miércoles, 10 de agosto de 2016

El retorno del búcaro veneciano

La novela negra la inventó Dashiell Hammett. No lo digo yo, lo dice Raymond Chandler. Y lo hizo sacando el crimen del búcaro veneciano, donde lo había depositado la novela policíaca tradicional (o novela-enigma, novela-intriga, novela-rompecabezas, novela-crucigrama) y arrojándolo a donde realmente corresponde, a la calle. Con Hammett, la novela policial dejó de ser un artificioso entretenimiento para señoritas y damas ociosas de clase media, con un cadáver como cristalización abstracta de un juego de salón (el Cluedo), y pasó a ser un reflejo razonablemente realista de la sociedad urbana moderna, donde el asesinato es lo que, en realidad, siempre ha sido: un fracaso de la civilización y de la humanidad. Eso también lo dice Chandler. Me pregunto qué habría dicho de estar aún vivo y ver el crimen de vuelta al búcaro veneciano, y a éste de nuevo en el lugar de honor sobre el estante de la librería, en todo el esplendor de su huero decorativismo hortera. Aunque lo malo no es que el búcaro vuelva a estar ahí (siempre ha habido gente aficionada a coleccionarlos; allá cada cual con su buen o mal gusto); lo malo es que, hoy en día, al búcaro le llaman novela negra. Al búcaro, sí. Como la etiqueta “novela negra”, parece que vende, hacen con ella como con la etiqueta “sin gluten”: se la ponen a cualquier producto, venga a cuento o no.
Se tiene por padre fundador de la novela policíaca a un norteamericano, Edgar Allan Poe, pero el género se gestó, más bien, en las sociedades acomodadas europeas (Gran Bretaña, Francia) como literatura de entretenimiento para un público preferentemente pequeñoburgués. Sus autores (Agatha Christie quizá sea la mejor; en todo caso, sirve como arquetipo), por regla general tan pequeñoburgueses como sus lectores, tenían escaso o ningún conocimiento del mundo de la delincuencia y del trabajo policial: sus criminales y sus policías, en consecuencia, tienden a ser artificiosos y teatrales (en la segunda acepción que el DRAE da al adjetivo). Tampoco importa, porque su propósito no es el habitual de la literatura, reflejar la realidad a través de la ficción, sino plantear un juego: un misterio por resolver, un duelo de ingenio entre el ingenioso criminal y el ingenioso investigador que es un reflejo del duelo de ingenio que el autor dirime con el lector. Por tanto, cuanto más inverosímil y alambicado sea el crimen a resolver, mucho mejor, mayor es la diversión. Los personajes, los ambientes, el entorno social, son sólo las dimensiones del teatro. Lo importante es tener un buen final-revelación: el asesino es el sospechoso más insospechado. Y la gracia estriba en descubrir el cómo ¿Cómo murió el cadáver encontrado en la biblioteca? ¿cómo entró el asesino en la habitación cerrada? ¿cómo se le administró a la víctima el arsénico por compasión?
La novela negra nació en los Estados Unidos de la Gran Industralización de los años 20 y la Gran Depresión de los años 30. Nació en revistas pulp como Black Mask, publicaciones destinadas, preferentemente, al entretenimiento del proletariado urbano. muchos de sus autores, como W.R. Burnett, Edward Anderson, Horace McCoy o James M. Cain venían del periodismo, que les había proporcionado oportunidades de ver crímenes de verdad y de conocer criminales, y policías, de verdad.  El mejor de todos ellos, Dashiell Hammett, no había sido periodista, pero había sido detective (y guardaespaldas, y matón rompehuelgas) en la agencia Pinkerton. También era un lector empedernido, fascinado por el laconismo de Hemingway, la profundidad de los escritores rusos y el pensamiento de Karl Marx, en el que se interesó, parece, porque su experiencia como rompehuelgas le había le había puesto en contacto con el movimiento obrero. Militó un tiempo en el Partido Comunista, y en algún sitio ha dejado dicho que El Capital era uno de sus libros de cabecera.
