sábado, 28 de julio de 2007

Contactos (1)

Una vez me dio por apuntarme a una web de contactos. En teoría parecía una buena idea: una manera de conocer gente (bueno, vale: de conocer mujeres) mucho más allá de los restringidos límites del campo de relaciones sociales, sin necesidad de castigarse el hígado en los casi siempre patéticos bares de solteros, de forma cómoda y civilizada, desde el ordenador de casa.

En la práctica, sin embargo, este incremento indiscriminado del territorio de caza puede llevarle a uno a la misma conclusión que Voltaire, quien decía que, cuanto más gente conocía más le gustaba su perro, a fuerza de tropezarse con la descorazonadora evidencia de lo extendida que está la mediocridad intelectual entre los humanos. Y hay otra evidencia, no menos descorazonadora, con la que uno se tropieza por ese camino: la de que el mundo está lleno de zumbados, y zumbadas. De esto último no hay que extrañarse: la verdad es que, en la estresante, competitiva e inestable sociedad de estos tiemos de neocapitalismo globalizado que nos ha tocado vivir, las vidas de casi todo el mundo se han convertido en sendas carreras de ratas hacia ninguna parte. Con tanta presión psicológica como soportamos a diario, lo raro es que no haya más gente con la pinza floja de la que ya hay. Pero de todas formas hay mucha.
Todo eso puede acabar provocando una misantropía galopante en el más sociable. A mí casi me la provoca. Llegué a entender por qué Hunter S. Thompson dejó su carrera de famoso periodista y escritor estrella de la revista Rolling Stone para encerrarse en una casa en las montañas tras una alambrada electrificada, con un Colt Mágnum del 45 en el regazo para disparar contra cualquiera que se acercarse demasiado.
Pero volvamos a la web de contactos. Es como un bar de solteros virtual en el que entré un poco por curiosidad. Pero la curiosidad se me agotó pronto: a los cuatro días me aburrí de aquel catálogo de descripciones personales con foto en el que, salvo casos contadísimos, siempre se leía la misma autodescripción, con escasas variantes: me considero una persona alegre, romántica y divertida, me gusta mucho la naturaleza, deseo la paz en el mundo, busco un hombre amable, cariñoso y divertido. Allí todo era gente divertida que buscaba gente divertida. Parecía un casting para el Club de la Comedia.
No es que las virtudes que aquellas mujeres se atribuían a sí mismas, o que reclamaban a sus príncipes azules ideales, fueran de por sí malas, ni mucho menos. El problema es que sonaban demasiado a cliché y estereotipo, y la gente que recurre a una retahíla de clichés y estereotipos para describir el mundo o describirse a sí mismas denota una gran falta de imaginación. Y aún de inteligencia. Por lo menos, de capacidad de reflexión. Y la verdad es que ninguna de esas carencias me la ha puesto nunca dura.
Con todo, estoy hablando de las mujeres normales. Se puede ser normal siendo poco inteligente o poco imaginativo, eso no es incompatible: hasta es frecuente. De hecho, como ya dije antes, en este mundo lo más normal es ser mediocre. Luego estaban las que iban descaradamente a la búsqueda y captura de un matrimonio que les abriera las puertas de ese paraíso restringido (o así creen ellas que es: un paraíso. Pobrecillas) llamado Unión Europea: latinoamericanas, sobre todo, y alguna que otra rusa. Esas me provocaban cierta simpatía (la gente con coraje suficiente como para buscarse la vida a costa de lo que sea siempre me ha caído bien), pero no quise entrar en ese juego.
Y luego estaban las zumbadas.
Fanáticas de los horóscopos, intuidoras de conexiones cósmicas, separadas con o sin hijos en estado de amargura terminal, afectadas por trastornos bipolares, supervivientes de naufragios sentimentales con el síndrome de estrés postraumático, mutiladas emocionales. Todas ellas muy dignas de simpatía y aún de compasión, pero yo no soy una ONG, ni un psicólogo (Dios me libre), ni me metí en esto para rescatar a nadie de sí misma, cabalgando sobre mi caballo blanco enfundado en mi brillante armadura. No sé montar a caballo y no tengo más armadura que la que me proporcionan unos cuantos callos en el alma. De todas formas, dudo que el bar de solteros virtual sea el lugar adecuado para encontrar algún caballero de brillante armadura montado en un caballo blanco. Lo más normal será encontrarse con toda clase de mutilados emocionales, supervivientes de naufragios sentimentales con síndrome de estrés postraumático, afectados por trastornos bipolares, separados con o sin hijos en estado de amargura terminal, intuidores de conexiones cósmicas o fanáticos de los horóscopos. Quien esté seguro de no encajar en ninguno de estos grupos, que levante la mano. Yo no me atrevo a levantarla.
Claro que se pueden aplicar filtros. Pronto aprendí a fabricar un zumbómetro, para usarlo en las primeras correspondencias epistolares o a las conversaciones por Messenger con que, inevitablemente, empiezan todos estos contactos. Mantenía unos días, o semanas, la relación en un estadio puramente epistolar, instalado en un cortés distanciamiento, y si el dial del zumbómetro no se movía (o no se movía mucho), buscaba una primera cita en la tarde de un día de entre semana y en un lugar neutro, digamos una cafetería. Si el zumbómetro seguía sin dar señales de alarma, buscaba una segunda cita. Y si daba señales de alarma, entonces huy, qué tarde es, y yo mañana tengo que trabajar, lo siento.
Claro que el zumbómetro no es infalible, lo que provocó que me viese envuelto en alguna que otra experiencia más bien desagradable. Como ya explicaré en la segunda parte.



(continuará)

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