiste?
La mujer era de mediana edad y, obviamente, asiática; así lo pregonaban sus facciones, el levísimo acento que asomaba en su, por otra parte, excelente pronunciación, y su apellido, porque se presentó como la señora Wong. Vestía con la acartonada elegancia de una ejecutiva de Wall Street y se peinaba con la mitad de la producción anual de laca en el mundo. A pesar de la mediana edad y del peinado en forma de casco barnizado de laca podría haber pasado por una mujer atractiva, de no irradiar de ella cierta aura de tensión contenida, intangible pero inquietante, como el ruido blanco que produce una radio con el volumen al mínimo, cuando está sintonizada en una frecuencia vacía. Mi pregunta provocó que en esa aura crepitaran algunos chispazos. Entrecerró el eyeliner de sus ojos almendrados, volviéndolos así aún más asiáticos, para lanzarme una mirada de desaprobación. O, quizá, de desdén.
—En su currículum dice que sabe leer y escribir en inglés perfectamente.
—Lo suficiente como para saber que cuddling es el gerundio del verbo to cuddle, que se puede traducir como abrazar, o acurrucarse, o hacer arrumacos. Aquí lo que me falta es el contexto.
—¿Rumacos? ¿qué es rumacos? ¿algo sexual? No, no, nada de sexo. Cuddling se ha demostrado tiene efectos terapéuticos beneficiosos. Efectos psicológicos. Genera serotonina. Reduce ansiedad y estrés. Nada de sexo.
El desconcierto le descontroló un poco el uso de las preposiciones y el acento, que se acentuó (Un acento acentuado, una divertida aliteración; o un trabalenguas muy soso) permitiéndome reconocerlo como indudablemente mandarín—esa forma sutil de ensordecer las oes finales, de paladearlas haciéndolas rodar garganta abajo— por lo que di por confirmada mi sospecha de que no era una compatriota con orígenes asiáticos, sino alguien que había venido del extranjero a hacerse cargo de esta sucursal local de lo que, probablemente, era una franquicia internacional.
Mientras dedicaba una parte de mi mente a elaborar explicaciones tranquilizadoras sobre el significado de “arrumacos”, la parte que permanecía en retaguardia se estaba preguntando cómo demonios había acabado yo sentado en aquel pequeño despacho mínimamente decorado —es decir, no decorado en absoluto— impersonal, funcional y aséptico como el quirófano de una clínica veterinaria cutre, hablando de arrumacos. Tú mismo te metiste en esto por voluntad propia, se respondió a sí misma la parte de mi mente que permanecía en retaguardia.
Estaba allí porque había respondido a una solicitud de empleo publicada en internet, en la que demandaban hombres mayores de cincuenta años “pulcros y aseados, con buena presencia, buena educación y buen carácter”. No se requerían otras cualidades. Era raro, sin duda. Fruncí el ceño al leerla, y mi mujer lo frunció aún más cuando se lo expliqué. Pero respondí, porque a mi edad las ofertas de trabajo no es que escaseen, es que se vuelven quimeras tan inaprehensibles como los unicornios o las doncellas vírgenes. Y, de todas formas, y a pesar de las suspicacias de mi mujer, era harto improbable que fuera algo relacionado con algún tipo de prostitución. Si cuando pasas de los cincuenta es difícil que te consideren adecuado para la mayoría de los puestos de trabajo, para el de gigoló todavía menos. Y yo necesitaba un empleo, si no por dinero —que también—por higiene mental. Y, total, por probar…
Y por probar estaba allí en aquel momento, intentando explicarle el significado de la palabra “arrumacos” a una estirada extranjera con cara de que semejante muestra de afecto (o cualquier otra) le produjera sarpullido. Aunque, tras un par de minutos de explicaciones, pareció entenderlo.
—Yo le enseño folletos. Usted debe estudiar folletos.  Nuestros clientes son mujeres, la gran mayoría, y acuden a nosotros buscando a alguien que las abrace durante un rato.
—¿Gente que paga por un abrazo?
—Durante un rato. Es barato. diez euros media hora, todo incluido.
—Lo del “todo incluido” me preocupa un poco…
—Nada sexual. Lo incluido es una consumición no alcohólica, y una manta si el cliente la desea.
—Una manta para acurrucarse. Claro. Así, todo es más cuddling.
—Correcto. Pero nada más. No rumacos.
