martes, 17 de abril de 2012

Literatura y Martini (agitado, no revuelto)

martiniLos motivos para asistir a la presentación de un libro pueden ser varios. A saber: a) que te hayan invitado; b) que el libro en cuestión o el escritor en cuestión te interese especialmente; c) que el escritor en cuestión sea amiguete o parentela, y d) que sirvan copas. Ayer, en la presentación de Alquimia Fría, el libro que escrito a cuatro manos el barman José María Gotarda y el amiguete Leo Coyote, en mí concurrieron todos los motivos comprendidos entre a) y d). Además, en el caso de d), se trataba de cócteles. Servidos como Dios manda en la terraza de un hotel con vistas al puerto de Barcelona. Como para perdérselo. Y encima, daban canapés. Era un pesebre de los que ya no se ven.
Lo de pesebre viene del argot periodístico: así llamábamos a las ruedas de prensa y presentaciones varias que incluían refrigerio, y cuyas invitaciones, en tiempos de vacas gordas, solían llegar a la redacción en mayor número del que podíamos atender. De ahí la razón del pesebre, claro: cebo para conseguir que el periodista pique.
El redactor jefe: Oye, ¿quieres ir a la presentación del nuevo disco de la Lloll?
El redactor: Uffffffff…
El redactor jefe: Hay pesebre.
El redactor: ¿De qué?
El redactor jefe: Fideuá.
El redactor: Hum. Bueno, vale.
El redactor jefe: Cuatro mil caracteres.
El redactor: ¿Espacios incluidos?
El redactor jefe: Sin incluir. Y un par de declaraciones de la Lloll.
El redactor: Joder. Cara fideuá.
En realidad, lo del pesebre funcionaba menos en el periodismo cultural. Pero en el periodismo político y, sobre todo, en el económico, se llevaba mucho. No había presentación en empresa, banco o congreso empresarial donde no hubiera pesebre en condiciones. Eran los tiempos en que el país navegaba viento en popa por las aguas de la economía, cual lujoso transatlántico (como el Titanic, mismamente). Los pesebres tanto podían ser canapés como almuerzos o cenas en restaurantes de cuatro y hasta cinco tenedores. A veces, para mejorar el cebo se añadía un regalito: lo que en argot periodístico llamábamos la chuchería. Los más rancios te daban un llavero, una camiseta o un bolígrafo de propaganda, pero podían ser de lo más variado. En mi colección de chucherías recolectadas en ruedas de prensa y presentaciones diversas tengo: un estuche para tarjetas de visita en acero inoxidable, una miniatura de un camión Ebro con tráiler, un vacíabolsillos de piel de avestruz, una bola-rompecabezas hecha con material termoplástico para encimeras de cocina, unos prismáticos para observar pájaros (o espiar a los vecinos), un maletín de piel auténtica, un paraguas verde (horroroso), un reproductor MP-4 (ya no lo tengo, se lo quedó una antigua novia cuando rompimos), varias corbatas, un par de alfileres de ídem, unos gemelos de camisa, un estuche Sansonite conteniendo un kit de viaje para la limpieza del calzado, una caja de herramientas (vacía), un cortador automático de moquetas, un destornillador eléctrico, un taburete de madera (sí, sí, un taburete de madera)…
Hasta que llegó un momento en que el lujoso transatlántico chocó contra un iceberg y empezó a hacer aguas por todas partes (como el Titanic, también) y las invitaciones que llegaban a la redacción empezaron a ser menos frecuentes, las chucherías fueron desapareciendo, los pesebres fueron desapareciendo y los periodistas también fueron desapareciendo, porque los (nos) iban despidiendo.
Pero estoy divagando; serán los Negroni (un tercio de Martini Rosso, un tercio de Vermouth Campari, un tercio de ginebra) que han ejercido de magdalena proustiana. Con los cócteles a veces pasa eso.
En realidad yo había venido aquí a hablar del libro de Leo Coyote y José María Gotarda. Que no se han limitado a hacer un libro al uso de recetas de cócteles con ilustraciones. Hay ilustraciones, bastante divertidas, y hay recetas de cócteles; las tradicionales y algunas nuevas, especialmente creadas para la ocasión por José María Gotarda, quien ha aportado a la obra esta parte más didáctica. Pero el libro no se queda en el recetario. También propone un entramado de historias y anécdotas alrededor de los cócteles, las principales coctelerías del mundo y los más famosos y conspicuos amantes de los cócteles; muchos de ellos, como no podía ser de otra manera, escritores. Sabida es la estrecha relación que existe entre la literatura y el alcohol. Demasiado estrecha, a veces, y sí, señor Hemingway, estoy hablando de usted, y no pida otro mojito, que ya lleva cinco. Y dígale al señor Dostoievski que como siga pegándole al vodka de esa manera va a acabar vomitando otra vez encima del señor Dashiell Hammet, a quien el bourbon hace rato que tumbó debajo de la mesa.
Esa es la parte donde se aprecia el estilo literario ágil y rápido, siempre aderezado con un chorrito de socarronería gallega, de Leo Coyote, gran amante él mismo de los Martinis; como Luis Buñuel, Josep Pla o Dorothy Parker, de los que habla en el libro. Un libro ligero, refrescante y muy divertido, que demuestra que en esto de los cócteles hay mucha vida más allá de la dictadura del Gin Tónic que padecemos. Un libro, en fin, ideal para leer en la tumbona de la piscina mientras se degusta un Gimlet, el cóctel preferido de Raymond Chandler (mitad ginebra, mitad zumo de lima Rose’s, hielo picado) o un Cosmopolitan, el cóctel preferido de las pijas de Sexo en Nueva York (cuatro centilitros de vodka, uno y medio de Cointreau, uno y medio de zumo de lima fresco, tres de zumo de arándanos; agitado, no revuelto, como el Dry Martini de James Bond). O el que usted prefiera, que en el libro hay para elegir.
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