miércoles, 25 de febrero de 2009

Excepción cultural

Leo en el blog La Picota la antepenúltima reedición (seguro que la penúltima aparecerá en algún sitio mientras escribo esto) de la sempiterna queja por las subvenciones a la industria del cine, esta vez denunciando, o algo así, la supuesta vergüenza que supone su existencia, sobre todo ahora en tiempos de crisis, sobre todo ahora que industrias más de verdad de la buena como la del automóvil piden subvenciones y no se las dan. Resumiendo un poco a la brava: qué injusticia, mientras la industria del automóvil ruega subvenciones, la industria del cine ya las tiene por adelantado.
Es cierto, pero esta queja (ya muy oída, y hasta muy instrumentalizada) nace coja por un error básico de apreciación: no se comparan dos industrias, sino una industria de producción de bienes de consumo y una industria de producción de bienes culturales. Aunque es cierto que existe una enojosa tendencia a sacar las noticias sobre cine, música y hasta literatura cada vez más en la sección de economía y cada vez menos en la de cultura, las industrias de producción de bienes culturales son, todavía, una anomalía para la lógica capitalista, porque generan un tipo de productos (productos culturales) que no se comportan ni tienen el mismo valor que los productos convencionales. Verbi gratia, las marcas de automóviles (productos convencionales) son intercambiables y mutuamente excluyentes: yo puedo elegir entre comprarme un cinco puertas de Seat, de Wolkswagen, de Ford o de Toyota. Cualquiera de ellos me proporcionará el mismo servicio y la elección evitará que los otros me lo proporcionen: son mutuamente reemplazables. Los productos culturales, no. No puedes reemplazar una película de Almodóvar con una de Spielberg o una de Kusturica, y el “consumo” de una no excluye el de las otras, sino que incluso lo potencia. Además, un producto de consumo convencional se, esto, consume con el uso (con la satisfacción de la necesidad o deseo del consumidor que cubre), mientras que un producto cultural no: los CDs, los DVDs y los libros los “reconsumimos” continuamente, sin que pierdan valor en el proceso.
Last but not least, y aquí quería llegar: la diversidad de las marcas de automóviles no es vital para la humanidad (aunque sea deseable para el buen funcionamiento de la competencia); podríamos vivir y funcionar perfectamente si todos los coches fueran, por ejemplo, Ford. Pero en la obra de arte, o el producto cultural si se prefiere, la diversidad no es sólo deseable por razones de mercado: es absolutamente fundamental por la misma naturaleza de su consumo y por su misma razón de ser: un mundo en el que sólo se pudieran ver películas de Almodóvar sería una pesadilla, aun en el supuesto de que a uno le guste mucho Almodóvar. Por todas estas razones, la industria cultural, con todo y ser industria, es un sector del mercado radicalmente diferente de los demás, y necesita regulaciones específicas. De ahí surge el concepto de excepción cultural, que desarrollaron los franceses.
Pero hay otra idea asociada al concepto de excepción cultural: la de que la rentabilidad de un producto cultural no se debe medir únicamente en términos económicos: existe una rentabilidad cultural, e implícitamente social, mucho más difícil de medir pero tanto o más importante. En otras palabras, hay que hablar más del cine y de la literatura en las páginas de la sección cultural y algo menos en las de economía y negocios. No porque no se deba hablar también allí; también, pero no solamente.
Lo de la rentabilidad social viene determinado porque en las sociedades modernas (desde el renacimiento en adelante) si para una comunidad cultural (cuyos lindes a veces coinciden con los de las comunidades nacionales, y a veces no) el medio preferente de autoafirmación, plasmación y transmisión ha sido hasta hace poco la literatura, actualmente lo es, indiscutiblemente, la producción audiovisual, que ha sustituido a aquella como gran referente cultural de las colectividades humanas. Por tanto, la comunidad cultural que no tiene producción audiovisual propia está condenada, más pronto que tarde, a no ser. Y la desaparición de una producción cultural singular y diferenciada no es deseable por el mismo carácter del mercado cultural (ya saben, es ese mercado donde la diversidad no es sólo deseable sino absolutamente fundamental).
De hecho, cuando era la literatura la gran transmisora de identidad cultural, no había mucho problema, prácticamente todas las identidades culturales podían desarrollar la suya sin demasiado esfuerzo, porque la producción literaria tiene una gran ventaja respecto a la producción audiovisual: es mucho más barata y necesita mucha menos infraestructura. Para escribir un libro basta poco más que un escritor con tiempo, ganas y unas resmas de papel a mano, y para publicarlo, basta con una linotipia (en los peores casos) cuyo coste puede estar al alcance de un bolsillo medio. El cine, en cambio, es muy caro, una película (y hasta un cortometraje) necesita para plasmarse cantidades de euros con cuatro ceros, amén de una industria más o menos estable con una infraestructura más o menos estable que es mucho más cara de mantener que la linotipia del ejemplo.
A ello hay que sumar la dificultad de rentabilizar económicamente el producto: no sólo por el reciente fenómeno de la piratería (aunque también) sino, sobre todo, por el viejo problema de las tendencias monopolistas presentes en ese mercado a causa de la presencia de dos grandes holdings mundiales: Hollywood en el primer mundo y Bollywood en el tercero, que tienden al oligopolio, es decir, a reducir la diversidad. Por eso, para compensar el desequilibrio, garantizar la imprescindible diversidad de productos culturales y también un cierto nivel de producción cinematográfica propia (o sea, para garantizar un mínimo de identidad cultural propia) los estados europeos, todos ellos, han adoptado medidas de subvención a sus respectivas cinematografías. Los que más, los franceses, que gracias a una gran provisión de fondos para financiar créditos a su cine consiguen grandes cuotas de mercado en su país (del orden del 40%, cuando en el resto de países europeos anda por debajo del 10%) con películas, muchas veces de alto presupuesto, que resultan rentables en sí mismas, pero que si no existiera ese sistema de subvenciones, no tendrían acceso a la financiación necesaria para levantar el proyecto. Y los beneficios puramente monetarios que este tinglado tiene para la economía francesa no sé si serán muy altos, pero los beneficios sociales y culturales son grandes y evidentes: Francia es, quizá, el país europeo con mayor cuota de identificación de su población con su propia cultura. Y eso no hay forma de medirlo en dinero, pero tiene sin duda un gran valor.
En fin, que comparar la industria del automóvil con la industria del cine es como comparar las churras con las merinas: todas son ovejas, es cierto, pero una me da leche, y la otra me da lana (y mantequilla para toda la semana).
Un apunte más. Mientras se hacen correr peyorativos ríos de tinta sobre las subvenciones que recibe el cine español, que en total suman unos 180 millones de euros anuales (millón arriba, millón abajo) nadie dice nada de las subvenciones a espectáculos taurinos, que se elevan a nada menos que a 564 millones. Y eso a pesar de que los toros disfrutan de mucha menos audiencia que el cine patrio ¿es porque la contribución a la difusión de los valores culturales y artísticos de los toros es mayor que la del cine? España cañí...
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