Lenin se equivocó: el imperialismo no es la fase superior del capitalismo. O en parte no, en parte tenía razón, y ahora estamos viendo cómo, tal como predijo, los capitalistas han dejado de ser competidores anónimos dentro de un mercado desconocido y de libre competencia; ésta, ahora, se da en unas condiciones nuevas en las que sólo los grandes monopolios pueden competir entre sí. El estado (en efecto, Vladimir) ha dejado de ser propiedad de toda la burguesía para pasar a estar controlado sólo por los sectores monopolistas de la burguesía. El estado sirve ahora sólo a los capitalistas dueños de grandes monopolios. Pero lo que ni Lenin ni ningún otro teórico, marxista o no, pudo predecir fue la aparición del narcocapitalismo, la otra característica determinante del capitalismo moderno. Porque No existe ningún mercado en el mundo que sea tan productivo y tan rápido como el de la cocaína. No existe una inversión financiera en el mundo más jugosa que la cocaína, que consigue rentabilidades de más del 1.000 por ciento en cuestión de días. No existe mercado en el que el principio de libre competencia asuma una forma más esencial y más descarnada que el de la droga, y en especial el de la droga reina, la cocaína, el petróleo blanco. Una mercancía que genera un flujo monetario tan bestial que, en buena parte, sostiene él solo a los mercados financieros internacionales, sus grandes cómplices, y a no pocos estados, convertidos en narcoestados, sus grandes lacayos.
Éste es un libro que debes leer. Éste es un libro que te fascinará, éste es un libro que te repugnará. Éste es un libro que rechazarás tachándolo de exagerado y tremendista, aunque en lo más recóndito de tu fuero interno siempre te quedará la incómoda convicción de no, de que no lo es. Éste es un libro a cuyo autor odiarás durante el resto de tu vida, por amargártela. Por haberte obligado a ver lo que sería mejor no ver.
Léelo.
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