lunes, 10 de junio de 2013

El misterioso Doctor Mercado, capítulo 3

drmercado3¿Quién es El Hombre de Negro?

Le despertó la luz del sol entrando por la ventana. En un primer momento no supo donde estaba. En el momento siguiente lo recordó todo: su aventura nocturna en el parque de atracciones del Tibidabo, su encuentro con el Hombre de Negro y la extraña propuesta que le había hecho: trabajar para él. Se preguntó si no habría sido un sueño. Porque conseguir un trabajo hoy en día era un sueño, aunque no te lo ofreciera un enmascarado vestido de negro que te asalta en mitad de la noche. Pero si todo había sido un sueño aún debía estar soñándolo, porque aquel apartamento en el que se había despertado no se parecía nada a la cabina del cajero automático donde había estado durmiendo con Dios durante el último año. Ni aquella cama sobre la que se había despertado se parecía en nada al viejo saco de dormir que había estado usando como lecho durante ese mismo tiempo.
Se duchó, se afeitó, fue a la cocina, se preparó un café y se sentó a tomarlo. Sobre la mesa estaba la tableta que, recordó, le había dado el Hombre de Negro la noche anterior. Al encenderla apareció el icono de mensaje de correo entrante. El mensaje no estaba firmado, y procedía de una cuenta de GMail identificada con un número de ocho cifras al azar, sin ningún significado aparente. Aquella cuenta podía haberla abierto cualquiera. El mensaje decía:
En la memoria de esta tableta encontrará una carpeta que contiene todo tipo de documentación sobre una persona. Estúdiela en profundidad. Porque va a tener que convertirse en esa persona.
Damián encontró la carpeta. Se llamaba “Bárcenas” y contenía fotos, grabaciones y todo tipo de datos sobre un hombre de mediana edad, corpulento y apuesto. Según la documentación, era tesorero del Partido Popular. También había sido senador, y había estado implicado en una trama de blanqueo de dinero, en la que el principal implicado había sido su predecesor en el cargo de tesorero, un tal Naseiro. Un personaje interesante, el tal Bárcenas, dijo Damián para sí mientras iba repasando la documentación. Pero cómo iba él a poderse convertir en esa persona, si físicamente no se le parecía en nada. Para empezar, Bárcenas era más viejo y estaba más gordo.
Por la tarde supo cómo, después de que llamaran a la puerta. Al abrir se encontró con una muchacha joven que acarreaba una pesada maleta rígida con ruedas.
—¿Te llamas Damián?—le preguntó.
—Sí.
—Yo me llamo Helena. Trabajamos para la misma persona.
—¿Tú también trabajas para el Hombre de Negro?
—¿El Hombre de Negro? ¿Así le llamas?
—¿Cómo le llamas tú?
—De ninguna manera, por lo general. O jefe, si no tengo más remedio que llamarle algo. Pero El Hombre de Negro me gusta, le pega ¿Puedo pasar?
—Claro.
Helena se instaló en la sala de estar, y abrió la gran maleta que acarreaba. Estaba llena de cajones con efectos de maquillaje, postizos, pelucas.
—¿Para qué es todo esto?—preguntó Damián.
—Según el jefe… el Hombre de Negro, tengo que convertirte en esta persona—respondió Helena, mostrándole una fotografía de Bárcenas que también guardaba en un cajón de la maleta—Anda, siéntate en esta silla, que empezaré a hacer pruebas.
—Pero si no me parezco nada—dijo Damián, obedeciendo.
—A primera vista parece que no mucho, pero tienes la misma estructura facial y los mismos ojos. Los ojos son lo más importante. La nariz también es muy parecida. Un poco más pequeña quizá, pero eso se soluciona fácilmente. Al revés hubiera sido más difícil. Lo demás es pan comido. Una buena peluca, un buen maquillaje y un poco de relleno.
—¿Y no se notará?
—Eso me ofende. Cuando haya acabado contigo, ni la madre de Bárcenas podría distinguirte de él.
—¿Por eso me ha escogido El Hombre de Negro para esta misión, porque me parezco al tal Bárcenas?
