domingo, 11 de marzo de 2012

Moebius y yo

moebiusTe empiezas a dar cuenta de que te haces viejo cuando ves que tus referentes de toda la vida van muriendo… de viejos. A mí ya se me han muerto unos cuantos. Y ahora, Moebius.
La adolescencia y la posadolescencia son las épocas en que adoptas el grueso de tus referentes. Algunos de los míos: Miles Davis (fallecido), Lou Reed (vivo, pero hecho un carcamal), David Bowie (vivo, pero retirado), Charles Bukowski (fallecido), Julio Cortázar (fallecido), William Burroughs (fallecido), Jack Kerouac (ése ya había fallecido antes de que le tomara por referente), Federico Fellini (fallecido), John Huston (fallecido), Orson Welles (fallecido), François Truffaut (fallecido)… y Moebius. A este, en realidad, ya lo tenía de referente desde la infancia, desde que se hacía llamar Gir (diminutivo de Jean Giraud).
Gir era el dibujante de las aventuras del Teniente Blueberry, uno de los comics que devoraba de niño: un indisciplinado oficial de caballería, con los rasgos del joven Jean-Paul Belmondo, que recorría el Far West posterior a la Guerra Civil. Las historias eran emocionantes, y el dibujo, dinámico, detallado y extraordinariamente expresivo.
Si bien nunca abandoné del todo la afición por los cómics que leía cuando niño, con la entrada a la edad adulta empecé a consumir otros de contenido más adulto entre comillas (y con carraspeos); o sea, ejem, ejem, “adulto”. Lo que no quería decir necesariamente de contenido erótico más atrevido; aunque a veces también (para qué nos vamos a engañar), sino con propuestas estéticas y narrativas más ambiciosas y vanguardistas. El cambio de gustos supongo que tenía tanto que ver con la apertura de horizontes e inquietudes que conlleva el paso a la edad adulta como (para qué nos vamos a engañar) con el deseo de hacerme perdonar esa costumbre infantiloide de leer cómics, reivindicando que el cómic también puede pertenecer al dominio del gran arte. Y ahí me encontré con Moebius, el sumo pontífice del cómic adulto, con propuestas estéticas y narrativas ambiciosas y vanguardistas. Y, a veces, también de contenido erótico más atrevido (para qué nos vamos a engañar).
Moebius era, en efecto, el dibujante, y con frecuencia guionista, de algunos de los comics “intelectuales” que devoraba de posadolescente: Obras que se movían entre la ciencia-ficción, la fantasy y el surrealismo, cuya expresión más depurada quizá sea El garaje hermético. Eran cómics a veces incomprensibles (pero ¿por qué tiene que ser todo comprensible?), siempre fascinantes. Y el dibujo, dinámico, virtuoso, detallado y extraordinariamente expresivo.
Al poco descubrí que el vanguardista Moebius era, también, el Gir de mi infancia. Él también sintió la necesidad de abrir su arte a otros horizontes y otras inquietudes más adultas, y quizá también (para qué nos vamos a engañar) desearía hacerse perdonar el dibujar cómics infantiloides, reivindicando que el cómic también puede pertenecer al dominio del gran arte. Y para ello adoptó como seudónimo el nombre del matemático que diseñó la cinta infinita. De hecho, consiguió lo que se proponía, entrar en el parnaso del gran arte; pues como Moebius, Jean Giraud debe ser, de largo, el artista de cómics más influyente no sólo en el cómic, sino también  en el cine (su universo estético ha influenciado películas como Blade Runner, Tron, Alien, El Quinto Elemento o Abyss; para algunas de ellas realizó diseños), así como el más citado en cualquier reivindicación del cómic como arte.
Pasó el tiempo, y con la edad adulta fui ganando confianza en mí mismo, y recuperé (bueno, en realidad nunca la había abandonado) la afición al lado más lúdico del cómic. Recuperé a Tintín, recuperé al Teniente Blueberry (cuyas aventuras nunca dejaron de publicarse) y me aficioné sin complejos a ese género del cómic que tan mala prensa tenía entre la “alta” cultura: el de los superhéroes. Ahí encontré un universo narrativo maravilloso e inmediatamente disfrutable. Y, a pesar de los diletantes, para nada reñido con la narrativa de calidad: ahí estaban escritores de la enjundia de Frank Miller, Neil Gaiman, Alan Moore o Grant Morrison, y artistas gráficos con propuestas visuales tan interesantes como las de Dave McKean, Norm Breyfogle, David Mazzuchelli… Y, vaya, ahí me encontré también con Moebius. Él también había vuelto al lado más lúdico del cómic, que en realidad (como Jean Giraud) nunca había abandonado. Él también se había aficionado a cuanto de maravilloso e inmediatamente disfrutable tiene el universo narrativo de los cómics de superhéroes. Y dibujó, sobre un guión de Stan Lee, una miniserie de Silver Surfer que quizá no es lo mejor que haya hecho, pero tiene su aquél. Y reinterpretó los principales arquetipos del universo superheroico en una colección de pósters en los que se mostraba su personal visión de Superman, Batman, Spiderman, Daredevil, Lobezno o La Cosa.
Pero, para mí, las mayores cimas de su obra las consiguió en colaboración con ese inclasificable escritor y director de cine llamado Alejandro Jodorowsky. Una colaboración que empezó con la realización de los diseños y el storyboard para una adaptación cinematográfica de Dune en la que el demente emperador de la galaxia iba a ser interpretado por Salvador Dalí, y el obeso y malvado barón Harkonnen, por Orson Welles. La película nunca llegó a realizarse (bueno, la realizó años más tarde David Lynch, pero desde una propuesta estética diametralmente diferente), pero tanto el concepto de la obra como algunos de los diseños de Moebius resultan, a veces, sospechosamente parecidos al concepto y algunos de los diseños de La guerra de las galaxias, que realizara unos pocos años después George Lucas, uno de los productores por cuya mesa había pasado el proyecto. Poco importa: aquella primera colaboración fue el germen de una fructífera relación creativa, que les ha llevado a realizar, además de breves joyas como Les yeux du chat o Garras de ángel, esa torrencial, alucinada e imprescindible Space Opera llamada El Incal.
Y, sin embargo... ahora que el tiempo ha pasado, vuelvo la vista atrás y, quizá, lo que recuerde con más afecto de mi larga relación con Gir-Moebius sea El Teniente Blueberry, con quien tantas veces cabalgué por las llanuras salvajes del Far West, y que ahora se ha quedado huérfano; como, un poco, yo, como, un poco, el cómic, ese arte que ha entrado en decadencia cuando empezaba a ser comprendido. Y de pronto se queda sin uno de sus máximos exponentes.
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