jueves, 13 de enero de 2011

Ibarra desbarra

Quise responder al artículo titulado “Canon digital” que Juan Carlos Rodríguez Ibarra firma en la sección “Tribuna” de la edición del 10 de enero de EL PAÍS. Envié una carta al susodicho periódico, que no  ha estimado oportuno publicarla, así que la publico aquí y santas pascuas. Y, sin más preámbulo, paso a analizar el artículo del señor Ibarra: para empezar, el título es inadecuado, pues el autor no habla en ningún momento, más allá de alguna cita de pasada, del canon digital; se centra en otro tema, el de los derechos de autor sobre los contenidos de Internet, básicamente desde una posición contraria a los mismos. O al hecho de tener que pagarlos.
No es la primera vez que Rodríguez Ibarra opina sobre esa cuestión: ya lo hizo aquí antes, cimentando, como ahora sus argumentaciones en símiles del tipo invero (o sea, invero-símiles); del tipo "si te llamas Juan en casa tienes una bicicleta". Y en este artículo reincide gozosamente, confundiendo no ya churras con merinas, ni el culo con las témporas, sino incluso pingüinos con aeroplanos. A aquel primer desbarre ya respondió, de forma bastante exacta, Antonio Muñoz Molina. A éste intentaré responder yo, aunque muchos ya lo han hecho en las páginas del mismo periódico. Pero es que me lo pide el cuerpo.
Empieza el distinguido ex presidente extremeño afirmando que nuestro país ocupa el puesto décimo quinto en el uso de Internet (lo cual es cierto), y que “Puesto que los países más desarrollados son los que más usan ese tipo de tecnología, cabe deducir que sería obligación de los poderes públicos el intentar que nuestros jóvenes, aunque sea a través de las páginas relacionadas con el ocio, se familiaricen cada vez más con ella” O sea: puesto que conocer las nuevas tecnologías  es importante, los poderes públicos deberían promocionar su conocimiento entre los jóvenes. Sí, de acuerdo. Pero, puesto que saber conducir es importante, ¿los poderes públicos no deberían promocionar la práctica de la conducción entre los jóvenes, aunque sea utilizando coches robados? No cabe duda de que permitiendo el robo de coches favoreceríamos mucho el acceso de los jóvenes a la conducción Y, de cualquier forma, ¿una página de ocio debe ser necesariamente una página de descargas gratuitas?  
Sigue el ex presidente regional relatando sus cuitas de cuando aún no era ex: que si cuando reformó las infraestructuras viarias de Extremadura algunos ciudadanos se quejaron porque el que la carretera dejara de pasar por delante de su comercio perjudicaba sus ventas. Suele pasar. Esa actitud es la misma que mantiene la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) con respecto a las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (minúsculas, por favor: tecnologías de la información y el conocimiento; que no es el nombre de ningún organismo de la ONU), con el canon digital (única referencia al tema del título) y los derechos de autor” (¿?) “Intentan parar el progreso y el avance tecnológico con el argumento de que se acabará la creación artística musical y literaria si no se persigue a los jóvenes que, por primera vez en la historia de la humanidad, pueden acceder a la cultura universal con un solo clic (¿??)”
Veamos…
Uno: la actuación de la SGAE y otros organismos similares (como CEDRO) no se dirige, ni hasta donde se me alcanza nunca lo ha hecho, a impedir las posibilidades de distribución de contenidos por Internet, sino a conseguir que sus representados cobren por esa distribución, lo mismo que cobran por su distribución según los sistemas tradicionales. Es cierto que su celo a veces deriva en una visión un poco retrógrada de esos nuevos sistemas de distribución, entre otros errores… pero su posición no es  equiparable a la del dueño del bar que no quiere que le quiten la carretera de delante; más bien se equipara a la del dueño del bar que ve cómo la clientela se le marcha haciendo un simpa: sin pagar la consumición.
