lunes, 6 de junio de 2011

Reiniciando el sistema

Característica esencial de toda revolución —está en la misma etimología de la palabra— es que hace que todo pase muy de prisa. De hecho, para qué sirve una revolución, si no es para meterle prisa a la Historia.   Así que ayer, tras visitar Plaza de Cataluña, andaba yo —como muchos indignados, como muchos simpatizantes de los indignados— preguntándome en qué iba a quedar todo esto. “el movimiento empieza a dar señales de cierto cansancio”, escribí en el anterior post, como quien dice hace unas horas. “Los acampados se preguntan sobre el sentido de mantener la acampada, hasta cuando, y qué hacer ahora”, añadía. Bueno, pues ya está. El movimiento 15-M se transforma. Ya tiene nueva convocatoria, el 19 de junio (así que deberíamos empezar a hablar del movimiento 19-J), y un programa más concreto, que enfatiza más en la lucha contra la reforma laboral y  la  del sistema de pensiones,  así como contra la actual ley electoral y la actual ley hipotecaria. También se ha acordado boicotear, el próximo 11 de junio, la constitución de los nuevos ayuntamientos, con concentraciones ante los mismos, en las que se coreará la consigna “no nos representan”.
Las protestas y las movilizaciones van a tener escasa eficacia inmediata, porque nos encontramos, a nueve meses vista de las elecciones generales,  en una situación de interregno, en la que tanto el partido en el gobierno (PSOE), por creer que pronto va a perder sus responsabilidades de gobierno, como el partido que probablemente  vaya a gobernar (PP), por escudarse en que aún no tiene esas responsabilidades, no hacen nada, aparte de echar balones fuera y esperar que el otro se coma el marrón. Pero que tanto protestas como movilizaciones no vayan a tener una eficacia inmediata no quiere decir que no la vayan a tener a medio o largo plazo. De hecho, la desmovilización sería muy contraproducente: esto se ha hecho muy grande, tanto como para mantenerse en movimiento, en parte, por su propia inercia. Pero si se para, la inercia tenderá a dificultar que se vuelva a poner en movimiento.
Los partidos políticos, habiendo renunciado a su función originaria, que era la de representar las corrientes de opinión de la ciudadanía en la administración del poder en la sociedad, se han convertido en representantes de los intereses de sus cúpulas rectoras (hace tiempo que a los dirigentes de los partidos no los eligen las bases militantes, como debería ser, sino que se eligen entre ellos, al estilo soviético; para muestra, la designación de Rubalcaba como candidato socialista. O, mirando al pasado, la elección, a dedo aznariano, de Rajoy como candidato popular) y su único fin, habiéndose convertido en profesionales de la política, es el de todo profesional: conseguir un empleo en lo suyo para ganarse la vida (los más honestos) o pegar el pelotazo (los más inteligentes).
Por ahí se llega a la actual forma que tienen de entender la política los partidos dominantes, en las que la ciudadanía ya no es la base del sistema, sino una materia prima más o menos dúctil, o peor, una excusa. El sistema de partidos políticos, tal y como está estructurado ahora, propicia un tipo de ciudadanía pasiva, a la que sólo se apela cuando se necesita su voto. Una ciudadanía compuesta por ciudadanos aislados, divididos en miedos individuales, fáciles de controlar y manipular (el miedo a la inseguridad ciudadana, o el miedo a los inmigrantes, por ejemplo) o de sobornar mediante prácticas clientelistas, o incluso corruptas; pero enajenados de prácticas colectivas que les darían una fuerza y una capacidad de acción y aún de iniciativa muy peligrosas para el statu quo de la partitocracia. La ciudadanía no debería componerse de ciudadanos aislados, porque la reflexión política debe ser colectiva; pues se forma en el diálogo y el contraste de pareceres, no aislándose cada uno en su propia burbuja, aunque el resultado final sea el acto individual de ir a votar (pero hay más muchos más actos políticos que la ciudadanía puede, e incluso debería, ejercer legítimamente en un sistema realmente democrático).
 El objetivo de los partidos políticos, en su formulación actual, es alcanzar el poder por el poder mismo, no para llevarlo en una dirección u otra, en base a determinado proyecto. De hecho, los partidos actuales no tienen proyecto, más allá de conservar el poder, o sus prebendas, pues el poder real ya hace tiempo, desde la revolución conservadora de Reagan y Tatcher, que se ha ido dejando, cada vez más, en manos del gran capital; eso que ahora se llama, de forma más evanescente, “los mercados”: una oligarquía censitaria sobre la que la sociedad ni ejerce ni puede ejercer ningún tipo de control democrático, salvo a través de sus representantes políticos, que no están por la labor.
Con esos objetivos y en ese escenario, los partidos ya no tienen programa. O, si lo tienen, es volátil y cortoplacista, pues se basa en lo que indiquen las tendencias encuestas demoscópicas y se pueda resolver con unos pocos gestos a la galería, no con reformas profundas que exijan estudio, trabajo y enfrentarse a según qué poderes fácticos.
Sin embargo, las últimas encuestas demoscópicas lo que revelan es el creciente descrédito que este tipo de democracia limitada y coja, la partitocracia, inspira entre la ciudadanía: según el último informe de la empresa Metroscopia, que publica hoy el diario El País,  y cito textualmente, “ Es casi unánime (90%) la demanda de que los partidos deben introducir cambios en su forma de funcionar para prestar más atención a lo que piensa la gente. La mitad de los electores (51%) afirma que los partidos representan solo sus propios intereses y únicamente el 19% cree que representan realmente los intereses de la mayoría de los ciudadanos. A eso se suma que el 64% asegura que no se siente identificado ideológicamente con algún partido y que el 70% no siente representados sus intereses por ninguna formación”.
