Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur (Publio Sirio)

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miércoles 8 de julio de 2009

Y dale con la banderita

Es costumbre entre escaladores y boyscouts que cuando coronan una montaña, monte o colina planten una bandera y se hacen una foto con ella, para que quede constancia del acontecimiento. La bandera puede ser la de su país, nación, región, ciudad, equipo de fútbol, sociedad gastronómica, peña montañera o empresa patrocinadora, que de todo hay. A veces, hasta la dejan allí: el acto no tiene más importancia ni trascendencia que el de dejar testimonio —efímero, porque también es costumbre llevarse como trofeo la bandera que encuentras en la cima, si es que encuentras alguna— de su paso por allí: es como una versión menos cafre y casi igual de hortera que la costumbre de dejar un grafitti con su nombre (“Manolo estuvo aquí”) que algunos practican, sobre todo en los monumentos.
Pues bien, un grupo de soldados españoles, de maniobras por Euskadi, subieron a la cima del monte Gorbea y cumplieron con la tradición boyscout de hacerse una foto de grupo con su bandera, que en este caso colocaron en una cruz conmemorativa de hierro que allí se encuentra. Luego recogieron la bandera y se la llevaron a casa, o al cuartel. Vaya, una anécdota de lo más sosa.
Pero a Iñigo Urkullu, presidente del Partido Nacionalista Vasco, que ya bastante rebotado andaba con que la presidencia de la lehendakaritza la hubiera ganado un maketo, eso de ver una bandera española sobre el monte Gorbea le ha parecido una provocación inadmisible . “Aquí no se planta más bandera que la nuestra” no sé si dijo, pero pareció pensar. Y tiempo le ha faltado para convocar una marcha al monte (vamos, para echarse al monte) con la ikurriña más grande que pudo encontrar (seis metros por ocho, nada menos; sin duda Urkullu quería dejar claro que él la tiene más gorda) y plantarla donde, de hecho, ya no estaba la rojigualda.
Si al monte Gorbea hubieran subido una peña de excursionistas polacos y se hubieran fotografiado con su enseña nacional, seguro que el señor Urkullu no hubiera dicho ni pío. Pero como han sido un grupo de soldados españoles con la bandera junto a la que él se suele fotografiar en los actos oficiales, ya tenemos la guerra de banderas montada.
Esto de las guerras de banderas, a cual más tonta, les encanta a los nacionalistas en general, y a los nacionalistas vascos en particular. Hay que recordar que una condición sine qua non de cualquier credo nacionalista es escenificar su devoción, entre totémica y pseudorreligiosa, por una de esas sábanas vistosamente decoradas. En el mundo moderno ese idolismo no tiene lógica ninguna, pero claro, estamos hablando de nacionalistas, gente que por lo general mantienen una relación complicada con la modernidad y con la lógica. Lo peor que tanta grandilocuencia alrededor de un trozo de tela de colores chillones, por risible que parezca, demasiadas veces ha servido de estúpida excusa para matar gente.
Supongo que se está notando, pero para que quede claro reconozco que no me gustan las banderas, ni me siento cómodo con su culto. No mataría por ninguna, y desde luego no moriría por ninguna. Creo que la vida de un ser humano, de uno solamente, vale mucho más que todos los trapos de colores del mundo. Ya no digamos si esa vida es la mía. Y opino, como Flaubert, que todas las banderas están tan manchadas de sangre y de mierda, que lo mejor sería quemarlas a todas (sí, sí, todas: también la tuya).
Ciertamente a la bandera española, a poco que la mires de cerca, le ves muchos de esos lamparones: varios siglos de dominación imperial y una historia abundante en dictaduras y guerras civiles dan para mucha masacre, por desgracia. Pero la ikurriña, esa bandera que diseñó el xenófobo racista y católico estilo muhaidin (y fundador del Partido Nacionalista Vasco: con esos mimbres…) Sabino Arana en 1894, aún con muchos menos años de historia a sus espaldas, ha conseguido empaparse de sangre —y de mierda— hasta unos nada despreciables niveles de saturación. Quizá es inevitable, porque todos los nacionalismos comulgan, en mayor o menor medida, con la poesía mística de la sangre. Y para muestra, un botón: “estas colinas están regadas con la sangre de los gudaris” proclamó, enfático, Urkullu en la cima del Gorbea con el sol de frente y la sábana multicolor de seis por nueve ondeando detrás. Los gudaris a los que se refería fueron los soldados vascos que lucharon en el bando republicano durante la Guerra Civil española. Tenía razón, regaron con su sangre esos montes, pero no esa bandera; en todo caso, regarían la entonces bandera constitucional española, la tricolor de la república.
La ikurriña de sus amores se ha empapado en efecto con sangre vertida por los gudaris (por otros gudaris) pero no de sus propias venas, sino de las del prójimo; pues gudaris se han autodenominado siempre los terroristas de ETA, tan aficionados ellos a matar vascos con bombas lapa y tiros en la nuca para mayor gloria de su patria sagrada y su ikurriña querida. Y ya sé que el señor Urkullu desaprueba esa forma armada de patriotismo (por lo menos, eso espero), lo cual es muy racional. Pero si el señor Urkullu fuera un poco más racional (difícil: es necesario un cierto grado de irracionalidad para ser nacionalista) quizá se diese cuenta que, con tanta sangre y tanta mierda como las empapa, las banderas, más que hacerlas ondear, habría que esconderlas, como a las vergüenzas.

viernes 3 de julio de 2009

Una cerveza con Jack Kerouac

Hay escritores que te acompañan toda la vida. De una forma u otra creces con ellos, y hasta envejeces con ellos, de tal manera que llegas a establecer con ellos una relación que va mucho más allá del interés intelectual por determinados textos, determinados temas. Una relación de familiaridad más propia de una amistad personal. Al menos eso es lo que me pasa a mí con Jack Kerouac.

