domingo, 31 de mayo de 2020

Capitalismo no es democracia


Hoy voy a recomendar una lectura tocha. Estáis avisados.
En contra de lo que se dice en la moto que tratan de vendernos desde las filas del liberalismo (económico) actual, ni el capitalismo (léase economía de libre mercado) conduce a la democracia, ni la democracia necesita de la economía de libre mercado (léase capitalismo) para asentarse (Milton Friedman, en particular, era un insistente vendedor de tan gripada moto); por el contrario, son sistemas de organización, económica el uno y administrativa el otro, que entran fácil y frecuentemente en conflicto, cuando no en antagonismo. Y, de hecho, nacieron peleados. Peleadísimos. De eso va el último ensayo que escribió en vida el recientemente fallecido historiador Josep Fontana (Barcelona, 1931-2018): Capitalismo y democracia, editado (muy bellamente, como es marca de la casa) por Crítica.

viernes, 24 de abril de 2020

jueves, 19 de marzo de 2020

El infierno y Texas

Yo no voy a dar acceso gratuito a ninguna novela mía para ayudar a sobrellevar este tiempo de confinamiento, como han hecho otros. En vez de eso voy a escribir una novela durante el encierro, y voy a ir colgando los capítulos aquí, en la red, día a día (o, mejor, cada dos días, para que me de tiempo a revisarlo, que esto lo estoy haciendo solo, no tengo editor ni nada, y qué bien me vendría uno para ayudarme en este embolado en el que me he metido yo solo). Será, pues, un folletín por entregas, y rabiosamente pulp: puro entretenimiento, que es lo que ahora hace falta. Será un cruce entre un spaguetti western y una película de vampiros de serie B. Esa es la idea de partida, pero no tengo idea de cómo voy a seguir con el argumento, eso lo improvisaré sobre la marcha; y, encima, no voy a poder reescribir los capítulos precedentes, porque ya estarán publicados. Pero ahí está la gracia. Empezaré mañana, día 21. El primer capítulo se titulará "Un pueblo llamado Transilvania, Texas".

lunes, 2 de marzo de 2020

¡Me cago en Godard!


Afirma Pedro Vallín, reputado crítico cinematográfico de La Vanguardia y autor del ensayo que se titula como este artículo, que si te crees intelectual y progre, no te sientas culpable por disfrutar como un enano viendo el último blockbuster de Hollywood. Porque el cine popular, el cine palomitero, el de Hollywood de toda la vida, es con frecuencia emancipador y vehicula ideas progresistas (sin pretender dar la brasa con ellas, lo cual es muy de agradecer), mientras que el cine de autor, sobre todo el europeo, suele tener un notable sesgo pequeñoburgués, autoindulgente y ensimismado. Y, encima, les encanta dar la brasa. Sí, Godard, estoy hablando de ti. Y de ti, Bergman, no mires para otro lado. Y qué decir de ti, Haneke, so cenizo. Y a ti, Lars Von Trier, que es que no hay quien te aguante. Señor, qué turra.

viernes, 21 de febrero de 2020

Beigbeder es inmortal


Frédéric Beigbeder comparte mucho con Michel Houellebecq: la nacionalidad francesa, una relación amistosa (o eso dice Frédéric; Michel, que yo sepa, nunca se ha pronunciado al respecto) el tener un apellido impronunciable, el gusto por la autoficción y la condición de enfant terrible de las letras francesas contemporáneas.  Por cierto, tiene su guasa que te consideren un enfant terrible cuando ya hace mucho tiempo que has perdido la posibilidad de cumplir los cincuenta; a partir de cierta edad (esa) aún se puede ser terrible (con frecuencia, en el peor sentido del término), pero enfant, nanay. Te pongas como te pongas.

sábado, 1 de febrero de 2020

Yo quería ser Marcello Mastroianni


La primera vez que vi La dolce vita, al salir del cine me dije: “cuando sea mayor, quiero ser Marcello Mastroianni”. Bueno, en realidad no me dije “cuando sea mayor”, porque por aquel entonces —era 1976, o 1977; quizá 1978, y con Franco recién muerto había en los cines una avalancha de estrenos de películas largo tiempo prohibidas por la dictadura; entre ellas El gran dictador, Viridiana y La dolce vita—aunque era un niñato recién salido del cascarón, aún imberbe y con la mayoría de edad todavía por estrenar—entre otras cosas que también tenía sin estrenar— ya me consideraba un correoso adulto. Santa inocencia.