—Arrumacos. De acuerdo, ahora estoy menos preocupado,
—Usted tiene buen perfil—dijo, y se caló unas gafas, con cadenita y muchos brillantitos en la montura, para mejor leer el currículum que tenía sobre la mesa—Buena educación ¿Doctorado en filosofía?
— Pregúnteme lo que quiera sobre el Tractatus de Wittgenstein. Escribí una tesis en la que lo glosaba, y que no ha leído nadie.
—Mejor no hable de eso con los clientes. Mejor no hable mucho de nada. Cuanto menos hable, mejor.
—Es un buen consejo. Como decía Xenócrates, “Me he arrepentido muchas veces de haber hablado; jamás de haber callado”
—¿Qué?
—Nada. Algo que decía un griego que hablaba demasiado.
—Tiene buena presencia. Eso está bien. Pero no es muy atractivo. Eso también está bien.
—Si usted lo dice…
—Es viejo, pero no mucho.
—No soy viejo, soy de mediana edad.
—Viejo también está bien. Y parece un hombre confortable.
—Confortable. Si usted lo dice…
Aquella mujer tenía un raro talento para insultarte como si te estuviera alabando; o quizá fuera al revés. Aunque en eso último tenía razón: yo era consciente de haber entrado en esa edad en que las mujeres dejan de encontrarte atractivo para encontrarte confortable. Si tienes suerte y les caes bien.
En fin, la entrevista fue así de rara, pero conseguí el empleo. Y lo acepté. Al día siguiente metí en un bolsillo una edición de ídem de las Meditaciones de Marco Aurelio, y en una fiambrera dos emparedados de atún con mayonesa, un huevo duro y un botellín de té frío, y me fui a cumplir mi jornada laboral al Dame Un Abrazo, el primer centro de cuddling de la ciudad.
El local, básicamente, era una cafetería con la carta muy limitada—sólo cafés, tes y algún refresco; nada de comer, y nada de alcohol— hilo musical a volumen bajo e iluminación tenue, con sofás en lugar de mesas y sillas. En cada sofá, había sentado un señor; en algunos, una señora, pero ésas tenían mucha menos demanda. Todos, y todas, en la cincuentena, año arriba o año abajo; limpios, pulcramente vestidos (aunque de forma no excesivamente formal; esa era una de las normas que se detallaban en los folletos que me había pasado mi jefa, la señora Wong) y discretamente perfumados (otra de las normas; para cumplirla, la empresa ponía a disposición de los empleados frascos de colonias de aroma leve e inequívocamente masculino: fragancias de madera, cuero, cítricos y notas de tabaco). Mi trabajo, como el de los demás, consistía en estar allí sentado, en un extremo del sofá, esperando a que viniera alguna clienta, con su taza de té o su refresco de soda, a sentarse en el otro extremo. Todas las tomas de contacto se desarrollaban inexorablemente igual, como si todos siguiéramos un guion preestablecido.
—Hola—solía decir ella.
—Hola—solía decir yo.
—¿Me das un abrazo?
—Claro.
Entonces ella se inclinaba hacia mí, yo le pasaba el brazo por los hombros, y así pasábamos la media hora.
—¿Y por eso pagan diez euros?—me preguntó mi mujer, cuando se lo expliqué.
—Por eso pagan diez euros. Y viene mucha clientela, no creas.
—¿Y nada más? ¿No intentan ligar contigo?
—No, claro que no—mentí; alguna vez que otra, alguna mujer que otra lo intentaba. Eso iba contra las normas de la empresa, por lo que, en previsión de esos casos, nos habían pasado formularios con protocolos de actuación que incluían listas de frases adecuadas para excusarse sin herir los sentimientos de la clienta en cuestión. Pero la verdad es que muy pocas veces había que echar mano de esos protocolos; la gran mayoría de la clientela se comportaba.
Eso sí: no sin cierto orgullo, y para satisfacción de la señora Wong, puedo presumir de que pronto me convertí en uno de los abrazadores más solicitados. No tardé en tener clientas habituales. Los viernes a última hora solía venir una mujer de unos cuarenta años, muy atractiva, vestida con trajes de ejecutiva calcados a los que solía usar mi jefa. Pedía un té, dejaba su portafolios sobre la mesita, me saludaba con un “hola”, se quitaba los zapatos, que siempre eran de vertiginoso tacón, subía los pies al sofá, encogía las rodillas contra el pecho, apoyaba la cabeza en mi hombro, dejaba que yo le pasara el brazo por sobre los suyos, y de esa guisa se tomaba el té mientras miraba cosas en su celular. A veces, también echaba una cabezadita. Cuando acababa su hora—siempre contrataba dos turnos seguidos—se calzaba, cogía el portafolios, se despedía con un “adiós” y una leve sonrisa, y se marchaba. Eso era todo. Nunca hablábamos, nunca me dijo su nombre. Tampoco se lo pregunté, claro. Iba contra las normas.