Empecé a leerle cuando él ya estaba muerto y yo tenía dieciséis o diecisiete años (y aún era virgen, en más de un sentido). Mi virginidad de Kerouac la perdí con una poco exacta traducción al catalán de The Dharma Bums. Poco exacta hasta en el título, Els pòtols místics, que eliminaba la referencia implícita al budismo. Manuel de Pedrolo, el traductor, como militante nacionalista catalán que era (pero a pesar de ello apreciable novelista, a veces) y con ese didactismo paternalista tan propio de los nacionalistas fervorosos, catalanes o no, solía caer en el error, en sus traducciones, de querer amoldar las sensibilidades de literaturas extranjeras a un supuesto carácter intrínseco catalán —En suma, traducir como una forma de fer país—, en vez de emplearlas para acercar a los catalanohablantes a sensibilidades extranjeras —o sea, darles alas para volar más allá de sus fronteras, mentales o no; no palas para enterrarse más profundamente dentro de ellas—. Pero a pesar de los defectos de la traducción, que eran muchos (aunque de eso no me di cuenta hasta años más tarde, tras leer la versión original en inglés y una traducción al castellano, esa sí modélica, de Martín Lendínez) y a pesar de la, para mí entonces, desconcertante ausencia de estructura narrativa convencional (argumento-nudo-desenlace), a pesar de la aparente falta de construcción de personajes y la aparente falta de ritmo en el sentido clásico (los escritos de Kerouac son un prodigio de ritmo, pero en el sentido en que un solo de saxo de Charlie Parker tiene ritmo. Claro que entonces yo aún no había descubierto a Charlie Parker, ni a Miles Davis ni a John Coltrane ni a Thelonious Monk: el fácilmente reconocible compás tres por cuatro del rock and roll era todo mi referente rítmico) me sentí inmediatamente fascinado por aquella prosa hipnótica, y la navegué, no siempre entendiéndola, entre el embeleso y el desconcierto (un tiempo después me pasó lo mismo cuando escuché por primera vez un disco de Miles Davis). La experiencia me dejó con ganas de más, y poco después leí On The Road (En el camino, otra traducción magistral de Martín Lendínez). Después vinieron Los subterráneos, y las Visiones de Cody, y después todas las demás; y como parte de la obra de Kerouac aún no se ha traducido al castellano —ni al catalán— empecé a buscar sus obras en inglés (Gracias, Penguin Books, por publicar sus obras completas en edición de bolsillo y por cuatro chavos), descubriendo que su prosa es aún más hipnótica en su idioma original. Incluso empecé, una vez, a traducir uno de esos inéditos de Kerouac en castellano: Tristessa, una pequeña joya en forma de novela breve. Por pereza o por desidia nunca acabé esa traducción.

Entre medias también leí a sus compañeros de correrías William Burroughs, Allen Ginsberg y Gregory Corso, y las biografías más o menos autorizadas. Y los años fueron pasando, y yo fui perdiendo mis virginidades una tras otra, pero nunca tardaba mucho en encontrar un nuevo texto de Kerouac para leer. Y si no lo encontraba, nunca pasaba mucho tiempo sin que volviera a releer alguno de los que ya había leído, o leía una nueva traducción, o una versión original que aún sólo conocía traducida. Mi último contacto con Jack se produjo hace poco, con la lectura de el rollo mecanografiado original de On The Road. Fue como reencontrarme con un viejo amigo.

Porque Kerouac escribe (escribía) como si estuviera hablando contigo, sentado al otro lado de la mesa, vestido con unos vaqueros sobados y una camisa a cuadros vieja y bebiendo una cerveza a morro, explicándote de una forma casual, improvisada, sus aventuras y sus cuitas, y las de sus amigotes, y las de sus novias. Kerouac no practicaba la ficción, te explicaba su vida. No practicaba la literatura, narraba. “esto no es escritura, es mecanografía” sentenció, despectivo, el exquisito (y egocéntrico) Truman Capote al leer por primera vez al insolente beatnik que le disputaba su fama. Y estaba en lo cierto, pero no supo ver que precisamente ése era el secreto de su grandeza literaria: Kerouac no planificaba, no estructuraba, no reescribía. Simplemente se sentaba ante la máquina de escribir, ponía los dedos sobre las teclas y dejaba que el texto fluyera.

No es exactamente así, por supuesto. Comparando la versión que se publicó de En la carretera con el rollo mecanografiado original se aprecian las reelaboraciones. Pocas, pero están allí. Y cuando escribió el rollo mecanografiado original (en un rollo de papel continuo, cortado a la medida del carrete de la máquina de escribir y empalmado en tres trozos, para no romper la inspiración con el trámite de tener que cambiar de hoja) el texto no salió de la nada, sino de los numerosos apuntes a mano que Kerouac tenía costumbre de tomar en libretas de bolsillo, apuntes que había acumulado a lo largo de los viajes que ese libro seminal relata. Pero sí que es un poco así, porque casi siempre Kerouac respetaba la inspiración original de la redacción tomada a lápiz veloz sobre una libreta sobada y luego guardada en el petate, o en el bolsillo de atrás del vaquero.

Me sorprendí al saber que alguien tan dotado para la frase justa y la palabra justa no escribiera en su idioma nativo, pues Kerouac nació y creció en una familia francófona, y no aprendió el inglés hasta que fue a la escuela. Es un escritor dotado de una voz única, preñado de muchas y profundas (o debería decir fecundas) contradicciones; a la vez católico tradicionalista y budista zen; a la vez conservador y anarquista; a la vez palurdo gañán y sofisticado intelectual; a la vez vagabundo autosuficiente y hombre que nunca consiguió despegarse de las faldas de su madre (en la mesa de su cocina, entre viaje y viaje, tecleó la mayor y mejor parte de su obra, posiblemente mientras mamam le preparaba la cena). Quién sabe si de los conflictos irresolubles de tantas contradicciones nació su innegable y sorprendente talento literario.

