domingo, 28 de febrero de 2010

Me acuerdo: iglesia

Me acuerdo del intimidante, severo silencio. Me acuerdo de las sombras que se agazapaban tras las columnas y los arcos del crucero, como jirones de niebla negra. Me acuerdo de la estatua policromada y vestida de Santa Águeda, tan aparentemente real como la figura de un museo de cera. Me acuerdo de sus ojos alzados al cielo en una expresión de perpetuo dolor. Me acuerdo de la bandeja que sostenía en una mano, con lo que parecían dos flanes sonrosados y ensangrentados: sus pechos, los que según la historia le cercenaron en el martirio. Me acuerdo del cristo crucificado de otra de las hornacinas. Me acuerdo de las gotitas de sangre, minuciosamente labradas y pintadas, que le recorrían todo el cuerpo. Me acuerdo de las lágrimas de sangre que caían de sus ojos, alzados al cielo en una mueca de perpetuo dolor aún más angustiante que la de Santa Águeda. Me acuerdo de los clavos, de hierro real, que atravesaban su carne aparentemente real. Me acuerdo de la pintura mural tras el altar, representando el martirio de San Juan Bautista; me acuerdo de que su cuello cortado parecía un embutido. Me acuerdo de los chorreones de sangre cayendo de la bandeja donde el verdugo estaba depositando su cabeza. Me acuerdo que no podía dejar de mirar aquella escena durante todo el oficio. Me acuerdo del peculiar olor, como a queso rancio disimulado con polvos de talco, que desprendía el sacerdote sentado en las sombras del confesionario. Me acuerdo de las motitas blancas de caspa sobre el paño negro de su sotana. Me acuerdo del aspecto de sus manos, pálidas y blanduzcas como la tripa de un pez. Me acuerdo de sus reiteradas, obsesivas preguntas, siempre sobre lo mismo: “¿te tocas?” “¿si me toco qué, padre?”. Y me acuerdo de lo brillante que parecía el sol y lo azul que parecía el cielo cuando por fin podía salir de aquella especie de museo de los horrores. De todo eso me acuerdo.
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