miércoles, 2 de septiembre de 2009

Pretty Woman

Una de las mayores incógnitas que siempre me ha planteado la mentalidad femenina (me plantea muchas; como soy un hombre, tengo pocas neuronas) es esa devoción que profesan, todas sin excepción, por la película Pretty Woman. A ver, no es mala del todo… bueno, es una versión edulcorada y sin espolones de la obra Pigmalión, de George Bernard Shaw (Que ya había tenido una versión cinematográfica menos edulcorada y con más espolones ¡Y con Aubrey Hepburn! llamada My Fair Lady) pero apenas llega a la categoría de entretenidilla para pasar el rato: una cosa de ésas que se ve desparramado en el sofá una noche de mucha pereza física y sobre todo mental, mejor seminarcotizado con un par de lingotazos de Jack Daniels (mejor que sean cuatro).

Pero entre las mujeres es una película de culto. Y se la tragan a palo seco y sin vaselina, en estado de profunda reverencia y siempre que tienen ocasión: porque parece como si el reloj biológico ése que se supone que les tictaquea por alguna recóndita tripa estuviera además provisto de un localizador de emisiones de Pretty Woman que les informa del día, la hora y la cadena donde la están retransmitiendo o la van a retransmitir. Bueno, tampoco es tan difícil, porque suele ser Telecinco, pero es que la detectan aunque la echen en la televisión municipal de Boyuyos del Maestrazgo a las seis de la madrugada, y entonces “oye, vamos a cambiar, que echan Pretty Woman”. Y tú: "Estoy viendo Los Soprano, la mejor serie de la historia de la televisión". Y ella: "Será la mejor serie de la historia de la televisión, pero Pretty Woman es taaan bonita..."
En el videoclub suele pasar algo parecido: después de rechazar todas tus propuestas por violentas, por raras, por frikis, por tostón o porque están en blanco y negro (“esas películas que sólo te gustan a ti”, dicen) van DIRECTAS al estante donde está Pretty Woman (aunque eso tampoco lo tienen difícil: es el que exhibe el rótulo “comedia romántica”, y en honor a la verdad suele contener muestras de pornografía sensiblera de mucho peor gusto que Pretty Woman). Y entonces escuchas el inevitable “vamos a alquilar esta” y de poco valdrá que argumentes que ya la ha visto cien veces, porque te replicará que más veces has visto tú El Padrino, con lo violenta que es. Y ni se te ocurra replicar que Coppola está considerado el mejor director vivo y que al de Pretty Woman (aún existe justicia en este mundo) no le conoce ni Dios ni falta que hace; en Pretty Woman sale Julia Roberts y además Richard Gere que está guapísimo, así que para qué quieres al director, ni al guionista ni a la madre que los parió a todos juntos. Y al final te soltará el argumento definitivo: es que es “taaaan bonita” y hala, a ver Pretty Woman por centésimo primera vez. Y reza porque en casa aún quede Jack Daniels, porque otra sesión de ese pestiño almibarado no hay quien lo soporte estando sobrio.
Hablando en serio ¿Qué misteriosa conexión establece esta película con lo más hondo de la psique femenina? ¿es que a) se sienten indentificadas con la protagonista, b) se sienten identificadas con el argumento, o c) Richard Gere encarna aquí su tipo ideal de hombre? Pues en cualquiera de los tres casos vamos aviados, porque a) la protagonista es una puta callejera, del escalón más bajo, de las que hacen esquinas, de gustos vulgares y seso escaso, que b) gracias a un príncipe azul con mucha pasta que la colma de regalos y la convierte en su mujer florero (para presumir de ella, como presume de Porsche o de Rolex), asciende a la categoría de princesita, y c) Richard Gere encarna aquí a un yuppie materialista, egocéntrico y... putero (así se conocen, de qué si no) al que le gustan las mujeres-Kleenex: de usar y tirar. Vamos, que casi sus únicas virtudes son tener un buen coche y mucho dinero en el banco (y un Rolex).
Vaya, que aquí están puestos en fila india todos y cada uno de los tópicos machistas que la sociedad patriarcal mantiene sobre las mujeres… como dicen ellas (no sin razón) cuando les da el pronto feminista. Y sin embargo, viendo Pretty Woman el pronto feminista se les diluye y se tragan todo ese zafio paternalismo machista como una puta arrodillada se traga el semen del tío que le ha dado veinte euros: sin rechistar y agradecida. Es que, claro, la película es taaaan bonita...
En la vida real, ni las putas tienen el glamour de Julia Roberts (ni una dentadura tan bien cuidada), ni sus clientes el savoir fare de Richard Gere; sus vidas y sus relaciones son mucho más sórdidas y tristes. A pesar de ello, el sueño de muchas mujeres que en otras circunstancias tú tomarías por inteligentes y cultivadas no parece ser llegar a presidente del gobierno, ni inventar la vacuna contra el cáncer, ni ser el primer humano en pisar Marte, ni desplazar a Bill Gates al segundo puesto de la lista Forbes por méritos propios; no señor, su sueño es ser una puta ordinaria que se gane la vida haciendo esquinas y que llegue Richard Gere montado en su flamante Porsche para llevarlas al paraíso de las princesas Disney. Si alguien lo entiende, que me lo explique. Con palabras sencillas, por favor, que soy hombre y tengo pocas neuronas.
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