A veces a mí mismo me sorprende mi gran devoción, y mi larga relación, con Kerouac, porque lo que yo escribo queda muy alejado, tanto en temática como en estilo, de lo que escribía él. No puedo citarle como una de mis influencias literarias: yo soy , sobre todo, un escritor de ficciones, y Kerouac no; yo reescribo constantemente, nunca estoy seguro de que la versión de un texto sea la versión definitiva. Kerouac confiaba en la pureza de la primera redacción. Aunque yo también acostumbro a escribir apuntes fragmentarios en libretitas de bolsillo, apuntes que luego paso a limpio; y con mucha frecuencia me sorprendo ante la extraña perfección de esos textos apresurados: no pocas veces los transcribo tal cual, o casi tal cual.

Pero, de todas formas, no creo que sea buena idea tomar a Kerouac como modelo. Más que nada porque no te ayudará a escribir mejor, tan sólo hará que parezcas un mal sucedáneo de Kerouac. Y de todas formas, o al menos en mi caso, intentar escribir como él sería como intentar reproducir con un piano un solo de saxofón: sencillamente, no suena igual. Sencillamente, no es tu instrumento.

Pero eso, como digo, nunca ha sido un impedimento para que profesara una devoción por su obra que se me ha durado toda la vida. Y en cierta forma, desde los dieciséis o diecisiete años, cuando le descubrí gracias a una mala traducción en catalán, he ido madurando —o envejeciendo, si lo preferís— perdiendo por el camino de la vida, una por una, todas las virginidades posibles e imaginables, con Kerouac sentado al otro lado de la mesa, explicándome de qué va la vida mientras compartíamos unas cervezas bebidas a morro. Y ahora esta ronda me toca pagarla a mí, Jack.