Dos: acceder a toda la cultura universal con un solo clic… frase pomposa, rimbombante y profundamente demagógica. Acceder a contenidos culturales nos lo quita ni la SGAE ni ningún otro organismo, ni puede ni lo intenta, entre otras cosas porque aquello que pasa a formar parte de la cultura universal no lo decide la SGAE, sino el tiempo, ese juez inapelable; y todo aquello que el tiempo ha decidido que ya forma parte de la cultura universal era de circulación libre de derechos ya antes de que Internet existiera. De lo que se trata aquí no es de la cultura universal, sino de los productos de ocio. Películas, música, novelas y videojuegos  son productos de ocio, mercancía producida de forma industrial como una actividad económica más. De hecho, en el top de descargas por la patilla no está ni el Quijote, ni las obras completas de Shakesperare (que son obras libres de derechos de copyright) ni las películas de Ingmar Bergman, ni las de Fellini, ni la música de Mozart, ni la de Wagner ni la de Beethoven (también libres de derechos de copyright, salvo los que pertenezcan al intérprete) ni la de Miles Davis, ni la de John Coltrane. Todo eso ni siquiera sale en el ranking. La inmensa mayoría de descargas, legales o no, se las llevan las novelas de la saga Crepúsculo, las de Stephen King, la película Transformers y las canciones de Beyoncé y Lady Gaga. Quizá algún día el tiempo sancione a Stephen King y a Beyoncé como creadores de productos culturales, pero por de pronto  son creadores de productos de ocio. Y a mucha honra. Son trabajadores de la industria del entretenimiento.
No se trata, pues de la Cultura, así con mayúscula, sino de una industria: una actividad económica que implica unas inversiones de capital y el empleo de fuerza de trabajo, contribuye al PIB y a la balanza comercial de su país de origen y genera ingresos fiscales. Esa actividad económica industrial se vuelve ruinosa e inviable cuando el producto que produce (películas, música, novelas o videojuegos) puede ser consumido sin contrapartida económica. Con el consiguiente perjuicio económico no sólo para los trabajadores de esa industria y las empresas que invierten capital en ella, sino para la economía del país y para el fisco.
Internet es una autopista de la información. A todo el mundo le gustaría circular por las autopistas sin pagar peaje, pero construir autopistas y mantenerlas cuesta dinero; y si no se paga a base de peajes, se paga lo mismo a base de impuestos.
Sigamos con los desbarres ibarrenses: a partir de aquí aumentan de  calibre. Dice el ex presidente belloto:
Tanto Spotify, que permite el acceso a grandes catálogos con anuncios o pagando por cuenta premium, como iTunes, que es una gran biblioteca digital, no existirían hoy, para desgracia de la humanidad, si hubieran tenido que pedir permiso para aparecer en la Red” El caso es que tanto Spotify como iTunes han pedido permiso, si no para aparecer en la red, al menos para distribuir los contenidos que distribuyen, por los que pagan los oportunos cánones a sus propietarios. Así que ¿qué tiene que ver este pingüino con aquel aeroplano?
Y profundizamos en este mismo despropósito:
Ambas cosas, igual que Google o Wikipedia, aparecen porque la Red es libre y porque no tuvieron (sufrieron, padecieron) la persecución que aquí (ahora) se practica contra los que algunos se empeñan en llamar piratas” ¿igual que qué? No veo igualdad alguna por ningún lado: Spotify e iTunes son distribuidores de contenidos (pagando) mientras que Google es un motor de búsqueda que indica dónde encontrar determinados contenidos accesibles: algo así como un índice muy sofisticado y Hi-Tech. En cuanto a Wikipedia, es un archivo de contenidos que diversas personas elaboran y voluntariamente cuelgan allí para su uso público.  Yo mismo he intervenido en la redacción de alguna entrada de Wikipedia, de gratis y por la cara, para que lo disfrute Ibarra y cualquiera.  En cuanto a los llamados piratas, son así llamados porque  distribuyen  o se apropian de contenidos que no han elaborado ellos y cuya propiedad intelectual no ostentan, sin ofrecer ninguna compensación económica (ni de ningún otro tipo) a su legítimo propietario. En muchos casos, por cierto, obteniendo beneficios económicos por esa distribución: como seriesyonkis, página de descargas perteneciente a un trust empresarial que también posee páginas de descarga de películas, juegos y pornografía: facturan cientos de miles de euros en banners publicitarios. Ni uno solo de esos euros cae en el bolsillo de los fabricantes de los contenidos que ellos distribuyen.
