martes, 26 de julio de 2011

Palahniuk, el escritor como videojuego

Plants vs. Zombies es un videojuego para ordenador. Básicamente, consiste en plantar  en un patio de típica casa americana de suburbio una serie de plantas que lanzan guisantes y  otro tipo de semillas contra los zombies que intentan entrar en el patio para comerse el cerebro del dueño de la casa, o sea, tú: un argumento de base friki y grotesco donde los haya, pero por lo mismo divertido y, en principio, atractivo. Su funcionamiento es sencillo y repetitivo, pero quizás por ello mismo, resulta sumamente absorbente. Hasta que has jugado muchas partidas; entonces tanta repetición acaba cansando.
Las novelas de Chuck Palahniuk, tomadas una a una, o su obra considerada en conjunto, encajan en la misma descripción.

En efecto, leer a Chuck Palahniuk se parece mucho a jugar a Plants vs. Zombies. Esas frases simples y repetitivas, esas no menos repetitivas enumeraciones de los más variados e impensables elementos que se repiten aquí y allá, esos repetitivos esquemas de capítulo, apenas tan diferentes como un nivel de un juego arcade del siguiente, aunque siempre con algún elemento mínimamente nuevo que haga avanzar la narración o mantenga el interés del jugador. Y para rematarlo todo, una gran traca final y los títulos de crédito.
Pigmeo, la última (traducida al español) novela de Chuck Palahniuk, sigue fielmente este modelo, que le ha dado fama a su autor entre la parroquia posmoderna y, algunas veces, hasta le ha servido  para  urdir novelas cuando menos entretenidas: es el caso de El club de la lucha, Asfixia, Monstruos invisibles y Snuff. Aunque otras veces   el resultado es un tostón insoportable: es el caso de Fantasmas, de Rant: la vida de un asesino… y, desgraciadamente, también de Pigmeo.
En ella vuelve sobre su tema recurrente: la confrontación entre el alienado pensamiento sectario y la alienante mediocridad  de la cultura norteamericana de clase media. Y vuelve a él con su estilo recurrente, de frases muy cortas yuxtapuestas en construcciones gramaticales hipnóticamente repetitivas, y con su recurrente tono satírico/sarcástico decididamente escorado hacia el esperpento (“surrealista” le llaman los cursis y los que no se enteran) de forma mucho más radical que la que nunca osara Valle-Inclán. Esta vez, la excusa argumental se materializa en el relato (en primera persona) de un pazguato terrorista adolescente, entrenado a base de artes marciales y química de explosivos para llevar a cabo un extravagante atentado en el corazón de América, a donde han penetrado, el y su célula, como estudiantes de intercambio integrados en familias de acogida. Nunca sabemos de qué país vienen los terroristas, ni siquiera de qué continente, y su ideología es una difusa mezcla de maoísmo al estilo jmer rojo, anarquismo utópico, fascismo tradicional e integrismo vagamente religioso: un poco de todo, vaya. En el cuadriculado cerebro del Agente 62, el protagonista, las citas-consignas de Bakunin se mezclan con las de Augusto Pinochet, Mussolini, Mao y el Che Guevara, entre otros. La indefinición ideológica de los terroristas es, evidentemente, un efecto voluntariamente buscado por el autor, pero no acaba de funcionar;  atasca el desarrollo de los personajes, al tiempo que su increíble estupidez los hace inverosímiles mucho más allá de lo que es lógico en un esperpento. En cuanto a los norteamericanos que salen en la novela, están caricaturizados de forma tan grosera y tan plana que la caricatura pierde gracia. Lo mismo le pasa a la novela en si, que tras los primeros capítulos, donde aún brilla algún destello (la escena de la sodomización del matón del centro comercial en los lavabos del mismo es, debo confesarlo, hilarante) se apaga pronto, convirtiendo la experiencia de leerla en algo parecido a jugar una partida más de Plants vs. Zombies después de haber jugado demasiadas.
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