viernes, 5 de agosto de 2011

La revolución no será televisada

Sol sufre de un cordón policial que ya dura varios días y que, en ese corto espacio de tiempo, ha perjudicado a los comercios de la plaza más que la acampada de los indignados en todas las semanas que duró. Hoy la policía ha borrado la tarjeta de memoria de la cámara de un fotoperiodista que estaba tomando fotos en las inmediaciones de la plaza –¡En la vía pública- tras confiscársela por la brava. Con el sitio policial de la plaza no está de acuerdo ni la propia policía: así se lo han manifestado a portavoces del DRY que se han acercado a hablar con ellos, y les han animado a cursar denuncias contra la Diputación.
Con todo, el sistema de movilización callejera y ocupación de espacios públicos está llegando a un punto muerto. O a una situación de tablas, si prefieres las alegorías ajedrecísticas. El movimiento está maduro para dar un paso más, sobre todo ahora que se han convocado elecciones generales para el próximo 20 de noviembre (elecciones el día en que se conmemora la muerte del dictador; ahí Zapatero ha estado muy fino, hay que reconocérselo).
El paso a dar debería ser acordar una estrategia de actuación para ese día. Que no debería ser una movilización callejera: para un demócrata, un día de elecciones debe ser un día sagrado. El problema es, más bien: ¿hay que ir a votar o no? y, si se va a votar, ¿qué se vota?. El voto en blanco o el voto nulo no resultan muy eficientes, pues se contabilizan como participación y, por la regla d'Hondt, acaban revirtiendo en la listas más votada o en la siguiente (o sea, en los de siempre). La abstención tampoco resulta  eficiente: lo sería si el sistema de reparto fuera justo y no se basara en el total de votos emitidos, sino en el total del censo.  Por eso, y porque la dichosa regla de Hondt prima las candidaturas más votadas, el PSOE y el PP sólo necesitan alrededor de 50.000 votos para colocar un diputado, mientras que un partido pequeño puede llegar a necesitar 400.000 para colocar cada uno de los suyos. Lo que vulnera claramente el principio de igualdad de la máxima, consagrada por la Constitución de  una persona, un voto.  Es por ello por lo que, aunque juntando el PSOE con el  PP apenas suman el 60% de los votos,  ocupan casi el 80% de los escaños.
Urge una reforma del sistema electoral, que deje de lado tanto la regla de Hondt como las listas cerradas, que dejan el poder de elección de los diputados y senadores en manos de las cúpulas de los partidos, que son quienes elaboran las listas (y hace que los diputados  y senadores se planteen su fidelidad antes a sus respectivas cúpulas que a sus votantes).  La reforma también debería permitir que la abstención tuviera su correspondiente reflejo electoral,  en escaños vacíos, lo que  tendría varios efectos beneficiosos: uno, que los partidos políticos no podrían engañarse ni engañarnos respecto a cuál es su verdadera cuota de representatividad. Otra, que esos escaños vacíos mostrarían a los votantes abstencionistas el poder que su voto tiene, o podría tener si lo ejercieran; probablemente, al final sería un acicate a la participación. Y, last but not least, los escaños vacíos por la abstención serían sueldos y gastos que el presupuesto de las Cortes se ahorraría. Lo que, dados los tiempos que corren, no vendría mal. 
Pero de momento hay que jugar con las reglas vigentes. Así que, de cara a las próximas elecciones del 20-N, veo dos posibilidades: a) votar a algún partido minoritario (allá cada cual, hay para elegir) o b) crear candidaturas "indignadas" en cada circunscripción con un programa de sólo dos puntos: 1) cambiar el sistema electoral  en el sentido que acabo de exponer,  y 2) oponerse a los recortes en las prestaciones sociales. No se trataría de crear un nuevo partido político, sino una candidatura con un objetivo específico, que se disolvería una vez conseguido éste.
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