domingo, 26 de enero de 2020

Isaiah Berlin, sobre el nacionalismo


A veces… bueno, no,  casi siempre: ante la avalancha apabullante de la actualidad, es bueno apagar la tele, o cerrar el buscador de noticias de Google, o lo que sea que use uno para picarse actualidad en vena a chorro continuo, y permitirse un poco de tiempo muerto para dedicarlo a la reflexión, a tomar perspectiva, a observar el conjunto en vez de estar constantemente pendiente de los constantemente cambiantes detalles. Para eso va muy bien sentarse en un sofá cómodo, servirse una copa y leer con tranquilidad a alguno de los pensadores que haya dedicado tiempo, neuronas y tinta a reflexionar sobre el problema que de tan rabiosa actualidad se nos antoja. Descubriremos así que, en el fondo, no es tan de rabiosa actualidad, siempre ha estado ahí.

domingo, 19 de enero de 2020

Que te calles, zorra


Mary Beard (distinguida latinista, catedrática de Clásicas en Cambridge y miembro de la Academia Británica, entre otros títulos igualmente rimbombantes) es, sin duda, la persona viva que más sabe sobre la Roma clásica. Ha sabido transmitir estos conocimientos al público no especializado en documentales de la BBC y una serie de ensayos históricos de carácter divulgativo, altamente recomendables (El triunfo romano, Pompeya, La herencia viva de los clásicos, SPQR) en los que la profundidad no está, en absoluto, reñida con la amenidad. Pues Mary Beard escribe muy bien; tiene un estilo ágil, entretenido y, con frecuencia, sutilmente irónico, que le habrían envidiado tanto el mismo Ovidio como el mismísimo Plinio el Viejo. O su admirado Tácito.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Mujer en el espejo contemplando el desastre



         —Debería hacerme un retoque así—dijo María ante el espejo, mientras se estiraba la piel por detrás de las orejas, convirtiendo su rostro en una máscara tan tersa e inexpresiva como la de Michael Myers, el asesino de las películas de la saga Halloween.
—No, no deberías—dije yo. No me atraía nada la perspectiva de besar a Michael Myers en los labios de goma.
—Nada muy radical. Lo justo para hacer desaparecer las líneas nasogenianas y las patas de gallo.
—Pero a mí me gustan tus patas de gallo. Y tus líneas nasogenianas. Sea eso lo que coño sea.
María se giró para mirarme como si, de pronto, se hubiera dado cuenta, con cierto disgusto, de mi presencia en la habitación.

miércoles, 7 de agosto de 2019

La gaviota de hace un millón de años


La biblioteca tiene tres plantas. En la de arriba, las mesas con enchufes para los portátiles están situadas junto a un amplio ventanal desde el que se ve la plaza de Lesseps, con sus árboles y sus parterres, más allá de un muy extenso y sinuoso tejadillo de zinc del que el arquitecto-estrella que diseñó el edificio debe estar muy orgulloso, pero que, debido precisamente a su diseño, necesita ser limpiado por expertos en escalada suspendidos de cuerdas (y, en consecuencia, no se limpia nunca, porque bastante agobiada de presupuesto va la biblioteca con los gastos ordinarios como para, encima, tener que contratar expertos en escalada con ganas de limpiar mierda). En ese tejadillo ha instalado su cuartel general una gaviota tan grande como un perro carlino, cuya mirada expresa todo el mal carácter habitual en los malencarados depredadores de su especie.

sábado, 3 de agosto de 2019

Hitler en la biblioteca


Hoy, en la biblioteca, he ido a sentarme a la sección de biografías, sólo porque allí hay dos sofás muy cómodos, al lado de un ventanal. Al poco, en el de enfrente se ha sentado un tipo vestido con unos bermudas muy feos, una camiseta sin mangas también muy fea, el cráneo afeitado y una cara que no te gustaría encontrar en un callejón oscuro, ni en uno iluminado. En la comisura de la boca apretaba un cigarrillo de plástico, de esos que antes decían que servían para dejar de fumar, aunque más que nada servían para hacer el canelo. En uno de los brazos que emergían del pingajo de camiseta sin mangas se había hecho tatuar el símbolo taoísta del ying y el yang, pero resultaba evidente que aquel trabajo tan tosco no provenía de ningún salón de tatuajes; recordaba más a los que te hacen en la Legión, o en la cárcel.

sábado, 9 de febrero de 2019

Unos huesos, una rubia boba y un burro a caballo


Mi abuelo, uno de los dos, empezó la guerra como soldado de un ejército y la acabó como soldado del otro. Mi otro abuelo ni siquiera tomó las armas; cuando empezó la guerra era funcionario de la administración de justicia de la República, y cuando la acabó se encontró con que era funcionario de la administración de justicia del Glorioso Movimiento; así, sin moverse del despacho, y estampando los mismos formularios con los mismos sellos de goma.