sábado 6 de junio de 2009

De la dictadura del proletariado a la dictadura de la actualidad

El capitalismo ha conseguido ser percibido como un sistema sin recambio posible. La izquierda actual ha renunciado a elaborar propuestas de sistemas alternativos a ese sistema, elevado a la categoría de El Sistema. Ni siquiera se atreve ya a formular propuestas de reforma parcial del mismo; se limita a proponerse como benévola (y circunstancial) gestora.
La izquierda ya no se propone cambiar el mundo, sino ganar las próximas elecciones. No lanza propuestas programáticas, ni siquiera consignas, sino eslóganes.
La causa solidaria de moda
La izquierda ya no tiene propuestas ni alternativas que ofrecer porque para elaborar propuestas o alternativas primero hay que sentarse un rato a reflexionar, algo que hoy día no hace ni la izquierda ni nadie, porque todos andamos demasiado ocupados tratando de asimilar el constante bombardeo de información al que somos sometidos, en esta época más que en ninguna otra de la historia de la humanidad; ese interminable flujo de noticias de las que sólo se espera nuestra opinión efímera, antes de que la siguiente noticia desvíe nuestra atención en otra dirección. Y luego en otra, y en otra, y en otra y en otra. Este perpetuum mobile de la atención pública lleva a que los movimientos contestatarios sean coyunturales y de alcance limitado. Y en consecuencia, bastante inofensivos en el fondo. El activismo se ha convertido en ciberactivismo: un fugaz clic de ratón entre visita a la web porno y visita a The Pirate Bay (oh, fíjate qué radical soy, y cómo dinamito el sistema de la propiedad privada, siempre que no sea la mía), un acto efímero y casi inmediatamente olvidado que basta para solidarizarnos con las mujeres lapidadas en la república islámica del Sudán, o con los palestinos de los territorios ocupados, o con.............. (rellene la línea de puntos con la causa solidaria de moda). Después, y ya con la conciencia tranquila, seguiremos disfrutando de nuestro porno y nuestras películas gratis, mientras en el Sudán siguen lapidando mujeres y en Palestina siguen estrellándose contra el muro. Pero es que ahora toca preocuparse por.......... (rellene la línea de puntos con la causa solidaria de moda).
La izquierda ha adoptado esta estrategia de defensa de la causa solidaria de moda porque ya no dispone de ninguna otra estrategia de actuación. Ha aceptado la idea neoliberal de que las leyes del mercado son mágicas, inamovibles e inevitables, y desde el fracaso del socialismo real (un fracaso político, no económico; fue el descontento social ante la falta de libertad y no las contradicciones económicas lo que hundió a los regímenes socialistas de Europa del Este) se quedó sin modelo alternativo que defender: aquel fracaso abrió un necesario y saludable proceso de reflexión en la izquierda, que muy sensatamente se reafirmó en la defensa de la democracia burguesa (en adelante, la democracia a secas). Y en un no menos sensato abandono de todo lo que la alternativa económica socialista tenía de obsoleto y poco funcional. Lo malo es que no formuló ninguna propuesta alternativa (algo que, en estos tiempos de bancarrota capitalista en caída libre, haría mucha falta) sino que se centró en luchas reivindicativas de corto alcance, que aseguraban victorias rápidas y relativamente sencillas de lograr, que por lo mismo debían ser inmediatamente sustituidas por otras luchas reivindicativas de culminación igualmente sencilla y breve (contra las centrales nucleares, contra la caza de las ballenas, por la igualdad de derechos de las mujeres, de los negros o de los aborígenes, contra los alimentos transgénicos, contra la discriminación de los homosexuales, ¡por los derechos de los primates! Etcétera). También se mantienen ciertos tics maniqueos, como el antiamericanismo acrítico o el propalestinismo no menos acrítico, huecos de sentido real (todo maniqueísmo lo es), pero muy productivos como fábrica de eslóganes propagandísticos, en un sentido desagradablemente goebbelsiano de la propaganda.
Con este alumbramiento de la estrategia de la causa solidaria de moda y la política goebbelsiana[1] del eslógan, la neoizquierda se sumó a los nuevos medios de comunicación en la formación del caldo de cultivo necesario para el nacimiento de la dictadura de la actualidad.
La dictadura de la actualidad
Gracias a Internet, la Sociedad de la Información ha llegado a su estadio supremo. vivimos sumergidos en un fluir constante de actualidades parciales, coyunturales y efímeras que reclaman nuestra atención constantemente y que, en consecuencia, han neutralizado nuestra memoria a largo plazo, lo que conlleva la anulación de nuestra capacidad de reflexión. La dictadura de la actualidad se convierte así en un sistema anulador de disidencias poéticamente perfecto, porque bajo ella las voces opositoras no son reprimidas ni censuradas, no porque el libre mercado sea la condición imprescindible para crear una sociedad libre, como sermoneaba machaconamente el telepredicador Milton Friedman [2]: el modo de producción capitalista de libre mercado es un sistema de organización económica, no de organización política, y en la práctica ha funcionado sin entrar en contradicción bajo regímenes políticos democráticos, menos democráticos, autoritarios (como las dictaduras de Pinochet en Chile o de Videla en Argentina, que en lo económico fueron puestas como modelo de la utopía ultraliberal friedmaniana; incluso contaron con la bendición personal del profeta Milton) o hasta bajo un estado tan totalitario, antidemocrático, represor y... comunista como el de China (en la actualidad y en lo económico, otro modelo de paraíso ultraliberal bendecido personalmente por Friedman).
De hecho, los sistemas políticos que más problemas le plantean al capitalismo son, precisamente, los más democráticos, porque la opinión pública, cuando se la deja expresar libremente, y como el mismo Friedman reconoció[3] tiende a favorecer con su voto opciones más bien intervencionistas y socialdemócratas. Por eso la utopía ultraliberal friedmaniana sólo pudo establecerse en todo su esplendor bajo dictaduras tan férreas como las de Pinochet, Videla o el Partido Comunista Chino, cuyo brutal control de todos los resortes del poder les permitió ahogar en la raíz y en sangre cualquier tipo de disidencia.
Pero en el mundo real, cuanto más libre es el mercado más marcadas son las diferencias sociales, más son los pobres, menos son los ricos y más ancho es el abismo entre ellos. La gente se da cuenta, y por eso en la práctica, cuanto más democrático sea el régimen político más difícil resulta reconducir su sistema económico hacia los postulados ultraliberales del mercado puro: el voto popular y los agentes sociales no tardan en reaccionar en contra. A menos que una catástrofe, fortuita o provocada, anule su capacidad de reacción sumiéndoles en un estado de shock colectivo que, según Friedman, las fuerzas pro mercado libre deben aprovechar para efectuar rápidamente todas las reformas necesarias[4]. Una vez hechas éstas, la atención pública recién recuperada del shock estará demasiado ocupada asimilando el torrente de noticias nuevas como para acordarse de ese gol que le han metido.
Ciertamente, la dictadura de la actualidad no es ningún invento maquiavélico de ningún Think Thank de neoliberales conspirativos. Existir existen, pero su capacidad conspirativa y su memoria a largo plazo está tan mermada como la del resto de la sociedad. No, la dictadura de la actualidad ha surgido por generación espontánea, como efecto colateral de la revolución informática. Y ha provocado grandes consecuencias culturales, sociales y políticas
Consecuencias culturales
“El modo de producción capitalista es hostil a ciertas ramas de la producción espiritual, tales como el arte o la poesía”[5]. Más que nada, porque los bienes de producción espiritual (o artística) no se agotan con su consumo, sino que se pueden volver a consumir de forma indefinida sin que pierdan su valor en el proceso (una novela o una película siempre es la misma novela y la misma película, con el mismo valor, todas las veces que alguien la lee o visiona) ni sufran depreciación, como otro tipo de bienes, y eso contradice la lógica del modo de producción capitalista. Gracias a la dictadura de la actualidad, esa contradicción ha desaparecido: por su causa los libros, las películas, la música y hasta el arte plástico ya no se perciben como obras perdurables, integrantes de una tradición estética o cultural a la que refuerzan, mantienen o renuevan, obras sobre las que volver y reflexionar en función de un antes, un después y un entretanto. Hoy en día se perciben como productos de moda, temporada y consumo efímero, fast-food que se consume deprisa y se defeca más deprisa aún. Lo que hay que leer es la última novedad editorial y lo que hay que ver es el último estreno. Lo anterior a eso ya no existe. En los media y en la mente del público un escritor es el autor de su última novela, un director o un actor lo son de su última película. Los cine-fórums y las tertulias literarias han desaparecido, y las nuevas generaciones probablemente ni siquiera entiendan el concepto. Gracias a la dictadura de la actualidad, la lógica del modo de producción capitalista ha resuelto por fin la anomalía de la producción artística.
Consecuencias políticas
Este modo de funcionamiento, gracias en parte a la sinergia con la estrategia de la causa solidaria de moda, se ha instalado en la actividad política: los partidos, las opciones políticas (de derecha o de izquierda, tanto da) ya no son organizaciones dedicadas a instaurar o mantener determinado modo de ordenamiento social o económico, pues esto implicaría embarcarse en un proyecto de continuidad y con objetivos a medio y largo plazo, algo inaprensible para la memoria de pez de una opinión pública sometida a la dictadura de la actualidad. Así que han sustituido el debate ideológico general por batallas puntuales sobre temas de actualidad puntual, buscando el titular en los medios, buscando el voto para la próxima convocatoria electoral (el único objetivo real).
A la derecha esta estrategia le beneficia: sus ideales triunfan aunque ella no lo haga. La izquierda, en cambio, al entrar en este juego ha tenido que renunciar implícitamente a su objetivo histórico: construir un sistema social y económico más igualitario, con un reparto de la riqueza más equitativo y un acceso más generalizado a los recursos educativos, sanitarios y financieros. Esto se consigue, fundamentalmente, mediante el control político de los mercados y las fuentes de producción y financiación, mediante un sistema de impuestos que contrarreste las desigualdades en el reparto de la renta y mediante una inversión pública que asegure la producción de los bienes y servicios claves para el interés social[6] pero que no son rentables en sí mismos, como la sanidad, la educación o los subsidios sociales que evitan la marginación económica de los miembros más desfavorecidos de la sociedad: los desempleados, los ancianos y los discapacitados físicos y psíquicos.
En realidad, el modelo económico es lo único que diferencia realmente a las opciones políticas de izquierda y de derecha, pues existe (no siempre, por desgracia, pero es deseable que exista) un consenso básico entre las opciones políticas de derecha e izquierda en cuanto al modelo político (democracia a secas, sin los indeseables apellidos de “burguesa” o “popular”) en cuanto a la salvaguarda de las libertades públicas y en cuanto a la salvaguarda de la libertad de expresión. La defensa de este modelo no es de derechas ni de izquierdas: es, o debería ser, innegociable, pues más allá de él no hay más que abismos y monstruos, como en los mapamundi medievales.
Y si la única diferencia entre la derecha y la izquierda es la propuesta económica, la única batalla posible es en el terreno del ordenamiento económico. La derecha defiende el menor intervensionismo en los mecanismos de mercado en un sistema donde el que más capital posea también disfrute de mayores privilegios económicos (ellos lo llaman “libertad de mercado”), en la convicción de que los ricos generan riqueza. La izquierda aboga por un mayor control del mercado, tendente a evitar sus efectos indeseables en los sectores económicamente más débiles de la ciudadanía, y a un reparto más compensado de la renta, en la convicción de que la desigualdad económica lleva a la (inadmisible) desigualdad política[7].
Pero esto implica que la izquierda vuelva a elaborar, propuestas alternativas y a largo plazo de modelo económico y deje de centrarse en la defensa de la causa solidaria de moda. Que, por otra parte pueden ser o sospechosamente criptofascistas (como defender a los trabajadores británicos contra los trabajadores inmigrantes italianos) o, en el mejor de los casos, perfectamente transversales: no hay ninguna contradicción profunda en que un votante de derechas defienda el ecologismo, o los derechos de las mujeres, o critique el muro de palestina, o abogue por los derechos de los primates, o por el aborto libre y gratuito. Como tampoco hay ninguna contradicción política profunda en que un izquierdista no se sume a estas iniciativas. De hecho, si la derecha se ha desmarcado de la lucha contra el cambio climático, o contra la guerra de Irak, o a favor de los derechos de los palestinos (por ejemplo) es sólo porque la izquierda se las ha apropiado. Culpa del sectarismo de la derecha, sin duda. Pero también culpa del sectarismo de la izquierda. Una izquierda que, encima de haber olvidado su responsabilidad histórica, con frecuencia malgasta la pólvora en pavadas.
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[1] "Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil" Joseph Goebbels.