Por todo ello, el tratamiento del delito en la novela negra es mucho más realista. Los criminales ya no son aristócratas aburridos o genios del mal con un doctorado en matemáticas, aficionados a tomar el té con el meñique alzado, sino que se parecen mucho a los que se encuentran en el mundo real: gánsteres, matones, estafadores, atracadores…
Los policías y los detectives privados no son excéntricos petimetres ni ingeniosos aficionados, sino (como en el mundo real, también) profesionales: aquellos, funcionarios públicos más o menos puteados por el sueldo escaso y las exigencias de resultados de sus superiores; estos, profesionales autónomos abocados al trabajo mercenario para poder pagar las facturas. En la novela negra ya no importa el cómo, porque el cómo es tan banal como en el mundo real:  los asesinos matan a sus víctimas a tiros, a golpes o a puñaladas, no introduciendo arsénico en los terrones de azúcar para endulzar el té.  Lo que importa es el por qué. Porque el crimen, todo crimen, es un asunto sórdido consecuencia de unas condiciones sociales determinadas: la pobreza, la corrupción, la codicia, la sed de poder… En consecuencia, en la novela negra la caracterización de los personajes, los ambientes y el entorno social importan, y mucho. Es literatura de entretenimiento, pero entra en el terreno de la novela social, y esto es una característica esencial, y diferencial.  A veces también es novela política, ya desde el principio, ya desde Hammett: Cosecha roja, obra fundacional del género, puede leerse como un violento western urbano o como una metáfora salvaje de la lucha de clases en el seno de una ciudad industrial. La llave de cristal plantea las relaciones bajo la mesa, y a veces incluso sobre ella, entre el mundo de la política y el crimen organizado. Su condición de novela social se hace más evidente en el subgénero crook story (novelas protagonizadas por delincuentes). En este subgénero, el favorito de Jim Thompson, ya no existen misterios por resolver; de lo que se trata, más bien, es de mostrar cómo viven y se desenvuelven determinados personajes, qué es lo que les empuja al crimen. A este subgénero pertenecen las novelas. Son ladrones como nosotros, de Edward Anderson, y ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, excelentes plasmaciones literarias del clima de desesperación que imperaba en amplias capas de la población tras el brusco empobrecimiento que sufrieron como consecuencia del Crack de 1929. En Un ciego con una pistola, Chester Himes hace un retrato balzaquiano de la vida en Harlem, mediante multitud de personajes que entrecruzan sus historias. Hay dos policías (negros, por supuesto) que corretean por entre ese avispero humano, “Ataúd” Johnson y “Sepulturero” Jones, pero no investigan nada, no resuelven nada: bastante trabajo tienen tratando de evitar que la violencia que se desata a su alrededor se desborde demasiado. Como los policías del mundo real, más o menos.
Otro elemento diferencial de la novela negra es una mayor preocupación por el estilo. Recordemos que nació en el pulp, del que heredó como valores esenciales la eficacia y la economía narrativas, pero también es fácil rastrear en ella las influencias de la precisión de la prosa periodística y el laconismo del mejor Hemingway, el de las primeras novelas y, en especial, el relato Los asesinos, un indudable precedente del género. A ese estilo, influenciado por la escritura periodística, la literatura popular y la alargada sombra de Hemingway, Chandler añadió su cultivado talento para la construcción de diálogos y para el uso eficiente del símil y la metáfora. La novela negra rompió a pedradas (o a tiros) el búcaro veneciano y puso en su lugar un montón de periódicos abiertos por la página de sucesos. La tendencia se hizo mucho más evidente cuando la novela negra llegó a Europa y los franceses la hicieron suya (lean a Manchette, por favor; vale mucho la pena).
Pero ha pasado el tiempo, y el búcaro veneciano ha vuelto. Para vengarse.
Sí, parece que vivamos un momento de auge de la novela negra: las colecciones editoriales con la palabra “negra” en el nombre afloran como los hongos en un sótano húmedo, las novedades editoriales con el término “negra” en la faja abarrotan las mesas y los estantes de las librerías, en ese tránsito fugaz al que hoy día parecen condenadas las novedades editoriales; escritores más o menos consagrados en la novela “seria” (sea eso lo que sea) se inventan un policía o un detective privado y lo sacan de paseo, a ver si hay suerte y las ventas suben; y cada vez que le das la vuelta a una piedra salen de debajo una docena de escritores con novela autoeditada en Amazon, por supuesto muy negra, voceando, cual vendedor de enciclopedias puerta a puerta (oficio y producto anteriores a la era Wikipedia, hoy día tan extinguidos como los pterodáctilos) sus negras virtudes.
