miércoles, 4 de diciembre de 2013

El misterioso doctor Mercado, capítulo 13

drmercado14El presidente encuentra a Dios

Damián volvía a estar sentado sobre un saco de dormir enrollado, con la espalda recostada sobre una mochila astrosa, a cubierto dentro del cajero automático donde solía pernoctar, en compañía de Dios, antes de convertirse en agente del Hombre de Negro. Iba vestido con ropa vieja, llevaba una gorra con la visera bien calada sobre los ojos y un pañuelo palestino liado al cuello, tapándole la parte inferior de la cara todo lo que era posible sin parecer que iba embozado a propósito. Desde debajo de aquel embozo observaba con disimulo la calle, y la gente que deambulaba por ella y ante él. No hacía mucho que había ocupado aquel sitio y vestido aquella indumentaria por pura necesidad, y no siguiendo órdenes de su empleador. Porque ahora estaba allí siguiendo órdenes: el Hombre de Negro le había enviado un mensaje aquella misma mañana, ordenándole que por la tarde estuviera en aquel sitio y de esa guisa, y que allí le esperara. No sabía qué debía esperar, ni tampoco lo preguntó. Ya había aprendido que las órdenes de su misterioso jefe ni se comentaban ni se discutían.
Mientras esperaba, miraba a la gente pasar. Y mientras la miraba, volvió a darse cuenta de que, así disfrazado y en esa posición, era invisible. Ya se había dado cuenta antes, en los cercanos tiempos en que aquello, para él, no era un disfraz ni un papel a representar, sino su realidad cotidiana. Entonces, le molestaba. Ahora, en cambio, en su nueva condición de agente secreto (o algo así), lo veía como una gran ventaja.
Pronto supo qué estaba esperando, pues el gran automóvil negro del jefe aparcó silenciosamente a su lado. Se acercó al vidrio tintado del asiento de atrás y éste descendió unos centímetros, los justos para que pudiera ver a través de la ranura el sombrero negro, el rostro enmascarado y los anteojos de cristales rojos de su jefe.
—Hola, jefe—dijo Damián.
—¿Ha traído lo que le pedí?—dijo él a su vez, por todo saludo, con su extraña voz metálica.
—Sí, aquí está—respondió Damián, metiendo por la ventanilla entreabierta la mochila astrosa. Contenía más ropa vieja, una muda entera como la que llevaría cualquier sin techo: una sudadera gris que había conocido días mejores, una camiseta de algodón casi transparente de tan desgastada, unos pantalones vaqueros deshilachados y manchados de grasa, y unas zapatillas deportivas que en una vida anterior habrían sido blancas, pero que ahora eran de un color gris parduzco. El Hombre de Negro cogió la mochila y se la alargó a alguien que estaba sentado a su lado, en el interior del vehículo.
—Vístase con esto—ordenó la voz metálica.
—¡Por Dios santo! ¿Con estos trapos tengo que vestirme? ¡Si están para tirar! Y además huelen—dijo una voz conocida. Damián atisbó por la abertura de la ventanilla y no pudo creer lo que vio ¡Era el mismísimo presidente del gobierno!
—Vístase y no nos haga perder tiempo—le reconvino, autoritaria, la voz metálica de su empleador.
—Pero no entiendo por qué…
—Ya se lo he dicho. Hasta que consiga desenmascarar al que está suplantándole, usted va a tener que esconderse.
—No, si yo se lo agradezco, pero ¿no me podrían esconder en la suite de un hotel, o algo así? Le prometo que no saldría hasta que fuera seguro. Ni para comer. Usaría el servicio de habitaciones…
—No. Le verían los empleados. No podemos arriesgarnos. Vístase de una vez.
—Ya voy, ya voy. Pero qué asco de ropa.
El presidente se vistió. El Hombre de Negro le subió la capucha de la sudadera. La verdad era que, con aquella ropa y con aquella barba hirsuta que usaba, parecía un sin techo más. El jefe tenía razón, pensó Damián, así sería perfectamente invisible.
Y ahora, salga del coche—le dijo el Hombre de Negro— y vaya con él—dijo, señalando a Damián—Él se encargará de vigilarlo.
El presidente obedeció y salió del coche, que en ese momento arrancó, dejándolos solos.
—La verdad es que me recuerda usted a alguien, joven—dijo entonces el presidente, observándole—Bueno, la verdad es que, si se peinara de otra forma, perdiera usted unos veinte kilos y envejeciera usted unos veinte años, sería usted el doble casi perfecto de…
—Luis Bárcenas, ya lo sé. Tengo entendido que era muy amigo suyo.
—No, no crea… bueno… ya tal. Oiga ¿y dónde nos alojaremos?
—Ahí—dijo Damián, señalando el cajero automático, con cartones en el suelo y un par de sacos de dormir enrollados encima.
—¿Ahí? Pe-pero ¡yo no puedo dormir ahí! ¡Eso es inhumano! ¡No pueden obligarme a vivir así! ¡Es un escándalo!
—Mucha gente vive así. El jefe ha dicho que la calle es más segura. Aquí seremos perfectamente ilocalizables.
—¿Y dónde vamos a comer?
—El comedor social de la Cruz Roja abrirá dentro de una hora. No está muy lejos de aquí, pero podríamos ir ya a hacer cola. Además, quizá encontremos a Dios.
—Que yo sepa, la Cruz Roja no es una asociación religiosa. Aún si fuera Cáritas…
—No, no lo es, por eso es más fácil encontrar a Dios allí.
—No entiendo por qué…
—Dios es ateo y no le gusta mucho ir a los comedores de órdenes religiosas. Por eso es más fácil encontrarlo en la cola del de la Cruz Roja.
El Presidente le miró con cara de desconcierto.
—Joven ¿toma usted drogas?
—No. No me estoy refiriendo al Dios que usted cree.
Cuando llegaron al comedor social encontraron en efecto a Dios, haciendo cola para entrar.
—Hombre, Dios, he estado buscándote ¿Por dónde andabas?
—Por aquí y por allá. Ya sabes. Oye, ¿quién es tu amigo?
Damián le presentó al presidente.
—Presidente, este es Dios. Dios, este es el presidente.
—¡Qué gracia!—dijo Dios—se parece al de verdad. Será por eso que le llaman presidente, ¿verdad? ¿Quiere un trago?
Le alargó un cartón de vino abierto. El presidente arrugó la nariz con desagrado al percibir el olor del vinacho.
—Gracias, su divinidad, pero no bebo..
—Llámame Dios, como todo el mundo, hombre.
—Eso me va a costar…
—el presidente va a dormir con nosotros en el cajero automático ¿te importa?
—Qué va, hombre, cuanto más seamos, más calentitos dormiremos. Pero oye, tú ¿no tenías un piso?
—Durante un tiempo voy a tener que volver a dormir en la calle.
—Ya. No me digas nada. Esos hijos de puta de los bancos… Te han desahuciado ¿a que sí?  Qué hijos de puta son los banqueros, y qué hijo de puta es el presidente que les permite hacer lo que hacen… no usted, amigo, claro. Hablo del de verdad.
—Ya, ya.

Próximo capítulo: La liga de los calvos siniestros

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