Otra de mis habituales era algo más joven, y algo menos atractiva, aunque no tanto como para justificar lo muy acomplejada que estaba con su físico. Se llamaba Rosa; lo sabía porque ella me lo había dicho, sin que yo le preguntara (eso sí estaba permitido). Era de las que gustaban de hablar, un poco. Casi siempre sobre su físico, que no le gustaba nada.
—¿Te parezco gorda?
—No, en absoluto.
—Me sobran diez kilos, por lo menos.
—Pues no sé por dónde.
—Por el culo. Tengo un culo enorme.
—No tanto. Y, en cualquier caso, a los hombres nos gustan los culos grandes.
—¿A ti te gusta mi culo?
—No entremos en eso. Conoces las reglas…
—Cuando bajo la cabeza se me hace papada.
—A mí también.
—Pero tú eres mayor…
—Sí, más que tú, y estoy más estropeado que tú, que aún eres joven y atractiva. Y aun te quejas…
—No estás tan mal. Para tu edad.
—Gracias. Pero no entremos en eso, tampoco.
—Ya. Las reglas…
—Las reglas, sí.
—Hueles bien. Madera, cuero, cítricos…
—Y notas de tabaco. Lo sé.
Rosa solía tomar un agua mineral con gas y solía pedir una manta, para acurrucarse más a gusto. Tras desahogarse, con una conversación como esta o parecida, solía quedarse dormida sobre mi hombro, como la ejecutiva. De hecho, esto era algo frecuente: la mayoría de mis clientas se quedaban fritas a poco que cogieran un poco de confianza. Pronto entendí por qué la señora Wong le dio tanta importancia a que yo pareciera “confortable”.  
En cuanto se dormían, yo también podía relajarme: sacaba del bolsillo el libro que hubiera traído aquel día —teníamos prohibido escuchar música con auriculares o usar el celular durante las horas de trabajo, pero se nos permitía leer— y aguardaba, leyendo, a que la clienta se despertara. Pronto descubrí que las mejores lecturas para esos ratos eran las breves, las de fragmentos o aforismos. Así que releí las Meditaciones de Marco Aurelio, el Así habló Zaratustra de Nietzsche, el Breviario de Podredumbre de Émil Ciorán y hasta las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Los Ensayos de Montaigne también me hubieran servido, de no haber escrito Montaigne tantos, y de no tenerlos yo encuadernados en un volumen de tan aparatoso idem.
Claro que el trabajo no siempre era así de plácido. Había clientas primerizas que se sentaban a mi lado, tensas como el mecanismo de una ratonera, y preguntaban “de qué va esto”. Entonces yo les explicaba, con amabilidad y un tono de voz bajo, tal como prescribían las normas, lo de la última moda en Nueva York y Tokio, lo de los efectos terapéuticos beneficiosos, y que si la psicología, que si la serotonina, que si la reducción de ansiedad y estrés. Entonces se dejaban abrazar, ya que habían pagado por ello. La mayoría se relajaban al cabo de unos minutos, y sí, solían quedarse dormidas; o, cuando menos, amodorradas. A unas pocas, tras un rato más o menos largo—por más incómodas que se sintieran, trataban de amortizar el dinero que habían pagado; haec est natura humana—el muelle de la ratonera les saltaba; se levantaban de un brinco, cogían el bolso de un zarpazo, murmuraban un “Lo siento, pero esto no es para mí” o algo parecido, y se marchaban, más tensas aún de como habían venido. Y, quizá, un poco avergonzadas de sí mismas.
—No se preocupe por eso—solía decir entonces la señora Wong— Ya han pagado el servicio. Y no hay reembolsos.
—Ya. Las normas.
—Las normas, sí.
Peor era cuando te tocaba en suerte una ligona. Las llamábamos así, ligonas. Te hacían sentir violento. Recuerdo, en especial, a la primera, una mujer de mi edad —Las mujeres de mi edad formaban el grueso de nuestra clientela— que vino muy acicalada, muy perfumada y luciendo un escote muy llamativo. La señora Wong, que desde su despacho podía controlar lo que sucedía en la sala mediante un sistema de televisión en circuito cerrado, solía bajar en cuanto entraba una mujer así de emperifollada y con un escote así de pronunciado; escote grande, problemas grandes, solía decir.