Pero tanta negritud es falsa: abunda el tocomocho, la fórmula estereotipada, la prosa fast-food y el etiquetado tendencioso (en la industria alimentaria, al menos, si etiquetas como “sin gluten” tienes que demostrar que algo de verdad hay en eso). La novela negra se ha vuelto gris; a veces, gris rosáceo, cuando no directamente marrón y pinchada en un palo.
Por el camino cayó la calidad de la prosa. Este es un factor cada vez menos tenido en cuenta (y no sólo en la novela negra) desde que en las empresas editoriales los editores cada vez tienen menos poder decisorio y los responsables comerciales y de márquetin (esa gente que no lee, porque no tiene tiempo; entre revisar estadísticas de mercado, escoger corbatas y jugar al pádel se les suele ir todo) cada vez tienen más.
Por el camino cayó, también, la dimensión social. Ha vuelto la fórmula; abundan los escritores que la aplican como seguidores obedientes de las recetas de los programas de cocina de la tele. La fórmula consiste en inventar un policía o un detective que sea un trasunto más o menos idealizado del autor, presentarle un cadáver misterioso, ponerlo a investigar algunas pistas falsas y, tras hacer que las descarte una por una porque es muy listo, descubra triunfalmente, en el convencional final sorpresa, quién es el asesino, que siempre es el sospechoso más insospechado, y cómo lo hizo, que siempre es de alguna forma rara, calculada y más o menos retorcida. Buena parte de la novela negra actual, sobre todo la española, es como la Coca-Cola: todo fórmula y nada de sustancia. El por qué ha dejado de tener importancia (no nos pongamos sociólogos, que aburriremos al lector) y ha vuelto a tenerla el cómo.
Esta tendencia puede observarse en el subgénero “caza al psicópata”, un búcaro veneciano que se puso muy de moda durante la década de los 90; El silencio de los corderos, de Thomas Harris (una de esas novelas que resulta mucho peor que su adaptación cinematográfica) es uno de los ejemplos más representativos. En este (sub)género el crimen deja de ser un (sub)producto social y vuelve a ser un simple juego de ingenio. El psicópata es un villano muy cómodo, porque su existencia no cuestiona el establishment. Al contrario que el gánster, quien, en el fondo, no es más que un hombre de negocios con pistola, alguien que ha comprendido perfectamente la ética del capitalismo y la lleva hasta sus últimas consecuencias; al contrario que la prostituta, el camello, el proxeneta o el matón de barrio bajo, productos, y a veces incluso víctimas, de un cierto, y deficiente, orden social. El psicópata mata porque sí, porque está loco, porque es una anomalía casi sobrenatural, como los vampiros y los hombres-lobo. La novela de caza al psicópata le extirpó a la novela negra sus colmillos de crítica social. Lo único importante es montar una divertida atracción de feria, llena de sustos y momentos de intriga. No hay, pues, de qué preocuparse: se le atrapa, se le mata (o se le encarcela) y asunto resuelto. Pueden ustedes volver a dormitar tranquilos en la comodidad de su sofá.
Aunque los principales responsables del actual retorno del búcaro veneciano son los escandinavos. El auge de la novela negra nórdica, una aproximación europea al género en las antípodas de la novela negra francesa, empezó a raíz del éxito comercial de Los hombres que no amaban a las mujeres, una novela mediocre pero que, como el reloj estropeado del proverbio, que daba la hora exacta dos veces al día, contenía un par, y sólo un par, de aciertos puntuales. Este éxito abrió la puerta a una avalancha de obras que, salvo algunas honrosas excepciones (Henning Mankell, Söwall /Wahlöö y Jo Nesbø en sus mejores momentos) no son más que acríticas y más o menos adocenadas cocciones en frío de La Fórmula en su dimensión más estereotipada y cocacolera.