[2] Él mismo se describió como “un predicador a la antigua pronunciando el sermón de los domingos” (Milton Friedman, Inflation: Causes and Consecuences).

[3] Milton y Rose Friedman, Tyranny Of The Status Quo.

[4] Friedman, con su teoría del “tratamiento de shock” vino a hacer una adaptación a sus propios fines del concepto teórico marxista de “dictadura del proletariado”: abrir un periodo transitorio en el que se suspende la estricta observancia del funcionamiento democrático para que, aprovechando la inercia del peso de los acontecimientos (la revolución, la crisis, el trauma colectivo) una élite preparada tome el poder para efectuar rápidamente y sin impedimentos los cambios que crea necesario hacer para conseguir lo que creen el bien común, sin tomar en cuenta la opinión pública en contra y antes de que se restablezca la normalidad democrática.

[5] Karl Marx, Teorías sobre la plusvalía.

[6] Esta última idea no es patrimonio exclusivo de la izquierda socialista: “El concurso de los gobiernos se justifica cuando están en cuestión los bienes públicos básicos”, dejó dicho el padre del liberalismo económico, Adam Smith, en La riqueza de las naciones.

[7] “Puesto que la libertad es el resultado y la expresión de la solidaridad –es decir, de la reciprocidad de intereses–, sólo puede ser realizada en condiciones de igualdad. La igualdad política sólo puede basarse sobre la igualdad económica y social. Y la justicia es precisamente la realización de la libertad a través de dicha igualdad” Mikhail Bakunin,
El programa de la Alianza para la revolución Internacional.

martes 21 de abril de 2009

Heidi (2)