La mujer se llamaba Thais, o eso me dijo. Las ligonas siempre revelan su nombre, en seguida. Aunque dos de cada tres veces resulta ser un nombre falso. Entró, pidió en la barra un café y una ficha de media hora y, tras concederse unos momentos para inspeccionar el local, se sentó en mi sofá. Me dijo su nombre, me preguntó el mío y, a continuación, me pidió un abrazo, claro. Mientras le pasaba el brazo por encima de los hombros, con el rabillo del ojo vi a la señora Wong bajar del despacho y sentarse en un taburete de la barra.
—Me gusta la colonia que usas. Huele bien.
—Pues sí. Madera, cuero, cítricos y notas de tabaco.
—El camarero olía igual.
—Es el aroma corporativo.
—Es agradable esto. Resultas...
—Confortable.
—¿Por qué trabajas aquí?
—Bueno, por eso mismo. Porque es un trabajo.
—Ya. Para ti, soy trabajo. En realidad, te importo una mierda.
—No, qué va. Me pareces una mujer muy interesante.
—Te parezco una vieja patética que paga diez euros para que un hombre la abrace. Y tienes razón, soy muy patética.
—No, para nada. Creo que haces bien en recurrir a la terapia de cuddling. Ha demostrado tener efectos muy beneficiosos. Mejora la autoestima, genera serotonina, reduce la ansiedad y el estrés. Muchos médicos la recomiendan.
—Ya, ya me he leído los folletos de propaganda. Y el reportaje que os hicieron en El País. Pero yo no siento que esto mejore mi autoestima. Al contrario. Es todo como muy formal, pero tiene un no sé qué de burdel triste. Y yo me siento como una vieja patética que está tan sola que tiene que pagar para que un tío la abrace. Y ni siquiera es un tío que esté muy bueno…
—No te debes culpar por estar sola. Mucha gente lo está. No es culpa tuya. Es esta sociedad en la que vivimos, que nos aísla.
—¿Te parezco atractiva?
—Sí, mucho.
—¿Te apetecería ir a otro sitio a tomar una copa?
—No puedo, va contra las reglas.
—Cuando acabes la jornada. No pueden controlar lo que haces fuera de horas de trabajo.
—No, lo siento.
—Ya. Es que, en realidad, te importo una mierda.
—No es eso… Además, estoy casado.
—Cariño, esa es la excusa más vieja y más rancia de la lista de excusas viejas y rancias del manual para quitarte de encima a los pesados. Yo misma la he usado un par de veces. Cuando era más joven y estaba más buena.
—Aún eres joven, y sigues estando buena.
—Eres un cielo. Anda, ven conmigo a algún otro sitio que no parezca un burdel triste, para que puedas darme un abrazo sin que parezca un trabajo. Te pagaré el doble de lo que cobres aquí.
—Es que no puedo. Las normas…
—A la mierda las normas. Vamos a pasear por el parque, cogidos de la mano. Dime que me quieres, aunque sea mentira. Dime que te importo, aunque no sea verdad.
—Es que no puedo. Las normas…
—Ya te he dicho que te pagaré bien.
—No es eso…
En ese momento se materializó a nuestro lado la señora Wong, porque debió notar el nerviosismo en mi lenguaje corporal, o quizá el desequilibrio en el de la mujer. Entre reverencias y sonrisas gélidas, me ordenó que me retirara a la zona de empleados, con no recuerdo qué excusa no sólo falsa, sino también absurda, pero formulada con mucho convencimiento. No me lo hice repetir. Me levanté y me marché, mientras la señora Wong lidiaba con la clienta. Probablemente, humillándola mientras parecía que la halagaba. A la señora Wong se le daba muy bien eso.
En la zona para empleados encontré a Mercedes, que estaba haciendo un crucigrama mientras se tomaba un batido de verduras de un sumamente extraño—y levemente repugnante—color verde. Yo abrí mi fiambrera y la acompañé con mis emparedados de atún con mayonesa, mi huevo duro y mi botellín de té frío.
—Haces mala cara ¿ha pasado algo?—Me preguntó. Yo le expliqué, brevemente, lo que había sucedido.
—Ya veo. Y eso ¿te ha dejado con mal cuerpo?