—Quién sabe. Él nunca nos cuenta sus motivos. Sólo nos dice lo que quiere que hagamos.
—¿Y cuántos sois?
—Somos. Ahora tú eres uno de nosotros.
—¿Cuántos somos?
—No tengo ni idea. Conozco a uno que es taxista, porque me ha llevado alguna vez. Y a otro que es periodista, porque una vez el jefe me encargó disfrazarlo. Y ahora a ti, que eres…
—…contable. Y también había sido actor en una compañía de teatro de aficionados.
—¿Ves? Seguro que el jefe te escogió por eso. Porque sabes actuar.
—Tampoco es que sea Javier Bardem, precisamente.
—Pero, ¿podrías imitar la voz y los andares del objetivo?
—Quizá. Con tiempo y práctica…
Conseguirlo le llevó una semana. Claro que tampoco tenía nada que hacer, más que estudiar las grabaciones de audio y vídeo que había en la tableta, y hacer de modelo a Helena, que venía todas las tardes a ensayar maquillajes y tomar moldes para fabricar prótesis de látex.
También fue a buscar a Dios, al cajero automático donde solía pernoctar. Pero no estaba allí. Su lugar lo ocupaba una pareja de mediana edad con un niño pequeño. Habló con ellos. Le dijeron que, tras perder ambos sus trabajos, el banco se había quedado con su casa, y por eso ahora dormían en aquel cajero. Les preguntó que desde cuándo, le respondieron que desde hacía dos días, pero que entonces lo encontraron desocupado. Y no, en esos dos días no había venido nadie que dijera ser Dios, ni que respondiera a la descripción que él les había dado: estatura mediana, barba gris muy poblada, un sombrero encasquetado hasta las orejas y un abrigo que se caía a pedazos.
Dos días, pensó Damián. Justo los que habían pasado desde que abandonara a Dios para irse al mirador del Tibidabo.
El séptimo día Helena quiso hacer un ensayo general de maquillaje y vestuario. Le maquilló, le colocó los postizos y le dio un chaleco acolchado. Con él debajo de la camisa pasaba un calor de todos los demonios, pero parecía más corpulento y algo más gordo. Justo, pensó, como el hombre al que intentaba parecerse. Se vistió con un traje, corbata y un abrigo, y se miró en el espejo. Helena tenía razón, ni su madre podría distinguirle del verdadero Bárcenas.
—Es asombroso—dijo.
Dio unos pasos, tratando de imitar los andares de Bárcenas. Le pareció convincente.
—Di algo—le dijo Helena.
—Ejem…a ver… Hola, me llamo Bárcenas. Luis. Luis el cabrón, me llaman. Como tire de la manta os vais a enterar.
—Algo más.
—Nunca, repito, nunca he repartido dinero negro, ni en este partido ni en ningún otro sitio.
—Puede pasar. Pero deberías seguir practicando.
—Seguiré practicando. Pero ¿para qué me estoy preparando?
—Ya te lo dirá el jefe.
—¿Cuándo?
—Cuando sea el momento. Con él siempre es así.
El momento resultó ser aquella misma noche. Damián se despertó bruscamente y encontró al hombre de negro en pie a los pies de la cama, su silueta confundiéndose con la oscuridad, salvo por el brillo rojo de las lunas circulares de sus anteojos, que reflejaban la luz de la pantalla de una tableta que a Damián le pareció la suya. El hombre de negro la sostenía en la mano mientras la manipulaba.
—Jesús, me ha dado un susto de muerte—dijo Damián, incorporándose en la cama.
—He sido informado de que consigue imitar a nuestro objetivo de forma bastante convincente.
—Bueno… la voz no me sale perfecta.
—Hable lo mínimo posible, y si no tiene más remedio que decir algo, sea lacónico. Use frases cortas y monosílabos. Ahora vuelva a dormir. Mañana empezará su misión.
—¿En qué consiste?
—Irá a Madrid, caracterizado como Bárcenas. En esta tableta tiene los horarios de trenes, el billete electrónico, las direcciones y todo lo que necesita saber.
—Y en Madrid ¿qué voy a hacer?
—Sustraer algo de la sede central del Partido Popular.

Próximo Capítulo: Los papeles de Bárcenas

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