sábado, 15 de agosto de 2009

Juan Manuel de Prada

Hay quien se hace escritor porque quiere escribir, y hay quien lo hace porque quiere ser escritor. La diferencia puede parecer sutil, pero leyéndolos se distingue en seguida a los unos de los otros. Juan Manuel de Prada pertenece sin duda al grupo de los otros.
Hace algún tiempo, una parte de la crítica literaria madrileña –tan proclive ella al figuroneo de café-casino de provincias– le catapultó como joven alternativa literaria, siguiendo un proceso que la crítica literaria madrileña parece que necesita ejecutar periódicamente: darse el mérito de “descubrir” a un joven escritor “de provincias” de alguna provincia de la llamada España Profunda (¿quizá para intentar salvar el orgullo patrio(tero) de la antigua potencia imperial ante la pujanza del verdadero laboratorio de novedades de la literatura en español, que hace tiempo que son las antiguas colonias de América Latina y la extranjerizante y bilingüe Cataluña?). Siguiendo ese proceso encumbraron, con mayor o menor acierto, a Francisco Umbral, a Antonio Muñoz Molina y, más recientemente, a Juan Manuel de Prada. Aunque, en este caso, su juventud era más física (el chaval aún no había cumplido los treinta) que estrictamente literaria, porque Prada (el "de" se lo puso él) escribe en un español polvoriento que la generación del 27 ya había herido de muerte y Julio Cortázar ya había enterrado hacía tiempo: su prosa nunca ha sido joven, ni siquiera fresca; desde el principio, sus escritos han sonado a decimonónico y campanudo, un pelo redicho y no poco pedante, defectos que con el paso de los años se han reafirmado, mientras la juventud física ha ido desapareciendo rápidamente, sepultada bajo kilos de manteca. La juventud física es un tesoro quizá divino pero desde luego efímero, y así la joven alternativa literaria se ha convertido en un señor mayor de menos de cuarenta años que escribe como un párroco erudito del siglo XIX, salvo por la sobreabundancia de metáforas de tema frecuentemente salaz y sentido frecuentemente oscuro: cosas como "su erección era violenta como una angina de pecho" (1) (???)
Hablando de metáforas salaces, la frecuente alusión a los coños le ganó cierta fama de enfant terrible con la obra que le descubrió, un librillo de relatos titulado Coños, entre cierta parte del público lector (“las dos o tres señoras que aún me leen”, los llama él) para la que, al parecer, escribir “coño” es el colmo del atrevimiento literario. Para el resto Coños es tan provocador como el niño que grita caca, culo, pedo, pis para escandalizar a la abuela, máxime porque leyéndolo se tiene la impresión de que quien lo escribió sabía de coños bastante menos por experiencia propia que por lo que había leído en novelas y visto en películas que ni siquiera eran porno.
Sin embargo, el libro no carece de virtudes: denota un buen instinto narrativo, cierta habilidad para manejar situaciones inverosímiles y no chirriar demasiado, la voluntad del autor de ser percibido como tal (a base de usar todas las palabras que encuentra en el diccionario y metáforas cuanto más rebuscadas mejor, porque eso hace de escritor). Estas características son atribuibles a Prada en todas sus obras. Que, por lo que respecta a las novelas, tienen un fuerte ramalazo a novela de folletín... lo cual no es malo en sí mismo; al contrario, es hasta de agradecer, sobre todo dada la exagerada tendencia a la falta de argumento que aquejaba a la moderna novelística hispana hasta hace poco. Lo malo es que entierra sus argumentos de folletín bajo tanta cháchara campanuda y tanta metáfora a trasmano, en su ansia por dejar clara su condición de escritor, que ni como novelas de folletín se pueden disfrutar: esa prosa es como un vestido de noche recargado de toda clase de pedrería, abalorios y lentejuelas puestas al buen tuntún, porque brillan mucho y dan apariencia de lujo. Sus novelas son como una cocinera que se ha vestido de Balenciaga para freír una tortilla de patatas.
En resumen, que de escritor "joven” ha pasado en poco tiempo a escritor anticuado , y un pelo rancio. Quizá para mantener en lo personal esa etiqueta que no le cuadra en lo literario, se esfuerza por mostrar una actitud de enfant terrible escandalizador de pequeños burgueses, cosa ciertamente difícil en estos tiempos tan de vuelta de todo, y de los intelectuales y artistas (supuestamente) provocadores más que de nada. Pero en ese aspecto ha tenido un golpe de genio, y quizá intuyendo que hoy en día el pequeño burgués es progre, socialdemócrata, políticamente correcto y agnóstico, ha adoptado una actitud de católico preconciliar, para epatar al progre, que ciertamente le pega, porque con esa cara de cura de torta y olla que le ha tocado en suerte uno se lo imagina sin esfuerzo con sotana y alzacuello, atiborrándose de chocolate con melindros en una merienda de damas catequistas o sobando culetes de monaguillo en la sacristía. Un cura de esos que en seguida notan olor a azufre y avisan de la presencia del diablo; aunque lo más probable es que el olor sea porque alguien se ha tirado un pedo.
La similitud es particularmente notoria en su faceta de columnista, porque sus columnas tienen ese estilo redundante, tronante y algo pedante de los sermones impresos en la hoja parroquial de un pueblo de la Meseta. Refuerza el parecido su costumbre de usar el plural mayestático para referirse a sí mismo, como hace el Papa, y la sobreabundancia de alusiones a textos clásicos de la tradición grecolatina, un recurso antaño muy usado por obispos y párrocos con mucho latín mal digerido en el seminario, para darse lucimiento. En estas columnas se presenta como un flagelo del paganismo ateo que una supuesta conspiración anticristiana de El Mátrix Progre (la denominación, tan tonta como suena, es suya, y la repite siempre que tiene ocasión) y un defensor de la fe cristiana y la ortodoxia católica en unos términos que hacen carraspear a no pocos católicos (sus defensas del creacionismo y de la monarquía cristiana como forma ideal de gobierno por delante de la democracia parlamentaria seguro que inspirarían más de un comentario irónico, cuando no despectivo, a los ilustrados jesuitas que tuve de profesores en mi ya lejana adolescencia). Gracias a Dios aquí no hay erecciones violentas como anginas de pecho, pero sí afirmaciones tan delirantes como ésta: “Resulta evidente que el deporte es una creación propia del paganismo; tan evidente como que los toros sólo podían ser concebidos por el genio católico” Afirmaciones ante las que resulta imposible, a riesgo de sufrir jaqueca, hacer un análisis racional. Todo lo que se me ocurre responder es recomendarle a su autor que no abuse tanto de la marihuana. O del vino de misa, que también es bastante cabezón.
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(1) El séptimo velo


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