—Un poco. No me había pasado nunca…
—Uy, estás muy mal acostumbrado. Para mí, eso es el pan de cada día. O casi ¿Filósofo griego muy dialogante? Seis letras.
—Con seis letras, será Platón. Pero debería ser Sócrates.
—Ya salió el licenciado en filosofía.
—Doctorado.
—Usted disculpe, doctor.
Mercedes era una de las pocas mujeres que trabajaban en el Dame un abrazo. Cuando yo empecé sólo había dos, y tres semanas después, ella se convirtió en la única. Ya he dicho que lo de la terapia cuddling tenía escaso éxito entre los varones.
—¿Alguno de tus clientes ha intentado alguna vez algo parecido?
—Todos y cada uno, a todas horas. Y prácticamente todos son jovencitos a los que les doblo la edad. A veces no sé si sentirme halagada o agobiada.
—Mejor halagada, si puedes elegir.
—¿Tres tizas muy melancólicas? Nueve letras…
—Tristezas.
—Anda, pues sí. Encaja.
—Supongo que son gente que se siente muy sola…
—…O, simplemente, que va muy salida.
—No creo que sea tanto una cuestión de sexo como de soledad. Un hombre aislado se siente débil, y lo es. O eso decía Concepción Arenal.
 —Pues a lo mejor sí. A lo mejor tenéis razón, tú y Concepción Arenal. Pero la verdad es que me importa una mierda. Este trabajo, en el fondo, es una ídem. Lo aguanto porque necesito el dinero. En casa tengo bocas que alimentar.
—¿A ti también se te quedan dormidos sobre el hombro?
—No, a mi se me suelen quedar dormidos sobre las tetas ¿Ayudante de Batman? Cinco letras.
—Robin. Bueno, ahí deben estar cómodos.
—Dios, la herencia genética y la afición a la repostería selecta han conspirado para proporcionarme un buen par de almohadones ¿Quién dijo: “El hombre solitario es una bestia o un dios”? Once letras.
—Aristóteles.
Cuando acabé de comer, volví a mi lugar. La clienta—Thais, se llamaba, o se hacía llamar, recordé—se había marchado, y la señora Wong había vuelto a su despacho. Una hora y media después, cuando acabé mi jornada y el Dame un abrazo echó el cierre, volví a casa. Eran casi las once cuando llegué, porque el Dame un abrazo cierra tarde. Mi mujer ya había vuelto de trabajar, ya había cenado y se había metido en la cama,  desde la que estaba viendo, en la tele del dormitorio, uno de esos horrendos programas de telerrealidad que tanto le gustan, y tanto le molesta que yo llame telebasura.
—¿Qué tal te ha ido el día?—me preguntó.
—Bien, normal ¿y el tuyo?
—Bien, normal ¿Vienes ya a la cama?—dijo, con cierta aprensión,
—No, te dejo ver tu programa. Voy a prepararme un bocadillo y a ver si pillo algo en Netflix, en la tele del salón.
—Gracias—dijo, aliviada—Esto acaba en cuarenta y cinco minutos.  Entonces podrás venir.
—De acuerdo.
Fui a la cocina, me preparé otro emparedado de atún con mayonesa, al que, esta vez, añadí pepinillos, y me lo llevé al sofá. No podía aguantar esos programas que veía mi mujer, y de haberme metido en la cama entonces, encima de tener que soportarlo, le habría amargado el visionado a ella. Así que navegué por Netflix hasta encontrar una serie de vampiros y cowboys, que parecía tonta pero entretenida, y vi el primer episodio, y luego otro, y luego otro más. El resultado, como siempre, fue que me fui a la cama muy tarde, bastante más de los cuarenta y cinco minutos que había prescrito mi mujer.
 La televisión del dormitorio seguía encendida, y aquel programa de mierda, en el que una gente muy vulgar y, supuestamente, muy famosa, hacían gala de un coeficiente intelectual notablemente bajo y un nivel cultural en números rojos mientras se gritaban los unos a los otros con mucha vehemencia, continuaba en pleno desarrollo. O quizá no fuera el mismo programa, sino otro parecido. Esta clase de programas son perfectamente intercambiables. Daba igual, porque mi mujer ya se había dormido. Roncaba suavemente, iluminada por la luz fantasmagórica de la pantalla.
Apagué el televisor, me lavé los dientes, me puse el pijama y me metí en la cama, a su lado, a sus espaldas.
—Dame un abrazo—dije en voz alta. Pero ella, detrás de mí, no me oyó. Seguía roncando suavemente.

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