En su cabeza debía sonar espectacular. Un ciclo de debates sobre la guerra civil sin sesgos, desde una posición equidistante. Invitas a gente de ambos bandos y ambas tendencias, quedas bien con todo el mundo y atraes público de todas las tendencias. Buscas un título igualmente equidistante y quedabién: La guerra que todos perdimos. Todos, ya ves. Todos somos víctimas, todos sufrimos, nosotros también tenemos nuestro corazoncito, los ricos también lloran Tó er mundo é güeno. Y, para reforzar la idea, encargas un cartel con una maquetación igual de equidistante y quedabién: dos banderas exactamente iguales (sólo cambia el color de las franjas) cruzadas de forma simétrica. Y debajo, los nombres de los participantes, mezclados e indiferenciados: políticos con historiadores, izquierdas con derechas y extremas derechas, escritores con tertulianos. Así, como una lista de abajofirmantes ¿Qué puede salir mal?
Pues que uno de los
invitados lleva boina, ha escrito un libro sobre la Guerra Civil (lo que hace
que se le suponga cierto conocimiento sobre el tema) y está en modo
autopromocional (nada que objetar a eso, a veces es necesario). Y, aunque realmente no participaba en el debate,
aunque su función fuera más bien, la de florero con boina decorativa, va y da
la campanada, quizá por astuta maniobra autopromocional, es cierto, pero
igualmente acierta a poner el dedo en la llaga, y la llaga de la Guerra Civil Española
aún supura. Y el de la boina dice que poner debajo de lema tan desafortunado,
su nombre mezclado al buen tuntún con los de determinada gente, así, como si todos fueran abajofirmantes de
algo que se llama “La guerra que todos perdimos” (que, quieras que sí
que no, impone un marco ideológico al supuesto debate) no le mola, y no va a
ir. Y, como el de la boina es el escritor de moda durante este cuarto de hora,
la prensa se hace eco, y otros invitados que tampoco lo tenían muy claro se
acaban de decidir y dicen que ellos tampoco, y aquel invento que no podía salir
mal sale mal por todas partes y se va a la mierda más pronto que deprisa.
Maniobra autopromocional o no, no le falta razón al de la boina,
que se llama David Uclés y sií, es un escritor con una novela sobre la Guerra
Civil a sus espaldas. "La guerra
que todos perdimos" (con o sin interrogantes, que es la excusa
tontísima que pusieron al principio: que en la maquetación del cartel se
cayeron, como arracadas mal cerradas), es un título de una equidistancia falsa,
subrayada por la imagen de las dos banderas exactamente iguales. Porque no es
cierto, hubo quien ganó esa guerra, y buen rédito le sacó: cuántas fortunas
están cimentadas en las expropiaciones por la patilla de los patrimonios de los
que la perdieron y tuvieron que exiliarse, o descansan en alguna cuneta ignota.
Ese título, con interrogantes o no, blanquea a los que ganaron.
Pero sí, el debate es
admisible sobre la guerra civil; lo que no es admisible es la equidistancia,
porque, ya lo he dicho, ambos bandos no son iguales, ni de lejos: uno era el
del gobierno legítimo de un estado democrático, y el otro, el de un golpe de
estado militar, plagado de fascistas de los de antes. Aún así, un planteamiento
como ése podría haberse admitido hace veinte años, cuando el fascismo era débil
y la democracia fuerte, y ésta podía permitirse ser generosa. Hoy en día, con
la democracia débil y el fascismo (el de ahora, que cada vez se parece más al
de antes) fuerte, e introduciéndose en instituciones y gobiernos de países, la equidistancia
no es tal, sino apoyo a un bando (adivinen cuál), y hoy en día la democracia no
puede permitirse tanta generosidad. Por el contrario, ahora, debe ser
implacable; todo lo implacable que pueda sin traicionarse a sí misma. Al menos,
hay que marcar líneas rojas (sí, rojas, qué pasa) y obligar a respetarlas. Y La
guerra que todos perdimos (mentira cochina) queda muy lejos de esa línea.
Lo podrían haber titulado La guerra que todos sufrimos todos, o La guerra
que nos marcó a todos. Eso sería verdad. Lo otro, es un insulto a los que
de verdad la perdieron.









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