miércoles, 8 de julio de 2009

Y dale con la banderita

Es costumbre entre escaladores y boyscouts que cuando coronan una montaña, monte o colina planten una bandera y se hacen una foto con ella, para que quede constancia del acontecimiento. La bandera puede ser la de su país, nación, región, ciudad, equipo de fútbol, sociedad gastronómica, peña montañera o empresa patrocinadora, que de todo hay. A veces, hasta la dejan allí: el acto no tiene más importancia ni trascendencia que el de dejar testimonio —efímero, porque también es costumbre llevarse como trofeo la bandera que encuentras en la cima, si es que encuentras alguna— de su paso por allí: es como una versión menos cafre y casi igual de hortera que la costumbre de dejar un grafitti con su nombre (“Manolo estuvo aquí”) que algunos practican, sobre todo en los monumentos.
Pues bien, un grupo de soldados españoles, de maniobras por Euskadi, subieron a la cima del monte Gorbea y cumplieron con la tradición boyscout de hacerse una foto de grupo con su bandera, que en este caso colocaron en una cruz conmemorativa de hierro que allí se encuentra. Luego recogieron la bandera y se la llevaron a casa, o al cuartel. Vaya, una anécdota de lo más sosa.
Pero a Iñigo Urkullu, presidente del Partido Nacionalista Vasco, que ya bastante rebotado andaba con que la presidencia de la lehendakaritza la hubiera ganado un maketo, eso de ver una bandera española sobre el monte Gorbea le ha parecido una provocación inadmisible . “Aquí no se planta más bandera que la nuestra” no sé si dijo, pero pareció pensar. Y tiempo le ha faltado para convocar una marcha al monte (vamos, para echarse al monte) con la ikurriña más grande que pudo encontrar (seis metros por ocho, nada menos; sin duda Urkullu quería dejar claro que él la tiene más gorda) y plantarla donde, de hecho, ya no estaba la rojigualda.
Si al monte Gorbea hubieran subido una peña de excursionistas polacos y se hubieran fotografiado con su enseña nacional, seguro que el señor Urkullu no hubiera dicho ni pío. Pero como han sido un grupo de soldados españoles con la bandera junto a la que él se suele fotografiar en los actos oficiales, ya tenemos la guerra de banderas montada.
Esto de las guerras de banderas, a cual más tonta, les encanta a los nacionalistas en general, y a los nacionalistas vascos en particular. Hay que recordar que una condición sine qua non de cualquier credo nacionalista es escenificar su devoción, entre totémica y pseudorreligiosa, por una de esas sábanas vistosamente decoradas. En el mundo moderno ese idolismo no tiene lógica ninguna, pero claro, estamos hablando de nacionalistas, gente que por lo general mantienen una relación complicada con la modernidad y con la lógica. Lo peor es que tanta grandilocuencia alrededor de un trozo de tela de colores chillones, por risible que parezca, demasiadas veces ha servido de estúpida excusa para matar gente.
Supongo que se está notando, pero para que quede claro reconozco que no me gustan las banderas, ni me siento cómodo con su culto. No mataría por ninguna, y desde luego no moriría por ninguna. Creo que la vida de un ser humano, de uno solamente, vale mucho más que todos los trapos de colores del mundo. Ya no digamos si esa vida es la mía. Y opino, como Flaubert, que todas las banderas están tan manchadas de sangre y de mierda, que lo mejor sería quemarlas a todas (sí, sí, todas: también la tuya).
Ciertamente a la bandera española, a poco que la mires de cerca, le ves muchos de esos lamparones: varios siglos de dominación imperial y una historia abundante en dictaduras y guerras civiles dan para mucha masacre, y mucha salpicadura sangrienta, por desgracia. Pero la ikurriña, esa bandera que diseñó el xenófobo racista y católico estilo muhaidin (y fundador del Partido Nacionalista Vasco: con esos mimbres…) Sabino Arana en 1894, aún con muchos menos años de historia a sus espaldas, ha conseguido empaparse de sangre —y de mierda— hasta unos nada despreciables niveles de saturación. Quizá es inevitable, porque todos los nacionalismos comulgan, en mayor o menor medida, con la poesía mística de la sangre. Y para muestra, un botón: “estas colinas están regadas con la sangre de los gudaris” proclamó, enfático, Urkullu en la cima del Gorbea con el sol de frente y la sábana multicolor de seis por nueve ondeando detrás. Los gudaris a los que se refería fueron los soldados vascos que lucharon en el bando republicano durante la Guerra Civil española. Tenía razón, regaron con su sangre esos montes, pero no esa bandera; en todo caso, regarían la entonces bandera constitucional española, la tricolor de la república.
La ikurriña de sus amores se ha empapado en efecto con sangre vertida por los gudaris (por otros gudaris) pero no de sus propias venas, sino de las del prójimo; pues gudaris se han autodenominado siempre los terroristas de ETA, tan aficionados ellos a matar vascos con bombas lapa y tiros en la nuca para mayor gloria de su patria sagrada y su ikurriña querida. Y ya sé que el señor Urkullu desaprueba esa forma armada de patriotismo (por lo menos, eso espero), lo cual es muy racional. Pero si el señor Urkullu fuera un poco más racional (difícil: es necesario un cierto grado de irracionalidad para ser nacionalista) quizá se diese cuenta que, con tanta sangre y tanta mierda como las empapa, las banderas, más que hacerlas ondear, habría que esconderlas, como a las vergüenzas.
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