sábado, 6 de junio de 2009

De la dictadura del proletariado a la dictadura de la actualidad

El capitalismo ha conseguido ser percibido como un sistema sin recambio posible. La izquierda actual ha renunciado a elaborar propuestas de sistemas alternativos a ese sistema, elevado a la categoría de El Sistema. Ni siquiera se atreve ya a formular propuestas de reforma parcial del mismo; se limita a proponerse como benévola (y circunstancial) gestora.
La izquierda ya no se propone cambiar el mundo, sino ganar las próximas elecciones. No lanza propuestas programáticas, ni siquiera consignas, sino eslóganes.

La causa solidaria de moda
La izquierda ya no tiene propuestas ni alternativas que ofrecer porque para elaborar propuestas o alternativas primero hay que sentarse un rato a reflexionar, algo que hoy día no hace ni la izquierda ni nadie, porque todos andamos demasiado ocupados tratando de asimilar el constante bombardeo de información al que somos sometidos, en esta época más que en ninguna otra de la historia de la humanidad; ese interminable flujo de noticias de las que sólo se espera nuestra opinión efímera, antes de que la siguiente noticia desvíe nuestra atención en otra dirección. Y luego en otra, y en otra, y en otra y en otra. Este perpetuum mobile de la atención pública lleva a que los movimientos contestatarios sean coyunturales y de alcance limitado. Y en consecuencia, bastante inofensivos en el fondo. El activismo se ha convertido en ciberactivismo: un fugaz clic de ratón entre visita a la web porno y visita a The Pirate Bay (oh, fíjate qué radical soy, y cómo dinamito el sistema de la propiedad privada, siempre que no sea la mía), un acto efímero y casi inmediatamente olvidado que basta para solidarizarnos con las mujeres lapidadas en la república islámica del Sudán, o con los palestinos de los territorios ocupados, o con.............. (rellene la línea de puntos con la causa solidaria de moda). Después, y ya con la conciencia tranquila, seguiremos disfrutando de nuestro porno y nuestras películas gratis, mientras en el Sudán siguen lapidando mujeres y en Palestina siguen estrellándose contra el muro. Pero es que ahora toca preocuparse por.......... (rellene la línea de puntos con la causa solidaria de moda).
La izquierda ha adoptado esta estrategia de defensa de la causa solidaria de moda porque ya no dispone de ninguna otra estrategia de actuación. Ha aceptado la idea neoliberal de que las leyes del mercado son mágicas, inamovibles e inevitables, y desde el fracaso del socialismo real (un fracaso político, no económico; fue el descontento social ante la falta de libertad y no las contradicciones económicas lo que hundió a los regímenes socialistas de Europa del Este) se quedó sin modelo alternativo que defender: aquel fracaso abrió un necesario y saludable proceso de reflexión en la izquierda, que muy sensatamente se reafirmó en la defensa de la democracia burguesa (en adelante, la democracia a secas). Y en un no menos sensato abandono de todo lo que la alternativa económica socialista tenía de obsoleto y poco funcional. Lo malo es que no formuló ninguna propuesta alternativa (algo que, en estos tiempos de bancarrota capitalista en caída libre, haría mucha falta) sino que se centró en luchas reivindicativas de corto alcance, que aseguraban victorias rápidas y relativamente sencillas de lograr, que por lo mismo debían ser inmediatamente sustituidas por otras luchas reivindicativas de culminación igualmente sencilla y breve (contra las centrales nucleares, contra la caza de las ballenas, por la igualdad de derechos de las mujeres, de los negros o de los aborígenes, contra los alimentos transgénicos, contra la discriminación de los homosexuales, ¡por los derechos de los primates! Etcétera). También se mantienen ciertos tics maniqueos, como el antiamericanismo acrítico o el propalestinismo no menos acrítico, huecos de sentido real (todo maniqueísmo lo es), pero muy productivos como fábrica de eslóganes propagandísticos, en un sentido desagradablemente goebbelsiano de la propaganda.
Con este alumbramiento de la estrategia de la causa solidaria de moda y la política goebbelsiana[1] del eslógan, la neoizquierda se sumó a los nuevos medios de comunicación en la formación del caldo de cultivo necesario para el nacimiento de la dictadura de la actualidad.
La dictadura de la actualidad
