miércoles, 4 de abril de 2012

Diario de Cantabria 1: el gato del escritor

DSC_0114Hoy en Barcelona hace un día muy cántabro: el cielo es gris, el sol mortecino, el aire fresco y los árboles mojados, lo que los hace parecer más verdes. Así se ve todo a través del cristal. Y se percibe esa atmósfera  de tenue calma, como si estuvieras oyendo la respiración de un gigante verde dormitando junto al mar. El mes que viene me iré a Cantabria, ese gigante verde que dormita junto al mar, a pasar unos días con mi madre en su pueblo, bajo cielos grises, bajo un sol mortecino, entre el aire fresco y los árboles muy verdes y muy mojados. A dejarme envolver por esa atmósfera de tenue calma.
Me lo ha recomendado mi mujer, que está harta de verme como una fiera enjaulada, encerrado en casa, estudiando derecho administrativo—tras casi dos años en paro forzoso como periodista y con pocas ventas de mis libros, he resuelto presentarme a oposiciones para funcionario público; muchas más opciones de encontrar una fuente de ingresos estable no veo—. Mi mujer tiene razón, a fuerza de estar todo el día encerrado en casa, a solas con el gato y los códigos de derecho administrativo, empiezo a sentirme como una fiera enjaulada: como uno de esos leopardos que no hacen más que dar vueltas dentro de una jaula estrecha en el zoológico. Porque es eso, o tumbarse en la cornisa a contemplar a los imbéciles que se apelotonan al otro lado de los barrotes para mirarte con cara de imbécil y sacarte fotos con el teléfono móvil. De qué humor de perros debe estar el gran gato. Con qué gusto les arrancaría de un zarpazo la cabeza y el brazo de blandir el móvil a los imbéciles del otro lado de los barrotes. Cómo te comprendo, hermano: así mismo me siento yo.
Ñpppp
Eso lo ha escrito la gata: ha saltado sobre el escritorio y se ha puesto a teclear. La ha salido “ñpppp”, que vete a saber qué quiere decir en lenguaje gatuno. Tantos años lleva tumbándose sobre el escritorio, a contemplar la pantalla del ordenador y a contemplar cómo tecleo, que se conoce que a ella también se le ha despertado el instinto literario. Ahora mismo está aquí al lado, rascándose las mejillas contra la lámpara de sobremesa y echando vistazos a la pantalla con expresión de vaya mierda escribes. Raymond Chandler —alabado sea siempre su santo nombre— decía que su gato, Take, hacía lo mismo, o parecido: se tumbaba al lado de su máquina de escribir mientras él tecleaba, poniendo cara de vaya mierda escribes. Probablemente el gato de Kerouac, el de Cortázar y los muchos gatos de Bukowski y de Hemingway harían lo mismo. Los gatos de escritor son unos bichos muy literarios. Podrían dedicarse a escribir críticas literarias en las revistas especializadas. Seguro que sus críticas serían agudas, mordaces y demoledoras. Si no lo hacen es porque los gatos son muy listos: piensan, con muy buen criterio, que para qué tomarse la molestia, pudiendo dedicarse a estar tumbados en el sofá contemplando la ventana. Lo que demuestra que los gatos son más inteligentes que los humanos. Y, desde luego, que los escritores. Por no hablar de los críticos literarios. Si serán inteligentes que es el único animal que ha conseguido domesticar al hombre.
Me entero de que una escritora a la que aprecio, que también es una escritora apreciable (y una periodista notable) tiene a los del servicio jurídico del desahucio golpeando la puerta con los nudillos. A las horas en que ella está dando de desayunar o de cenar a los críos, los muy cabrones. Para pillarla con la guardia baja, probablemente “señora, ¿puede aportar ya alguna solución a lo nuestro?” le dicen, con esa amabilidad amenazante que usan los matones de la Mafia y de los bancos. Y es que pretender ganarse la vida escribiendo es más difícil que pretender conservar la honestidad dedicándose a la política: alguno lo consigue, pero no cuentes con ello. Y del periodismo, ya ni hablamos: más nos valdría trabajar en un burdel, aunque fuera de pianista —cuando estudiaba en la universidad, en los tiempos en que uno aún podía aspirar a ganarse la vida con el periodismo, corría un dicho: “no le cuentes a mi madre que soy periodista, dile que toco el piano en un burdel”—. Seguro que si trabajáramos en un burdel, aunque no fuera tocando el piano, nos tendríamos que prostituir algo menos. Y no tendríamos que pagar la cama y los condones de nuestro bolsillo.
Mi puerta no vienen a golpearla los del desahucio porque mi mujer trabaja. Se larga de casa de buena mañana y vuelve ya bien entrada la noche, más cansada que un galeote, la pobre, con pocas ganas de hacer nada más que cenar y meterse en el sobre. Mientras cena se queja de que no le cuento nada. Y qué quiere que le cuente, si me paso todo el día encerrado en casa, estudiando derecho administrativo. Le podría explicar que, según la legislación vigente, las entidades locales no pueden exigir tasas por a) la provisión de agua en las fuentes públicas, b) la iluminación en vía pública, c) Protección Civil, d) la limpieza de la vía pública, y e) la enseñanza en los niveles obligatorios. Pero dudo que le interese. También podría explicarle de qué va esa novela que voy haciendo de a ratos, entre reglamento administrativo y reglamento administrativo, pero no me gusta hablar sobre lo que estoy escribiendo hasta que lo he terminado. Lo que es una superstición muy común entre los escritores, según tengo entendido.
Así que me iré unos días a Cantabria, a cambiar de aires, con el ordenador de escribir la novela y los códigos de derecho administrativo. La gata que se quede con mi mujer, allá se entiendan entre mujeres. Cantabria me relaja, y me suele dar ganas de escribir. A ver si hay suerte y consigo acabar allí la novela. O quizá me decida por fin a tomar clases de piano, a ver si consigo trabajo en algún burdel.
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