viernes, 23 de diciembre de 2011

Lucía contra los trolls


Se le ocurrió a Lucía Etxebarría anunciar en Facebook que dejaba de escribir (“una temporada muy larga”, dijo, lo que expresa una dimensión temporal relativa; así que hay que creérsela relativamente) novelas, porque, argumenta, con tanto pirateo no le sale rentable. Pensé: ella sabrá. Uno escribe o deja de escribir cuándo, cómo y por los motivos que le dé a uno la gana. Y si un trabajo no te sale rentable, lo más sensato es dedicarse a otra cosa. Pero en vaya avispero ha ido a meter Lucía el palo, porque una buena parte de la comunidad internetera ha reaccionado ante el anuncio como ofendidísimos y enfadadísimos, cual ayatolás ante una caricatura de Mahoma enseñando el culo. Y no porque les moleste que Lucía deje de escribir, no, sino porque ose —oh anatema—echar la culpa de ello a la piratería informática.
Cierto que cuesta creer eso que dice Lucía, de que “se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias compradas”. Primero porque, si bien es fácil cuantificar las ventas legales —ahí está el informe Nielsen para ello— las ilegales son, por su propia e ilegal naturaleza, muy difíciles de cuantificar, Y de todos modos, no parece muy probable que en un país con un parque de lectores electrónicos tan raquítico (de momento) como España, las descargas digitales, legales o no, alcancen tanto volumen (aunque todo se andará, tiempo al tiempo). Pero bueno, una cosa no quita a la otra: la razón la asiste. Como ya he dicho, si una actividad laboral no te resulta rentable económicamente—Y en qué punto de merma en los ingresos deja de resultar rentable, eso sólo puede decidirlo uno, y no tiene por qué justificarlo— lo más sensato es dejarla y dedicarte a otra cosa: a montar un portal de descargas gratuitas, por ejemplo, que eso atrae muchos banners publicitarios, con los que puedes levantar una buena renta de forma muy descansada.
Cierto que todo esto podría ser —ella dice que no, claro— una astuta maniobra autopromocional. Porque esas declaraciones suenan a ego ofendido desahogándose —y creedme lo que os digo, porque lo sé de buena tinta: el ego de un escritor suele estar más sobredimensionado que las primas de productividad del director gerente de Goldman Sachs—, Si lo es, ha dado en el clavo, pues ha logrado ser Trending Topic en Twitter y en Facebook, que toda la prensa le dedique al menos un recuadrito y que en los corrillos de las máquinas del café de las oficinas de Editorial Planeta, que es la suya, no se hable de otra cosa. O sea, que queriendo o sin querer ha conseguido que se hable mucho de ella, aunque sea bien. De hecho, sobre todo hablan mal, pero como decía Salvador Dalí, ese genio del marketing autopromocional, que hablen mal es mucho mejor. Pero bueno, al fin y al cabo ¿y qué? vivimos en la era del marketing, y si esto se tratara efectivamente de una maniobra autopromocional, sería perfectamente legítima. O, cuando menos, mucho menos hipócrita que esas, tan habituales, del tipo “somos tan buenos y tan solidarios que por cada cien euros que compres de la mierda que vendemos, le regalaremos uno a los pobres negritos enfermos de Sida del país de ése donde acaba de pasar un tornado, o un terremoto o algo”. Campañas, por otro lado, que resultan infalibles para incrementar las ventas (y los beneficios: noventa y nueve euros de rédito por cada uno invertido en autopromoción, un lujazo). Debe haber departamentos enteros en las grandes multinacionales dedicados a rezarle a la Virgen, o a Changó o a la Pachamama, para pedirle que les envíe un terremoto o un tsunami o algo a los pobres negritos de cualquier país tercermundista.
Entre los que respondieron a la declaración hay muchos que la felicitan por su decisión, que ya estaba tardando en quitarse de en medio, y la animan a buscarse por fin “un trabajo de verdad”. Muchos, indignados, aseguran que ni la han leído ni, después de oírla, piensan hacerlo nunca. También están, y no son pocos, los que critican que se critiquen las descargas ilegales, “porque los libros y los discos son demasiado caros” y por eso no se los compran. Ahí tengo que reconocerlo, ésos aportan un argumento sólido y de peso. Por eso mismo no me compro un Ferrari, porque lo encuentro demasiado caro. Y eso es lo que le dije al poli que me detuvo por conducir el del vecino, que había puenteado para sacarlo a dar una vuelta: que no me lo compraba porque era demasiado caro, pero que yo también tenía derecho a disfrutar de un Ferrari, ¿no? Puedes imaginarte lo que el fascista del policía me respondió. Mientras me ponía las esposas.
Otros le afean que pretenda escribir por dinero. Y que critique a los lectores que la leen sin pagar ¿acaso no se siente recompensada por el mero hecho de ser leída? Pues debería. Más o menos es el mismo razonamiento que utiliza el alcalde de Manzanares.
Y bueno, podría seguir, pero para qué. En resumen: mucho troll anda suelto al que le cabrea que se hable mal del pirateo. A mí, la verdad es que nunca me interesó especialmente la obra literaria de Lucía Etxebarría. Pero me lo he pasado en grande navegando por todo ese hate mail. Qué le voy a hacer, me gustan los trolls: suelen ser divertidos. A condición, claro está, de que no te los tomes en serio. Y, sobre todo, de que ni se te ocurra ponerte a argumentar con ellos. Desgraciadamente para ella, Lucía cometió esos dos errores, con lo que el guirigay trollero en su cuenta de Facebook alcanzó niveles épicos.
La moraleja de esta historia, si existe alguna, quizá radique en dilucidar qué nervio (colectivo) pinchó Lucía con esas declaraciones. Debió ser un nervio especialmente sensible y a flor de piel. Porque, en serio, ¿había para tanto? Puede que la clave esté en lo que dejó dicho alguien de los que envió mensajes de apoyo, que también los hubo (aunque esos resultan mucho más aburridos): “no conviene meterse con la mafia rusa, los banqueros, los integristas islámicos o los amantes de la piratería”. Y lo dejo aquí, que no quiero problemas con la mafia rusa. Ni con… nada, que lo dejo aquí.
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