miércoles, 16 de junio de 2010

El latido de la ciudad

Yo solía notarlo. De noche, tumbado en la cama, ni dormido ni totalmente despierto, notaba el pulso de la gran ciudad, su latido. Pero no me refiero al rumor del tráfico ni al retumbar del metro (que, de todas formas, no oía nunca: vivía en una calle silenciosa, céntrica pero apartada de las grandes arterias urbanas). No; ese pulso, ese latido, no es perceptible con ninguno de los cinco sentidos convencionales.
Ese pulso se nota, más bien, como notas tus dedos al extremo de tu mano, aunque no los veas. Pero notas que están ahí: de la misma manera notaba yo la ciudad a mi alrededor. En esas ocasiones, tumbado en la cama, ni dormido ni totalmente despierto, cerraba los ojos y dejaba que mi consciencia se expandiese por ese monumental organismo del que yo era una célula, recorriendo sus arterias de calles, sus alveolos de edificios, como un laberinto extendido hacia el infinito, rozando los miles, los millones de otras pequeñas consciencias individuales que, como la mía, la conformaban, consciencias dormidas, despiertas, llorando, riendo, follando, conversando, discutiendo, leyendo, escribiendo, pintando, sufriendo, trabajando, emborrachándose, cometiendo delitos, siendo víctimas de ellos, muriendo, naciendo. La ciudad es un millón de historias. Y yo las notaba todas
Y cuando me dormía soñaba que recorría un inacabable laberinto de calles y pequeñas plazas, una ciudad inmensa que no era una ciudad en concreto: Era Barcelona, Madrid, Roma, París, Nueva York, Buenos Aires, Estambul, era todas y ninguna. Pero era la mía, el lugar al que pertenecía. Así lo sentía en mis sueños.
Y cuando me despertaba por la mañana sentía a mi alrededor, sin verlos ni oírlos ni olerlos, los biorritmos del gran metabolismo urbano desperezándose de su semiletargo —una ciudad nunca duerme del todo—.
Yo solía notarlo. Sobre todo en Barcelona, desde luego. Pero también he notado ese pulso en París, en Madrid, en Roma, en Milán y, con una intensidad inusitada, en Nueva York, donde residí unos pocos días. Pero allí en una calle extrañamente silenciosa y tranquila del Harlem Español, junto a Central Park, tumbado en el sofá que me servía de improvisado lecho en el apartamento de mi amigo Gustavo, me despertaba en mitad de la noche y notaba el silencioso latido, inusitada e insospechadamente potente, casi ensordecedor. Dejando de lado la mía propia, con la que estoy tan imbricado como un feto con el vientre de su madre, no he notado ninguna otra ciudad con tanta intensidad como noté la Gran Manzana—la Gran Ciudad por antonomasia— durante el breve espacio de tiempo en que fui una célula de su organismo.
Ahora ya no noto el latido. Ahora vivo en una pequeña ciudad-dormitorio de las afueras, uno de esos paraísos insulsos que la clase media se construye a su imagen y semejanza; comunidades de vecinos con restricciones de paso, parking particular, piscina comunitaria y césped siempre verde, nunca agostado por el sol de mediterráneo bajo el que crece. Úteros confortables a los que huir por la noche, tras la jornada laboral en la metrópoli y varias horas de viaje en automóvil.
No me gusta la clase media. No me inspira. Carece de épica y de lírica. Nunca ha tenido, ni tendrá, su Tolstoi, como la clase alta; nunca ha tenido, ni tendrá, su Dostoievski, como la clase baja. La literatura de la clase media, si alguna tiene, es la de los best sellers de moda donde los protagonistas nunca son de clase media; fantasías escapistas que los buenos pequeños burgueses leen en la confortabilidad de sus úteros con parking y piscina comunitaria, para soñar otras vidas menos aburridas que la suya.
Pero son felices en su aburrimiento. Desde el balcón los observo, encerrados en sus casas-útero, encerrados en sus coches-coraza. Son felices y anodinos, tan similares los unos a los otros que son intercambiables. Ya lo dijo Tolstoi, todas las familias felices se parecen. En cambio, las familias desgraciadas lo son cada una a su manera. Sólo la infelicidad nos hace diferentes.
Los observo, pero no me inspiran nada. La ciudad dormitorio no es un millón de historias, la ciudad dormitorio es poco más que una historia muy aburrida que se multiplica en muchas versiones ligeramente distintas. Y si me despierto en mitad de la noche no noto ningún latido ni ninguna respiración, nada más allá de los eventuales ronquidos de mi compañera de lecho. Y pienso: así deben sentirse las almas de los bebés muertos vagando por el limbo.
He dejado de tener sueños placenteros sobre un laberinto urbano inacabable que recorro sin fin. Ahora sueño cosas absurdas y sin sentido que nunca se repiten. Hace poco soñé que estaba en una habitación sin adornos, mirando la pantalla de un televisor, y en ella vi de pronto el rostro del diablo: era un rostro pálido, delgado y burlón, de largo pelo blanco, un rostro que tanto podía ser de hombre como de mujer, de joven como de viejo. Sus ojos eran indiscernibles, cambiaban constantemente como si fueran una sucesión de fotografías de ojos proyectadas sobre el rostro a toda velocidad. Pero estaban fijos en mí, desde el otro lado de la pantalla del televisor, y sonreían con un brillo maligno. Y su boca también sonreía, mostrando unos dientes pequeños, amarillos y sucios. Y su risa era áspera, aguda y desagradable como el raspar de unas uñas en una pizarra. Y al ver ese rostro sentí una punzada de terror que hizo que me despertara bruscamente, incorporándome de pronto en el lecho, en la oscuridad. Y entonces, ya despierto, pensé: he visto el rostro del diablo. Y pensé: se estaba riendo de mí ¿Por qué se ríe el diablo de mí?
A veces bajo a la ciudad, a hacer recados, como cualquier otro habitante de la ciudad dormitorio. Pero ya no siento ningún latido, como si la ciudad, ofendida por mi deserción, me hubiera dado la espalda. Y ya no me siento una célula de su organismo, sino uno de esos parásitos que la recorren durante el día —quejándose del tráfico que ellos mismos espesan y la falta de aparcamientos que ellos mismos provocan— y la abandonan al atardecer para ir a encerrarse en sus confortables, uterinas, ciudades-dormitorio, en las que duermen tan felices. Y desde mi balcón, tomándome un bourbon, les observo vegetar tan felices en sus tresillos, ante televisores de plasma que escupen los mismos programas. Y me pregunto cuál será el secreto de esa felicidad, y por qué a mí me está vedado.
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