Y desembocamos por fin en el búcaro veneciano por antonomasia, el llamado Domestic Noir. Una moda que arranca a raíz del éxito de Perdida, de Gillian Flynn, otra de esas novelas que resulta peor que su adaptación cinematográfica, la cual tampoco es que fuera gran cosa. Claro que peores son Observada, de Renée Knight, La mujer de un solo hombre, de A.S.A. Harrison:  Maestra, de L.S. Hilton o ese exitoso bodrio llamado La chica del tren, de Paula Hawkins.
 El Domestic Noir tiene, en realidad, bastante más de domestic que de noir; en ocasiones recuerda al universo literario de Patricia Highsmith, si se puede hacer tal comparación sin insultar a la escritora texana, una de las grandes de la novela negra y de la literatura del siglo XX en general. Con frecuencia (Maestra, Otra Vida) recuerda al pseudoporno en pantuflas de Cincuenta sombras de Grey (aquí no hay peligro de insultar a nadie con la comparación; el nivel es, más o menos, equivalente) y casi siempre tiene más de novela rosa que de novela negra; es novela gris-rosáceo. Con el Domestic Noir, la novela policial vuelve a ser un entretenimiento para señoritas y damas ociosas de clase media, pues como el género rosa, éste va dirigido, sobre todo, al público femenino, lo cual es un reclamo comercial muy jugoso, pues el lector de novelas es, mayoritariamente, lectora; aunque en realidad no va dirigido al lector-mujer, sino a lo que Julio Cortázar definió como el lector-hembra (y que puede ser de cualquier sexo, no se me alboroten aún las feministas con el síndrome del decodificador literal), es decir “el tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos pro­blemas ajenos que le permitan sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo” (ahora ya se pueden alborotar si así lo desean; pero la culpa es de Cortázar, ojo).
En el Domestic Noir el crimen desaparece de la calle y reaparece en el salón, o en la cocina; vuelve a ser un asunto de familia, perpetrado por aficionados e investigado, también, por aficionados; la intriga, oportunamente desvelada al final, es la madre del cordero; hasta llegar a él, hay que sazonar bien la trama con mucho giro y más trampas que en el castillo de Fu Manchú. Sus otras características diferenciales son la prosa fast-food, el protagonismo femenino (hay que buscar la identificación con nuestras lectoras, dirán en la reunión de brainstorming del departamento de márketing de la editorial) y la autora tiene que ser, preferentemente, también mujer, y joven, guapa, bien maquillada y estilosa, para que quede bien en la foto de portada (porque sí, Patricia Highsmith será una escritora fuera de serie y todo lo que tú quieras, pero ¿cómo pretendes que nuestras lectoras se sientan identificadas con esa cara de bulldog con el síndrome de abstinencia de la nicotina?). El Domestic Noir, indudablemente, vende, y actualmente es el rey, o más exactamente la reina, de las lecturas playeras. Queda la esperanza que, como le pasó en su momento al género Caza al Psicópata, su estrella acabe declinando por saturación y falta de obras mayores que rediman al género. Tiempo al tiempo.

Mientras tanto, sin embargo, siguen escribiéndose buenas novelas negras, de las negras de verdad, aunque eso sí, perdidas entre el aluvión de las falsamente etiquetadas como negras, relegadas en los estantes por los mucho más rentables económicamente búcaros venecianos. Aún hay escritores que leen la sección de sucesos de los periódicos, (esos animales de papel y tinta hoy casi extinguidos), que se documentan hablando con policías de verdad y delincuentes de verdad, que creen que la honestidad es más importante que la fórmula y que, sin renunciar a entretener a los lectores (ésa es siempre la primera obligación del novelista) no renuncian a reflejar la sociedad de su época (ésa es siempre su segunda obligación), ni a darle al estilo su justa importancia, que es mucha. Es difícil encontrarlos, es cierto, porque son como la proverbial aguja en el proverbial pajar, pero no voy a ponerlo fácil, ni a ganarme enemistades ni acusaciones de favoritismo, diciendo nombres. Cálese el sombrero, pídale prestada la lupa a Sherlock Holmes y salga a la calle a buscarlos. Porque el crimen siempre ha estado en la calle. En el interior de los búcaros venecianos sólo suele haber vacío y alguna que otra telaraña. Eso sí, por fuera quedan la mar de decorativos.
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