sábado, 29 de diciembre de 2012

Un gol de Iniesta

portada-libro-robeVaya por dios, un rockero metido a novelista. Buen poeta sin duda es, y ahí están las letras de Extremoduro para demostrarlo, pero eso no significa, necesariamente, ser buen narrador en prosa. De hecho, es frecuente que los compositores de canciones, al enfrentarse a la narrativa, caigan en el defecto de descuidar sus (necesarias) servidumbres, convirtiéndolo todo en una retahíla no demasiado bien hilvanada de párrafos geniales y frases virtuosas: al fin y al cabo eso es lo que le pasó a Bob Dylan en su única novela hasta la fecha, Tarántula, y algo menos, pero algo también, a Nick Cave en Y el asno vio al ángel y La muerte de Bunny Munro. Sin embargo...
Sin embargo, y aunque quizá siga siendo mejor poeta que prosista, Robe Iniesta se muestra en esta novela como un prosista muy competente, disciplinado, atento a la necesaria estructura, que sabe poner su talento literario al servicio de la historia que está contando y no al revés, que sabe adecuar el tono de la escritura al tono que precisa la narración (prosa aburrida cuando describe la vida de un hombre aburrido, progresivamente más vertiginosa a medida que el protagonista enloquece, y de nuevo prosa exacta, calmada, cuando el protagonista alcanza una nueva lucidez). Hay sitio, también, para que el poeta se desperece y coloque, aquí o allá, alguna de sus frases geniales, pero sin abusar; y están lo suficientemente bien colocadas como para que sirvan de realce y no de estorbo.
Es verdad que cae, también, en un error de narrador principiante: ser demasiado reiterativo, dar demasiadas explicaciones, sobre todo durante las primeras veinte páginas (más adelante, como si el autor hubiera tomado carrerilla, este defecto va desapareciendo) haciendo que el lector, en vez de dejarse guiar de la mano por el autor, vaya bastante por delante de él, teniendo que pararse a esperarlo. Esto pasa, más que nada, durante las primeras veinte o treinta páginas. Por suerte más adelante, como si el autor hubiera ido adquiriendo más confianza en sí mismo, este defecto se subsana y la narración se vuelve más ágil, más placentera. Hay, también, algunos notables hallazgos literarios: en especial, los ocasionales monólogos de la lombriz, que puntean la historia explicándola desde otro punto de vista, y que quizá son lo mejor de la novela.
El texto de contraportada no da ninguna pista ni sobre el contenido ni sobre el tono de la novela, lo que es un gran acierto, pues lo mejor es entrar en ella lo más en blanco posible. Se disfruta mucho más cuanto menos se sepa, pues parte del placer que proporciona es el placer del descubrimiento, que es, también, su tema de fondo. Así que sólo diré que es una historia un poco al estilo de las novelas-fábula de Ítalo Calvino; que empieza como una pesadilla de Kafka y acaba como una fábula más o menos ecologista al estilo de Tarzán de los monos. Que pertenece al género del viaje iniciático; que es una narración con vocación de fábula con mensaje, y el mensaje es claro, pero el autor, con mucho acierto, evita dar sermones, dejando que las situaciones y los personajes hablen por sí solos.
En suma, aunque no sea una obra maestra, es una novela inteligente, bien escrita en general y adecuada para pasar un buen rato. Y también para pensar un poco. Lo que no es idem. Aunque no sea tan decisivo como el de su tocayo, Robe Iniesta ha metido un buen gol.
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