En cuanto al movimiento 15-M (ahora ya 19-J), y según la misma encuesta, uno de cada tres españoles (el 66% de la población) manifiesta simpatía hacia el mismo; una abrumadora mayoría (el 81%) considera que los indignados tienen razón en sus reivindicaciones. Esta  encuesta viene a confirmar como objetivamente cierto el carácter transversal que la protesta afirma tener (“Unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores. Unos creyentes, otros no. Unos tenemos ideologías bien definidas, otros nos consideramos apolíticos”, reza su manifiesto) pues las simpatías se reparten entre votantes de casi todo el espectro político. Pero es mayor en la izquierda (un 78% de los votantes socialistas se declaran simpatizantes) que en la derecha (sólo un 46% de los votantes del PP dicen simpatizar con el movimiento; con todo, es casi la mitad).
De esto podemos colegir que en las próximas elecciones generales, si bien, posiblemente, la abstención y el voto en blanco crezcan (ya crecieron en las pasadas elecciones municipales; la consigna “no nos representan” que se coreará ante los municipios de toda España el próximo 11 de junio tiene base fundamentada) la fuga de votos de los partidos de la izquierda, y muy especialmente del PSOE (que, además, sufrirá el lógico voto de castigo, dada su poco lucida actuación como gestor de la crisis), será mucho mayor que la fuga de votos que pueda sufrir la derecha, en especial el PP. Quizá haya repuntes de los partidos parlamentarios más minoritarios a derecha e izquierda, respectivamente el Partido por la Ciudadania e Izquierda Unida. En cuanto a los diversos partidos nacionalistas y regionalistas qué voy a decir, si son el epítome, más aún que los partidos “nacionales”,  de camarilla repartiéndose el poder y sus prebendas. En su caso, acotando un territorio para mejor monopolizar el control de sus resortes. 
Es casi seguro, entonces, que en las próximas elecciones generales haya una victoria del PP. Más o menos pírrica y más o menos hueca de verdadera representación popular;  para saberlo habrá que esperar a ver los índices de abstención, añadiendo la cantidad de votos en blanco. En todo caso los partidos políticos procuran ignorar los altos índices de abstención, como procuran ignorar cualquier dato que pueda descalificarlos (ya se sabe, en los análisis tras las votaciones todos dicen haber ganado; en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color de las gafas de tu jefe de relaciones públicas, ese sumo sacerdote de la técnica del doblepensar que describía George Orwell en 1984). Pero, sin duda, la poltrona y el cayado serán suyos,  con toda la responsabilidad que traen aparejados. Y entonces Mariano Rajoy, cuyo estilo de hacer política se parece mucho al estilo de torear de Don Tancredo (quedarse quieto y callado y dejar que el toro se aburra y se largue) y sus comedores de pepino tendrán que dar algún tipo de respuesta a las reivindicaciones de ese movimiento ciudadano y social que goza de tan amplio respaldo, o cuando menos, de tanta simpatía.
En principio, poco pertrechado parece un partido conservador para atender este tipo de demandas. Si los partidos de izquierda toleran la liquidación del estado del bienestar y la precarización del mercado laboral disfrazada de “flexibilización” a la chita callando, con vergüenza y disimulo, los de derecha en cambio no es que lo toleren, es que lo promueven con orgullo y convicción. Sus instintos a la hora de bregar con el tipo de reivindicaciones que plantea el movimiento 15-M, o 19-J, son los que Felip Puig, representante político de un partido conservador, Convergència Democrática de Catalunya, ideológicamente (chorraditas identitarias aparte) muy próximo al PP, ha demostrado tener no hace mucho.
Otro instinto al que tienden es a la demonización, y ya hace tiempo que su claque mediática, de forma frecuentemente bastante grosera y atrabiliaria (lean ustedes, al azar, los titulares que  La Razón, ABC, La Gaceta, Libertad Digital o Intereconomía han dedicado al tema, y verán qué quiero decir) han estado tachando el movimiento de marginal, perroflautista, jipi, ultraizquierdista y antisistema.
No puede ser marginal un movimiento que despierta las simpatías de más de un 80% de la población,. Ningún movimiento ultraizquierdista puede atraer la aprobación de más de un 40% de los votantes de tendencia conservadora. En cuanto a lo de antisistema, me remito a uno de los eslóganes que la revuelta ha hecho populares: “nosotros no somos antisistema, el sistema es antinosotros”.  De hecho, las reivindicaciones básicas del movimiento son: conseguir mayores niveles de democracia y afirmar el derecho a la vivienda y a un trabajo digno y dignamente remunerado, así como el derecho al “desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas” (cita textual del manifiesto).
Esas reivindicaciones están recogidas en la Constitución Española. Que me expliquen cómo se puede ser antisistema defendiendo lo mismo que defiende la Constitución.
Ese es el previsible escenario futuro. Que puede verse sometido a muchos cambios, por supuesto: como decía al principio, una característica esencial de toda revolución es que hace que todo pase muy de prisa; y para qué sirve una revolución, si no es para meterle prisa a la Historia. Y esto es una revolución. Y estamos haciendo Historia.   
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