Y ahora agárrense que vienen curvas.
Los creadores se enfrentan al mismo problema al que se enfrentaron otros gremios cuando las circunstancias y las tecnologías cambiaron. ¿Cómo se protege el derecho (el subrayado es mío) del dueño de un bar en un pueblo cuando la carretera deja de pasar por el interior de esa localidad? ¿Y el derecho del fabricante de máquinas de escribir cuando aparece el ordenador? ¿Y el del vendedor callejero de leche de vaca recién ordeñada? ¿Y el del conductor de diligencias cuando apareció el tren?" 
Permítanme un exabrupto (sólo uno) Pero, ¿de qué c… está hablando este tío? Ya está, gracias. Uf, qué descanso.
¿Derechos? Ninguno de esos derechos existe, ni remotamente, ni siquiera en un nivel metafórico. El dueño del bar de un pueblo no tiene más derecho a decidir el trazado de una carretera que el que tiene un pingüino a decidir el color de que se debe pintar un aeroplano (en todo caso, no tiene más derecho que el resto de sus conciudadanos). El fabricante de máquinas de escribir (cualquier fabricante de cualquier cosa) no tiene ningún derecho a impedir que alguien fabrique otro producto que cumpla la misma función de forma más eficaz (si tendría derecho, en cambio, a impedir que alguien le plagiara su patente de fabricación de máquinas de escribir).  Aplíquese el mismo razonamiento para rebatir el resto de despropósitos.
Sin embargo, todos los ciudadanos  tienen derecho a un cierto nivel de protección sobre lo que es su propiedad. Se llama derecho a la propiedad privada, y está reconocido en la Constitución Española (aquí si son pertinentes las mayúsculas) en su artículo 33. La propiedad intelectual no es más que una forma de propiedad privada. Con todo lo que ello comporta.
Pero a Ibarra no le acaba de gustar eso de que los productos intelectuales puedan ser de propiedad privada. Y, argumenta, si tan difíciles son de proteger, para qué tomarse la molestia:
Hasta ahora, todos los sistemas de control han fracasado, por lo que sería más sensato revisar el concepto de propiedad intelectual y derechos de autor en la nueva sociedad digital y dejarse de perseguir a jóvenes a los que se les insulta llamándoles piratas
Hasta ahora, todos los sistemas de erradicación de la violencia de género han fracasado, por lo que sería más sensato revisar el concepto de violencia de género y dejar de perseguir a los tipos que le zurran la badana a la parienta, a los que se insulta llamándoles pedazos de bestia. (Diferente contexto, mismo desarrollo argumental).
Los derechos de autor siempre se han basado en el formato físico (discos, casetes, CD, libros, etcétera). Pero el formato físico ya no es necesario”  Completamente falso. Sólo recientemente (desde finales del siglo XX) los derechos de autor se han basado, principal aunque no únicamente, en el formato físico. Cuando se paga la entrada para ver una película o una obra de teatro, o para escuchar un concierto, no se nos proporciona a cambio nada físico, pero estamos pagando los derechos de autor correspondientes. Cuando ve una película o una serie en televisión, o escucha un tema musical en la radio, no está pagando nada, pero la emisora si, cada vez que emite (hace uso de) la película o la canción.  Ya ve, don Rodríguez, el formato físico ya no era necesario en tiempos del teatro griego. Lo que no impedía que Sófocles cobrara por su trabajo. En cuanto a los libros, nunca fue legal fotocopiarlos para venderlos por tu cuenta. Que yo sepa, al menos.