La editorial ocupaba dos cubículos contiguos de un edificio de despachos. Ambos eran de la misma, y escasa, superficie. En uno estaba instalado el despacho del dueño y el de su secretaria, y en el otro se embutía toda la redacción (menos el baño, que estaba fuera junto a los ascensores y era común para toda la planta). Así que en poco más de veinte metros cuadrados encajaban, en ajustado puzzle, media docena de armarios, otros tantos archivadores, diez escritorios con sus correspondientes sillas, una fotocopiadora y una impresora, además de diecisiete personas, catorce de ellas repartidas en dos turnos, uno de mañana y otro de tarde, que utilizaban de forma alterna siete ordenadores según el sistema de la cama caliente: cuando yo me levanto tú te acuestas.
Nuria, Heidi y yo trabajábamos el turno de la mañana. Heidi, como ya he dicho, era una veterana para cuando Nuria y yo nos incorporamos a aquella lata de sardinas. Nuria y yo estábamos tan juntos que nuestros codos y las ruedas de nuestras sillas tropazaban constantemente, y para fisgar por encima de mi hombro a ella le bastaba con mirar por encima del suyo, cosa que hacía con frecuencia: más de una vez me sorprendía el inesperadamente aterciopelado susurro de su voz en mi oreja, comentando la página web no relacionada con el trabajo (información de cine o el blog de Arcadi Espada, no sean malpensados) que yo, descuidando mis deberes laborales, estaba mirando en esos momentos. En el mismo tono bajo (no hacía falta elevar más la voz, apretados como estábamos) le respondía yo, y así nos entregábamos de cuando en cuando a largas conversaciones susurradas, como dos amantes intercambiando confidencias.
Quizá esa intimidad forzosa, unida al hecho de que su novio llevaba casi un año en alguna universidad extranjera siguiendo el programa Erasmus de intercambio de estudiantes en el ámbito europeo ("Eh, Nuria, ya sabes lo que se cuenta: Erasmus, Orgasmus," le decían, para hacerla rabiar, los otros componentes masculinos de la redacción, todos cuarentones aburridos de sus matrimonios, a lo que ella siempre respondía: me da igual, no quiero saberlo), unido al hecho de que yo fuera el único varón soltero de los alrededores (y el único que no la martirizaba con lo de Erasmus, Orgasmus), propiciara que Nuria coqueteara así conmigo, un coqueteo de baja intensidad en el fondo bastante inocente y sin aparentes segundas intenciones, al que yo correspondía en un registro de la misma intensidad y con la misma ausencia de segundas intenciones, porque era divertido coquetear, pero no creía seriamente que una atractiva veinteañera estuviera realmente interesada en un casi cuarentón que vivía con su madre.
Y, de todas formas, yo ya me había fijado en Heidi. Veía su cabecita de cutis pálido y pelo negro asomar por encima de la fotocopiadora, escuchando las conversaciones entre Nuria y yo fingiendo que no las escuchaba.
—Claro que os escuchaba—me confesó un día, en una de esas conversaciones de cama que los amantes suelen mantener cuando ya están demasiado cansados para el sexo pero aún no lo suficiente para el sueño—si estaba a dos palmos de vosotros.
—¿Y por qué no te unías a la conversación?
—Porque no quería hacer de carabina. O de tercera en discordia.
—Pero si no hacíamos nada.
—Flirteabais.
—Pero no lo hacíamos en serio. No significaba nada. Era sólo un jueguecito oral para pasar el rato. Mucha gente lo hace.
—Ya lo sé. Pero yo nunca he sabido hacerlo. Y me daba mucha rabia veros a vosotros hacerlo con tanta desenvoltura delante de mis narices. Sobre todo, porque yo intentaba atraer tu atención y no sabía cómo. Y mientras tanto ella, jijijí jajajá contigo todo el rato.
—Bueno, la verdad es que por entonces yo también estaba intentando atraer tu atención—dije, y era verdad. Era a ella a quien tenía en el punto de mira mientras flirteaba distraídamente con Nuria.
Aquella discusión de cama entre Heidi y yo no llegó a más y no fue una verdadera discusión. No recuerdo cómo acabó, quizá nos quedamos dormidos por fin o quizá recuperamos fuerzas y aún hicimos el amor una vez más antes de caer agotados, porque si es verdad que el deseo sexual da la medida de lo enamorada que está una pareja, nosotros estábamos enamoradísimos: hacíamos el amor todos los días, a poco que el horario y el periodo menstrual nos lo permitieran: En el sofá viendo la tele, porque nos aburría el programa (o aunque no nos aburriera); en la cama al acostarnos; de madrugada porque nos habíamos despertado y tras la pregunta ritual "¿estás despierto/a?" y la respuesta no menos ritual "sí, ¿tu también?"; por la mañana si no teníamos que madrugar, y durante la ducha matutina si nos daba tiempo. Heidi era insaciable, y muy escandalosa cuando se corría, y sus gritos de placer provocaban en mí un efecto irresistiblemente afrodisíaco.
Me fascinaba lo fácil que era llevarla al orgasmo. Era como si tuviera un interruptor disimulado en algún lugar bajo la piel de su monte de su venus recubierto por un triangulito perfectamente definido de musgo negro, o en algún punto de la deliciosa curva de sus redondeados y blancos pechos de adolescente; bastaban unas breves caricias por allí para que Heidi empezara su crescendo de gemidos. Y de pronto estallaban los orgasmos, uno tras otro, imparables. Para que alcanzara el primero me bastaba con deslizar brevemente dos dedos arriba y abajo por sus labios vaginales blandos y bien lubricados, y en cuanto el jadeo alcanzaba cierto ritmo introducir otro dedo en su estrecho agujero posterior, seco y firme; sus gritos eran entonces tan vehementes que hasta me asustaba, temiendo haberle desgarrado algo por accidente.
—¿Te he hecho daño?
—No, no, qué va, todo lo contrario.
Después bastaban unos pocos lametones a la punta sonrosada de su clítoris, que para entonces ya asomaba la juguetona cabecita por entre los labios rodeados de musgo negro, para provocarle otro; éste, sin miedo de haberla herido, a pesar de los gritos (los lametones no provocan heridas nunca). Para entonces yo mismo estaba ya tan excitado que la penetraba con una brutalidad que me desconocía, pero que a ella parecía gustarle, y pronto le asaltaba otro orgasmo, y a veces hasta dos, antes de a mí me asaltara el mío con una intensidad que pocas veces antes había experimentado.
—Te envidio—le dije una noche, tumbado boca arriba, mientras ella, saciada de sexo, se entretenía mordisqueando juguetonamente mi escroto afeitado y mi pene exhausto.
—¿Por qué?
—Porque nunca en mi vida había conocido a nadie capaz de tener orgasmos tan intensos.
—Nunca había tenido orgasmos tan intensos en mi vida.
—¿Ah si? ¿tu marido era soso en la cama?
—No, se le daba bien. Era culpa mía, porque me iba a la cama cargada de temas sin resolver y represiones subconscientes. Ahora que me estoy librando de ellas puedo difrutar mucho más del sexo. Antes sólo me gustaba. Ahora me encanta.
—¿Cómo se consigue eso?
—Con el psicoanálisis.
—Ah. Tus visitas a la comecocos de los miércoles.
—¿Te parece mal?
—No, no, si ha sido la cazadora de cabezas quien ha conseguido que folles tan rematadamente bien como follas ahora, más bien le estoy agradecido. Aunque no tenga ninguna fe en el psicoanálisis.
—No se trata de fe.
—Sí se trata de fe. La psicología no es una ciencia, es un credo. Bueno, muchos credos acusándose mutuamente de herejía o de cisma, como las religiones.
Tendría que haberme callado. Porque la boquita de pepona de Heidi dejó de hacer lo que estaba haciendo en los territorios de mi entrepierna. Eso me pasaba por bocazas.
—¿No te has psicoanalizado nunca?—preguntó.
—No, San Freud me libre.
—Quizá deberías.
—No me inspiran mucha confianza las revelaciones de un viejo judío cocainómano obsesionado por los penes. Por regla general, los psicólogos están más zumbados que sus pacientes. Empezando por el viejo Freud, que en cuanto se ponía nervioso se desmayaba.
—Esa hostilidad y esa resistencia pueden ser el síntoma de un trauma oculto...
—Ya empezamos. Para los creyentes en la fe verdadera de la psicología cualquier cosa que hagas o dejes de hacer es el síntoma de un trauma oculto. Y cualquier vicisitud de la vida ocasiona un trauma oculto que debería tratarse con décadas de psicoanálisis. Muy conveniente para la marcha del negocio, si eres psicólogo. Así nunca te va a faltar la faena.
—La psicología es una ciencia.
—No, no lo es. Si acaso, es una pseudociencia, como la sociología o las ciencias económicas. Ninguna de ellas cumple el principio de falsabilidad de Popper.
Normalmente al llegar a este punto me daba cuenta de que me convenía esquivar ese tema de conversación, en parte porque ésta empezaba a ponerse demasiado seria y yo lo que quería de verdad era echar otro polvo, en parte porque para continuar por ahí iba a tener que explicar qué es el principio de falsabilidad de Popper y eso me haría parecer excesivamente pedante (y parecer pedante disminuía mucho mis posibilidades de poder echar otro polvo). En parte, también, porque era consciente de que Heidi, por mucho que se declarara enemiga de la irracionalidad de la religión (una secuela de su educación en colegio de monjas y del ambiente obsesivamente católico de su entorno familiar) había encontrado en la psicología su nueva iglesia, y en la secta del psicoanálsis su nueva fe. Porque, como diría Chesterton, lo malo de dejar de creer en Dios no es que ya no creas en nada, sino que entonces estés dispuesto a creer en cualquier cosa. En el alma de algunas personas Dios al marcharse deja un hueco que esas personas se sienten impelidas a rellenar con lo que sea. Heidi era una de esas personas, y yo no. Y por ahí se escapó el punto por donde acabaría desgarrándose el pespunte que mantenía unida nuestra relación. Pero no adelantemos acontecimientos.

