jueves, 4 de mayo de 2017

Lluis Llach, de L'estaca al estacazo

Mi interés por la nova —ahora vellacançó duro algo más que lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, pero no mucho más. Sentí por ella  el interés lógico que podía sentir cualquier adolescente catalán durante los años setenta, pero éste se apagó en cuanto descubrí el rock; de pronto, Lou Reed, David Bowie, The Clash, Joy Division o Jim Morrison se me revelaron como mucho más interesantes que todos aquellos cantautores de pantalón de pana,  rasgueos de guitarra viuda y versificación previsible; y los bulliciosos chicos y las glamourosas chicas de la entonces recién estrenada movida madrileña (que incluía a los barceloneses Loquillo y los Trogloditas y Los Rebeldes) se me revelaron como muchísimo más divertidos.

martes, 28 de febrero de 2017

Bocados de realidad

Por el océano de las letras norteamericanas nada, cual ballena blanca, el mito de la GNA, la Gran Novela Americana, ese artefacto para captar literariamente el alma (americana) de una época al que innumerables Ahabs, desde Mark Twain hasta Jonathan Franzen (y más allá) han intentado arponear con mayor o menor éxito. Pero la literatura norteamericana no sólo dispone de esos grandes artefactos para captar literariamente el alma (americana) de una época; sus escritores se han mostrado también muy duchos en captarla mediante artefactos mucho más pequeños y funcionales, no ya grandes ballenas blancas, o rojas, o azules, sino flexibles bancos de pequeños peces. Pues la norteamericana es también, o sobre todo, una tradición literaria de narraciones breves. Mucho más que la francesa, por ejemplo, o sin duda la española, donde cuesta Dios y ayuda convencer a un editor para que te publique un volumen de relatos; los editores españoles viven instalados en la idea fija de que eso no vende.

lunes, 6 de febrero de 2017

Un James Bond de carajillo y Farias

Arturo Pérez-Reverte entró en el despacho, saludó a su editor y se recostó en la butaca que éste le indicó, listo para afrontar la habitual letanía de alabanzas. El editor puso la mano sobre un grueso ejemplar de Hombres buenos, su última novela, un tocho histórico complejo, largo, lleno de erudición, aventuras al estilo Dumas y referencias a su querida Real Academia de la Lengua. Pérez-Reverte se sentía muy orgulloso de esa obra, la consideraba uno de sus mejores trabajos.
—Una gran novela, Arturo. Muy en tu línea. Pero…
—¿Pero?
—¿No te has planteado escribir algo más ligero, más popular?