Los derechos de autor no se basan en el formato físico, sino que recaen sobre el contenido, que es inmaterial. Por eso una emisora de televisión paga derechos cada vez que emite una película o una serie, aunque conserve en sus archivos el disco o la cinta (el formato físico) que la contiene: paga por el uso del contenido, no por la posesión del soporte. Un libro es un pliego de papeles encolados por un lado, cuyo propietario es muy libre de usar para envolver pescado, encender el fuego o nivelar la pata de una silla. Lo que no le pertenece, de lo que sólo es usufructuario, son las palabras que contiene el libro, puestas en ese exacto orden. Pueden estar impresas en papel, en un archivo informático de texto o pintadas sobre una pared a brochazos; o las puede recitar un rapsoda en voz alta, como en los tiempos de Homero. Pero siempre son la misma cosa, y nunca pertenecerán a nadie más que a quien las escribió. O a sus herederos, hasta setenta años después de su muerte, según la legislación actual (el artículo 33 de la Constitución también protege el derecho a la herencia).
Pero esa distinción no parece entenderla el señor Ibarra, que añade: “Es cierto que todo el mundo tiene derecho a vivir de su obra (gracias por su amable condescendencia), siempre que no pretendan seguir haciéndolo por derechos de copia, porque en la sociedad digital el formato es innecesario” Insisto: el derecho de propiedad intelectual no se ejerce sobre los soportes, sino sobre los contenidos. La copia de un contenido de un soporte a otro (de un fichero a otro, duplicándolo) es un acto de apropiación del mismo. En cuanto al formato, sigue siendo tan necesario en la sociedad actual como en cualquier otra: Una misma obra puede ser accesible en muchos formatos distintos, pero alguno hay que utilizar para consumirla. Si acaso no será necesario el soporte físico (pero sí, siempre, algún tipo de soporte).  He aquí otro caso de churras y merinas, de culo y témporas, de pingüinos y aeroplanos.
Y ahora un párrafo particularmente abstruso (por mal redactado, sobre todo)
No se puede pretender seguir manteniendo un sistema de relaciones creador-consumidor como ocurría antes, porque eso significa echarse encima a una parte de la sociedad que reacciona sublevándose contra quienes quieren controlarla”  La relación creador-consumidor (quizá quiso decir productor-consumidor) es la básica relación de mercado, ni más ni menos: la de oferente con demandante. Para que esta relación funcione el oferente tiene que recibir una compensación por parte del demandante a cambio de lo que ofrece a éste. Por supuesto que el demandante estaría encantado de la vida de pillar el producto o servicio ofrecido y si te he visto no me acuerdo, pero así se hunde la oferta y desaparece, como cualquier actividad económicamente insostenible. 
En cuanto a lo de la sublevación de “una parte de la sociedad” (los piratas) contra quienes quieren controlarla… suena a que si no te dejan irte del bar sin pagar, le partes la jeta al camarero. Y como yo y mis amiguetes somos más que el camarero, como pretenda cobrarnos pilla. A eso se le llama chulería barriobajera.  Ibarra parece poseer un buen caudal de ella.
Y acabo con una consideración final: me parece estupendo que EL PAÍS publique en su sección “Tribuna” artículos sobre este tema, o cualquier otro, argumentando cualquier postura a favor o en contra: el debate es bueno. Pero sería deseable que quienes allí debatieran supieran, al menos, justificar sus argumentos con un mínimo de coherencia expositiva. Vamos, que pudieran diferenciar, si no ya churras de merinas, al menos pingüinos de aeroplanos. No parece ser ese el caso del señor Rodríguez Ibarra.
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