Gracias a Internet, la Sociedad de la Información ha llegado a su estadio supremo. vivimos sumergidos en un fluir constante de actualidades parciales, coyunturales y efímeras que reclaman nuestra atención constantemente y que, en consecuencia, han neutralizado nuestra memoria a largo plazo, lo que conlleva la anulación de nuestra capacidad de reflexión. La dictadura de la actualidad se convierte así en un sistema anulador de disidencias poéticamente perfecto, porque bajo ella las voces opositoras no son reprimidas ni censuradas, no porque el libre mercado sea la condición imprescindible para crear una sociedad libre, como sermoneaba machaconamente el telepredicador Milton Friedman [2]: el modo de producción capitalista de libre mercado es un sistema de organización económica, no de organización política, y en la práctica ha funcionado sin entrar en contradicción bajo regímenes políticos democráticos, menos democráticos, autoritarios (como las dictaduras de Pinochet en Chile o de Videla en Argentina, que en lo económico fueron puestas como modelo de la utopía ultraliberal friedmaniana; incluso contaron con la bendición personal del profeta Milton) o hasta bajo un estado tan totalitario, antidemocrático, represor y... comunista como el de China (en la actualidad y en lo económico, otro modelo de paraíso ultraliberal bendecido personalmente por Friedman).
De hecho, los sistemas políticos que más problemas le plantean al capitalismo son, precisamente, los más democráticos, porque la opinión pública, cuando se la deja expresar libremente, y como el mismo Friedman reconoció[3] tiende a favorecer con su voto opciones más bien intervencionistas y socialdemócratas. Por eso la utopía ultraliberal friedmaniana sólo pudo establecerse en todo su esplendor bajo dictaduras tan férreas como las de Pinochet, Videla o el Partido Comunista Chino, cuyo brutal control de todos los resortes del poder les permitió ahogar en la raíz y en sangre cualquier tipo de disidencia.
Pero en el mundo real, cuanto más libre es el mercado más marcadas son las diferencias sociales, más son los pobres, menos son los ricos y más ancho es el abismo entre ellos. La gente se da cuenta, y por eso en la práctica, cuanto más democrático sea el régimen político más difícil resulta reconducir su sistema económico hacia los postulados ultraliberales del mercado puro: el voto popular y los agentes sociales no tardan en reaccionar en contra. A menos que una catástrofe, fortuita o provocada, anule su capacidad de reacción sumiéndoles en un estado de shock colectivo que, según Friedman, las fuerzas pro mercado libre deben aprovechar para efectuar rápidamente todas las reformas necesarias[4]. Una vez hechas éstas, la atención pública recién recuperada del shock estará demasiado ocupada asimilando el torrente de noticias nuevas como para acordarse de ese gol que le han metido.
Ciertamente, la dictadura de la actualidad no es ningún invento maquiavélico de ningún Think Thank de neoliberales conspirativos. Existir existen, pero su capacidad conspirativa y su memoria a largo plazo está tan mermada como la del resto de la sociedad. No, la dictadura de la actualidad ha surgido por generación espontánea, como efecto colateral de la revolución informática. Y ha provocado grandes consecuencias culturales, sociales y políticas
Consecuencias culturales
“El modo de producción capitalista es hostil a ciertas ramas de la producción espiritual, tales como el arte o la poesía”[5]. Más que nada, porque los bienes de producción espiritual (o artística) no se agotan con su consumo, sino que se pueden volver a consumir de forma indefinida sin que pierdan su valor en el proceso (una novela o una película siempre es la misma novela y la misma película, con el mismo valor, todas las veces que alguien la lee o visiona) ni sufran depreciación, como otro tipo de bienes, y eso contradice la lógica del modo de producción capitalista. Gracias a la dictadura de la actualidad, esa contradicción ha desaparecido: por su causa los libros, las películas, la música y hasta el arte plástico ya no se perciben como obras perdurables, integrantes de una tradición estética o cultural a la que refuerzan, mantienen o renuevan, obras sobre las que volver y reflexionar en función de un antes, un después y un entretanto. Hoy en día se perciben como productos de moda, temporada y consumo efímero, fast-food que se consume deprisa y se defeca más deprisa aún. Lo que hay que leer es la última novedad editorial y lo que hay que ver es el último estreno. Lo anterior a eso ya no existe. En los media y en la mente del público un escritor es el autor de su última novela, un director o un actor lo son de su última película. Los cine-fórums y las tertulias literarias han desaparecido, y las nuevas generaciones probablemente ni siquiera entiendan el concepto. Gracias a la dictadura de la actualidad, la lógica del modo de producción capitalista ha resuelto por fin la anomalía de la producción artística.
Consecuencias políticas
Este modo de funcionamiento, gracias en parte a la sinergia con la estrategia de la causa solidaria de moda, se ha instalado en la actividad política: los partidos, las opciones políticas (de derecha o de izquierda, tanto da) ya no son organizaciones dedicadas a instaurar o mantener determinado modo de ordenamiento social o económico, pues esto implicaría embarcarse en un proyecto de continuidad y con objetivos a medio y largo plazo, algo inaprensible para la memoria de pez de una opinión pública sometida a la dictadura de la actualidad. Así que han sustituido el debate ideológico general por batallas puntuales sobre temas de actualidad puntual, buscando el titular en los medios, buscando el voto para la próxima convocatoria electoral (el único objetivo real).
