viernes, 3 de julio de 2009

Una cerveza con Jack Kerouac

Hay escritores que te acompañan toda la vida. De una forma u otra creces con ellos, y hasta envejeces con ellos, de tal manera que llegas a establecer con ellos una relación que va mucho más allá del interés intelectual por determinados textos, determinados temas. Una relación de familiaridad más propia de una amistad personal. Al menos eso es lo que me pasa a mí con Jack Kerouac.
Empecé a leerle cuando él ya estaba muerto y yo tenía dieciséis o diecisiete años (y aún era virgen, en más de un sentido). Mi virginidad de Kerouac la perdí con una poco exacta traducción al catalán de The Dharma Bums. Poco exacta hasta en el título, Els pòtols místics, que eliminaba la referencia implícita al budismo. Manuel de Pedrolo, el traductor, como militante nacionalista catalán que era (pero a pesar de ello apreciable novelista, a veces) y con ese didactismo paternalista tan propio de los nacionalistas fervorosos, catalanes o no, solía caer en el error, en sus traducciones, de querer amoldar las sensibilidades de literaturas extranjeras a un supuesto carácter intrínseco catalán —En suma, traducir como una forma de fer país—, en vez de emplearlas para acercar a los catalanohablantes a sensibilidades extranjeras —o sea, darles alas para volar más allá de sus fronteras, mentales o no; no palas para enterrarse más profundamente dentro de ellas—. Pero a pesar de los defectos de la traducción, que eran muchos (aunque de eso no me di cuenta hasta años más tarde, tras leer la versión original en inglés y una traducción al castellano, esa sí modélica, de Martín Lendínez) y a pesar de la, para mí entonces, desconcertante ausencia de estructura narrativa convencional (argumento-nudo-desenlace), a pesar de la aparente falta de construcción de personajes y la aparente falta de ritmo en el sentido clásico (los escritos de Kerouac son un prodigio de ritmo, pero en el sentido en que un solo de saxo de Charlie Parker tiene ritmo. Claro que entonces yo aún no había descubierto a Charlie Parker, ni a Miles Davis ni a John Coltrane ni a Thelonious Monk: el fácilmente reconocible compás tres por cuatro del rock and roll era todo mi referente rítmico) me sentí inmediatamente fascinado por aquella prosa hipnótica, y la navegué, no siempre entendiéndola, entre el embeleso y el desconcierto (un tiempo después me pasó lo mismo cuando escuché por primera vez un disco de Miles Davis). La experiencia me dejó con ganas de más, y poco después leí On The Road (En el camino, otra traducción magistral de Martín Lendínez). Después vinieron Los subterráneos, y las Visiones de Cody, y después todas las demás; y como parte de la obra de Kerouac aún no se ha traducido al castellano —ni al catalán— empecé a buscar sus obras en inglés (Gracias, Penguin Books, por publicar sus obras completas en edición de bolsillo y por cuatro chavos), descubriendo que su prosa es aún más hipnótica en su idioma original. Incluso empecé, una vez, a traducir uno de esos inéditos de Kerouac en castellano: Tristessa, una pequeña joya en forma de novela breve. Por pereza o por desidia nunca acabé esa traducción.
Entre medias también leí a sus compañeros de correrías William Burroughs, Allen Ginsberg y Gregory Corso, y las biografías más o menos autorizadas. Y los años fueron pasando, y yo fui perdiendo mis virginidades una tras otra, pero nunca tardaba mucho en encontrar un nuevo texto de Kerouac para leer. Y si no lo encontraba, nunca pasaba mucho tiempo sin que volviera a releer alguno de los que ya había leído, o leía una nueva traducción, o una versión original que aún sólo conocía traducida. Mi último contacto con Jack se produjo hace poco, con la lectura de el rollo mecanografiado original de On The Road. Fue como reencontrarme con un viejo amigo.