(continuará)

miércoles 18 de marzo de 2009

Heidi (1)

Heidi era menuda, de pelo y ojos muy negros, piel muy blanca y dos chapetas rojas en las mejillas que afloraban a la menor ocasión. Eso y un rostro aniñado hacía que pareciera más una adolescente modosita recién salida del colegio de monjas que una periodista divorciada de treinta y seis años. También le confería un cierto parecido a la Heidi de los dibujos animados, aquella niña cabezona que corría por la montaña persiguiendo a un pastor de cabras y subiéndose la falda por encima de la cabeza, enseñando unas bragas blancas y enormes. De hecho, en el colegio –de monjas- donde había estudiado la llamaban Heidi, cosa que, al parecer, la molestaba bastante.

Su aspecto virginal contrastaba con la fogosidad y la desinhibición que demostraba en la cama, cuando la excitación volvía a sus chapetas incandescentes y aumentaba en muchos decibelios la vehemencia y el volumen de sus gemidos. Pero su candidez no era sólo aparente, como descubrí estupefacto cuando, después de que hiciéramos el amor por primera vez, me confesó con cierto reparo que yo era su tercer novio y su segundo amante.

—Supongo que tú has tenido muchas más.

—Eeeh… alguna más.
—¿Cuántas?
—No llevo la cuenta.
—¿Tantas?
—No, mujer, tampoco han sido tantas... lo normal.
—Claro. Si lo que no es normal es lo mío.
—Tampoco es eso. Esto no es una competición. No hay ningún trofeo para el que haya cazado más patos.
—Pero tienes mucha más experiencia que yo.
—He cazado más patos, sí. Pero el amor es una de las pocas cosas donde la experiencia no supone ninguna ventaja. De hecho, puede ser incluso contraproducente.

Heidi había vivido casi toda la vida en una pequeña ciudad provinciana, una de esas donde la gente se casa con el novio del instituto antes de cumplir los veinticinco y tienen un hijo y una hipoteca antes de cumplir los treinta, los homosexuales y los divorciados son personajes pintorescos que salen en las series de televisión y se supone que viven en La Gran Ciudad –así, con mayúscula-, esa moderna Sodoma a la que se mira de reojo con una mezcla de fascinación morbosa y recelo cateto. Una de esas pequeñas ciudades provincianas donde todo el mundo vive, habla, viste y piensa más o menos igual, y al que no lo hace le catalogan de raro o de bohemio.

