sábado, 26 de marzo de 2011

Reflexiones en la muerte de Cleopatra


El subgénero ‘Periodismo cultural’ no existe, aunque en las facultades de Periodismo de las universidades haya una asignatura que así se llama. Yo cometí el error de elegirla, pero cuando entré a trabajar en un periódico —y luego en otro, y luego en una revista— descubrí que las páginas de cultura y espectáculos no son, en realidad, más que una mezcla de información económica, necrológicas y cotilleos (o “ecos de sociedad”, eufemismo cursi muy utilizado por algunos periódicos para disimular).
Lo de la economía es porque una de las ocupaciones preferidas del periodismo, ejem, “culturales” es  informar cumplidamente de cuánto ha recaudado o está recaudando tal película, libro, disco o exposición. Lo cual, en el fondo es coherente: vivimos en un sistema capitalista de economía de mercado donde el valor de todo producto o servicio se establece en función de su rentabilidad monetaria, establecida  según las leyes de la oferta y la demanda. La lógica del mercado es sencilla y aplastante: un libro o una película (o lo que sea) es tanto más bueno cuanto más dinero recaude. Y si Ciudadano Kane y Blade Runner fueron sendos fracasos económicos en sus respectivos estrenos, eso es señal indefectible de que no valen un pimiento (Torrente IV, eso sí que es un peliculón, hombre) Y si Van Gogh sólo vendió un cuadro en vida y además barato, eso demuestra que como pintor no tenía calidad suficiente. Y si Kafka trabajó toda la vida como agente de seguros porque apenas publicó y apenas ganó algo de dinero con lo poco que publicó, eso demuestra su escasa calidad como escritor.
Lo de las necrológicas y la decidida deriva hacia el periodismo de cotilleos se ve cada vez que muere un famoso. Por ejemplo ahora que se ha muerto Liz Taylor. La tradición (no escrita) dicta que, si la necrológica de un actor debe centrarse en relatar sus papeles más destacados y sus virtudes como actor (cuando se muera Stallone lo van a tener crudo), en la necrológica de una actriz eso se reserva para el párrafo final: los precedentes deben extenderse, y explayarse, en  lo buena que estaba, el mucho glamour que tenía y la cantidad y calidad de sus aventuras amorosas. Con Liz Taylor lo han tenido fácil, porque como buena estaba muy buena y lo del glamour lo llevaba muy bien y se casó ocho veces (“los maridos son para un rato, pero los diamantes son para siempre”, dicen que dijo), dos de ellas con el mismo hombre, Richard Burton (un pedazo de actor), con el que vivió una prolongada y muy tormentosa historia de amor, ahora muy ventilada, pues la tercera actividad recurrente preferida de la sección de cultura y espectáculos es el cotilleo frívolo, usualmente adjudicado a la prensa rosa. Sección en la que también cabe hablar de su prolongada amistad con ilustres y torturados homosexuales de vida trágica, como Montgomery Clift o Rock Hudson; o con un pedófilo con tanto glamour como Michael Jackson.  
Pero también era una excelente actriz, una de las que marcó época e hizo historia en los años dorados de Hollywood, cuando Hollywood era Hollywood y, de vez en cuando, hasta hacía buenas películas. Y fue la intérprete ideal para, al menos, dos de los mejores personajes femeninos salidos de la pluma de ese genial y torturado autor dramático con singular talento para componer personajes femeninos que fue Tennessee Williams: no se puede imaginar mejor Maggie para La gata sobre el tejado de zinc que Liz, como no se puede imaginar mejor Catherine para De Repente, el último verano que Liz. En la primera, además, conseguía hacerle sombra a ese actor prodigioso que fue Paul Newman, como en la segunda conseguía robarle la película totalmente a esa gran dama de la interpretación que fue Katherine Hepbrun (y al no menos prodigioso actor Montgomery Clift). Años después, y ya madurita y rechoncha, consiguió hacerle sombra, incluso, al dios supremo de la interpretación, Marlon Brando, en Reflejos en un ojo dorado.
Tampoco se puede imaginar  mejor Cleopatra que esa a la que Liz prestó su belleza de ojos violáceos, su profundidad emocional y la explosiva reacción química que se producía cuando Liz se hallaba en las proximidades de Richie (Burton), que interpretaba a Marco Antonio (Aunque para química explosiva entre la Taylor y el Burton,  nada mejor que Quién teme a Virginia Woolf, el papel que le valió por fin el merecido Oscar que le habían negado por La gata… y De repente…).
De hecho, Liz Taylor, que ya para siempre será a Cleopatra lo que Humphrey Bogart es a Philip Marlowe o Boris Karloff al monstruo de Frankenstein.
Cleopatra, por cierto, era una gran intelectual de su tiempo: hablaba varios idiomas, había leído a Herodoto, a Homero y a Parménides, era una astuta y hábil política y una consumada estratega militar. Pero a la historia pasó por estar muy buena (y por seguir tratamientos de belleza tan curiosos como bañarse en leche de burra; pero ya se sabe lo irresistible que puede estar una mujer bañada en leche). 
Theda Bara como Cleopatra
Claudette Colbert y mmmm...
 mucha leche de burra.

Lindsey Marshall, Cleopatra televisiva.
Angelina, ¿Cleopatra?






















Catherine, ¿Cleopatra musical?
De hecho, siendo Cleopatra un personaje muy representado en el cine, siempre lo ha sido por actrices que destacaban por su belleza: Theda Bara, Claudette Colbert, la misma Liz, Lindsey Marshall (en la serie de televisión Rome; quizá la Cleopatra más ajustada a la realidad que nunca se haya visto en pantalla) y, se rumorea para próximas versiones de su vida, Catherine Zeta-Jones y Angelina Jolie.  Toda una colección de bellezones. Aunque según los retratos de la época, su aspecto debía ser más bien éste:

Y no sólo eso: parece ser que encima era bajita y ancha de caderas. Pero aún así logró encandilar a Julio César y a Marco Antonio. ¿quizá lo hizo por su singular encanto, su inteligencia y magnetismo personal? Quiá. Era mujer. Seguro que fue porque estaba muy buena. O quizá fuera la leche de burra.
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