Porque Kerouac escribe (escribía) como si estuviera hablando contigo, sentado al otro lado de la mesa, vestido con unos vaqueros sobados y una camisa a cuadros vieja y bebiendo una cerveza a morro, explicándote de una forma casual, improvisada, sus aventuras y sus cuitas, y las de sus amigotes, y las de sus novias. Kerouac no practicaba la ficción, te explicaba su vida. No practicaba la literatura, narraba. “esto no es escritura, es mecanografía” sentenció, despectivo, el exquisito (y egocéntrico) Truman Capote al leer por primera vez al insolente beatnik que le disputaba su fama. Y estaba en lo cierto, pero no supo ver que precisamente ése era el secreto de su grandeza literaria: Kerouac no planificaba, no estructuraba, no reescribía. Simplemente se sentaba ante la máquina de escribir, ponía los dedos sobre las teclas y dejaba que el texto fluyera.
No es exactamente así, por supuesto. Comparando la versión que se publicó de En la carretera con el rollo mecanografiado original se aprecian las reelaboraciones. Pocas, pero están allí. Y cuando escribió el rollo mecanografiado original (en un rollo de papel continuo, cortado a la medida del carrete de la máquina de escribir y empalmado en tres trozos, para no romper la inspiración con el trámite de tener que cambiar de hoja) el texto no salió de la nada, sino de los numerosos apuntes a mano que Kerouac tenía costumbre de tomar en libretas de bolsillo, apuntes que había acumulado a lo largo de los viajes que ese libro seminal relata. Pero sí que es un poco así, porque casi siempre Kerouac respetaba la inspiración original de la redacción tomada a lápiz veloz sobre una libreta sobada y luego guardada en el petate, o en el bolsillo de atrás del vaquero.
Me sorprendí al saber que alguien tan dotado para la frase justa y la palabra justa no escribiera en su idioma nativo, pues Kerouac nació y creció en una familia francófona, y no aprendió el inglés hasta que fue a la escuela. Es un escritor dotado de una voz única, preñado de muchas y profundas (o debería decir fecundas) contradicciones; a la vez católico tradicionalista y budista zen; a la vez conservador y anarquista; a la vez palurdo gañán y sofisticado intelectual; a la vez vagabundo autosuficiente y hombre que nunca consiguió despegarse de las faldas de su madre (en la mesa de su cocina, entre viaje y viaje, tecleó la mayor y mejor parte de su obra, posiblemente mientras mamam le preparaba la cena). Quién sabe si de los conflictos irresolubles de tantas contradicciones nació su innegable y sorprendente talento literario.
A veces a mí mismo me sorprende mi gran devoción, y mi larga relación, con Kerouac, porque lo que yo escribo queda muy alejado, tanto en temática como en estilo, de lo que escribía él. No puedo citarle como una de mis influencias literarias: yo soy , sobre todo, un escritor de ficciones, y Kerouac no; yo reescribo constantemente, nunca estoy seguro de que la versión de un texto sea la versión definitiva. Kerouac confiaba en la pureza de la primera redacción. Aunque yo también acostumbro a escribir apuntes fragmentarios en libretitas de bolsillo, apuntes que luego paso a limpio; y con mucha frecuencia me sorprendo ante la extraña perfección de esos textos apresurados: no pocas veces los transcribo tal cual, o casi tal cual.
Pero, de todas formas, no creo que sea buena idea tomar a Kerouac como modelo. Más que nada porque no te ayudará a escribir mejor, tan sólo hará que parezcas un mal sucedáneo de Kerouac. Y de todas formas, o al menos en mi caso, intentar escribir como él sería como intentar reproducir con un piano un solo de saxofón: sencillamente, no suena igual. Sencillamente, no es tu instrumento.
Pero eso, como digo, nunca ha sido un impedimento para que profesara una devoción por su obra que se me ha durado toda la vida. Y en cierta forma, desde los dieciséis o diecisiete años, cuando le descubrí gracias a una mala traducción en catalán, he ido madurando —o envejeciendo, si lo preferís— perdiendo por el camino de la vida, una por una, todas las virginidades posibles e imaginables, con Kerouac sentado al otro lado de la mesa, explicándome de qué va la vida mientras compartíamos unas cervezas bebidas a morro. Y ahora esta ronda me toca pagarla a mí, Jack.
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