Algunos -los así llamados bohemios- pueden percibir la pequeña ciudad provinciana como un infierno, pero otros encuentran en ella un pequeño mundo confortablemente cerrado y previsible hecho a su imagen y semejanza, tan diferente de la desconcertante y turbia jungla metropolitana, y la perciben como un paraíso. Pero ya se sabe que bajo los floridos parterres de cualquier paraíso pueden reptar muchas y muy viscosas serpientes.
En una de esas ciudades vivió Heidi una infancia de niña formalita de clase media de provincias y colegio de monjas y una primera juventud, tras la aventura universitaria, de ama de casa formalita en una casa formalita de una urbanización formalita, con su hipoteca formalita y, adornando las paredes, sus formalitas láminas de reproducciones de paisajes al óleo. Era en apariencia una vida tranquila y aburrida, sin grandes penas ni grandes glorias, sin grandeza ni miseria, sin tormento y sin éxtasis.
Pero la modosita niña de colegio de monjas había crecido en un opresivo ambiente familiar marcado por una abuela tiránica a la que Heidi describía como como un cruce entre la señorita Rottenmeyer, la matriarca de Los Soprano y la madre de Norman Bates; un padre que, como buen hijo de la anterior, era casi tan psicópata como el propio Norman Bates, o al menos colérico y violento hasta el extremo de haber estado varias veces a punto de enviar a alguno de sus dos hijos a urgencias de una paliza; y una madre amargada y resignada con su suerte que había adoptado como mecanismo de autodefensa la supresión de cualquier manifestación de afecto.
La adulta en que tal niña se convirtió devino apocada y tímida, con algunos iniciales arranques de rebeldía: escoger la carrera de periodismo, propia de bohemios y golfos, en vez de una carrera más seria; afiliarse al Partido Comunista (una escasa rebeldía; en el fondo, es un partido parlamentario bien aburguesado e integrado en las estructuras de poder), aficionarse al cine antiguo en blanco y negro y en versión original con subtítulos, eso que sólo le gusta a los raros y a los esnobs; y, finalmente, romper con su novio de toda la vida, a quien nunca permitió ir más allá de los tocamientos furtivos por debajo de la falda, para liarse con otro novio al que sí permitió ir más lejos, y que al poco tiempo devino un marido sobreprotector, controlador y dominante. En los doce años que estuvo con él adoptó un par de gatos callejeros, cambió la afiliación al Partido Comunista por la de la Sociedad Protectora de animales, engordó, se aficionó a los chándals, se negó repetidamente a quedarse embarazada y no paró de preguntarse por qué se sentía tan infeliz sin motivo aparente.
Hasta que un día, para averiguarlo, entró en el consultorio de una psicoanalista, del que salió –aunque en cierto modo nunca salió de allí, en cierto modo ahí dentro sigue- convencida de que debía hacer aflorar su yo profundo, ponerse en contacto con su niño interior, tomar las riendas de su vida, autorrealizarse, afirmar su ego, o cualquier otro de esos clichés similares que los psicoanalistas repiten como loros con manía obsesivo compulsiva. Así que se puso a buscar trabajo de periodista por primera vez desde que, diez años antes, consiguiera el título; lo encontró, adelgazó, se compró ropa más favorecedora, se separó, cogió sus dos gatos y se fue a vivir a la gran ciudad, a compartir el alquiler de un piso viejo con un estudiante de psicología y una estudiante de ciencias económicas, poniendo distancia entre ella y una familia desazonada por la certeza de que su niña se había vuelto una bohemia. O de que se había vuelto loca, que para ellos venía a ser lo mismo.
El trabajo que Heidi había encontrado era media jornada en régimen de eventual en la pequeña y sórdida redacción de una pequeña y sórdida editorial de revistas técnicas. Allí la conocí, cuando poco después yo también entré a trabajar a media jornada y en régimen de eventual, náufrago yo también de una vida navegada con el timón roto y las velas rasgadas. Un año atrás me había visto de pronto sin trabajo, sin novia y sin dinero tras haber malgastado seis meses de mi vida y mi muy escasa fortuna escribiendo el guión de un proyecto de película que al final ni se filmó ni me pagaron. Mi novia de entonces escogió precisamente aquellos días para darse cuenta de que no podía seguir con un novio que cuando no estaba en Madrid estaba en Barcelona, cuando lo que necesitaba es que estuviera en Valencia, que era donde ella residía. Durante unos meses viví de mis escasos ahorros, de un crédito a cuenta de futuros derechos de autor y, durante unas pocas semanas, de hacer de dependiente en una tienda de discos donde, vendiendo recopilaciones de los Grandes Éxitos de Operación Triunfo a los niñatos, constaté la deprimente evidencia de que a la generación del rock la había sustituido la generación de los 40 principales.
Pero al final el dinero y la posibilidad de crédito se agotaron, y como en el mercado laboral seguían tratándome como a un apestado me vi forzado a abandonar el piso cuyo alquiler ya no podía pagar para irme, con el rabo entre las piernas y un amargo regusto a derrota pegado al cielo del paladar, a pedir asilo económico en casa de mi madre. Sólo una gran capacidad de autocontrol por mi parte evitó, a duras penas, que cayera en una depresión ancha y profunda como la Fosa Atlántica.
Una vez efectuada la mudanza y asumida la idea de haber perdido sin remedio mi antiguo hogar y mi antigua vida, me llamaron de la pequeña y sórdida editorial, uno de los centenares de sitios a donde había enviado currículos, para que sustituyera a una redactora en baja por maternidad. Si hubiesen llamado cinco días antes no habría entregado las llaves de mi antiguo piso. Y es que la vida da muchas vueltas, por regla general en el momento y la dirección menos previsibles. Y aquella vuelta en concreto, que no llegó a tiempo de salvarme de la total ruina económica, hizo que entraran en contacto dos habitantes de galaxias tan alejadas entre sí como Heidi y yo.

(continuará)