A la derecha esta estrategia le beneficia: sus ideales triunfan aunque ella no lo haga. La izquierda, en cambio, al entrar en este juego ha tenido que renunciar implícitamente a su objetivo histórico: construir un sistema social y económico más igualitario, con un reparto de la riqueza más equitativo y un acceso más generalizado a los recursos educativos, sanitarios y financieros. Esto se consigue, fundamentalmente, mediante el control político de los mercados y las fuentes de producción y financiación, mediante un sistema de impuestos que contrarreste las desigualdades en el reparto de la renta y mediante una inversión pública que asegure la producción de los bienes y servicios claves para el interés social[6] pero que no son rentables en sí mismos, como la sanidad, la educación o los subsidios sociales que evitan la marginación económica de los miembros más desfavorecidos de la sociedad: los desempleados, los ancianos y los discapacitados físicos y psíquicos.
En realidad, el modelo económico es lo único que diferencia realmente a las opciones políticas de izquierda y de derecha, pues existe (no siempre, por desgracia, pero es deseable que exista) un consenso básico entre las opciones políticas de derecha e izquierda en cuanto al modelo político (democracia a secas, sin los indeseables apellidos de “burguesa” o “popular”) en cuanto a la salvaguarda de las libertades públicas y en cuanto a la salvaguarda de la libertad de expresión. La defensa de este modelo no es de derechas ni de izquierdas: es, o debería ser, innegociable, pues más allá de él no hay más que abismos y monstruos, como en los mapamundi medievales.
Y si la única diferencia entre la derecha y la izquierda es la propuesta económica, la única batalla posible es en el terreno del ordenamiento económico. La derecha defiende el menor intervensionismo en los mecanismos de mercado en un sistema donde el que más capital posea también disfrute de mayores privilegios económicos (ellos lo llaman “libertad de mercado”), en la convicción de que los ricos generan riqueza. La izquierda aboga por un mayor control del mercado, tendente a evitar sus efectos indeseables en los sectores económicamente más débiles de la ciudadanía, y a un reparto más compensado de la renta, en la convicción de que la desigualdad económica lleva a la (inadmisible) desigualdad política[7].
Pero esto implica que la izquierda vuelva a elaborar, propuestas alternativas y a largo plazo de modelo económico y deje de centrarse en la defensa de la causa solidaria de moda. Que, por otra parte pueden ser o sospechosamente criptofascistas (como defender a los trabajadores británicos contra los trabajadores inmigrantes italianos) o, en el mejor de los casos, perfectamente transversales: no hay ninguna contradicción profunda en que un votante de derechas defienda el ecologismo, o los derechos de las mujeres, o critique el muro de palestina, o abogue por los derechos de los primates, o por el aborto libre y gratuito. Como tampoco hay ninguna contradicción política profunda en que un izquierdista no se sume a estas iniciativas. De hecho, si la derecha se ha desmarcado de la lucha contra el cambio climático, o contra la guerra de Irak, o a favor de los derechos de los palestinos (por ejemplo) es sólo porque la izquierda se las ha apropiado. Culpa del sectarismo de la derecha, sin duda. Pero también culpa del sectarismo de la izquierda. Una izquierda que, encima de haber olvidado su responsabilidad histórica, con frecuencia malgasta la pólvora en pavadas.
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[1] "Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil" Joseph Goebbels.

[2] Él mismo se describió como “un predicador a la antigua pronunciando el sermón de los domingos” (Milton Friedman, Inflation: Causes and Consecuences).

[3] Milton y Rose Friedman, Tyranny Of The Status Quo.

[4] Friedman, con su teoría del “tratamiento de shock” vino a hacer una adaptación a sus propios fines del concepto teórico marxista de “dictadura del proletariado”: abrir un periodo transitorio en el que se suspende la estricta observancia del funcionamiento democrático para que, aprovechando la inercia del peso de los acontecimientos (la revolución, la crisis, el trauma colectivo) una élite preparada tome el poder para efectuar rápidamente y sin impedimentos los cambios que crea necesario hacer para conseguir lo que creen el bien común, sin tomar en cuenta la opinión pública en contra y antes de que se restablezca la normalidad democrática.

[5] Karl Marx, Teorías sobre la plusvalía.

[6] Esta última idea no es patrimonio exclusivo de la izquierda socialista: “El concurso de los gobiernos se justifica cuando están en cuestión los bienes públicos básicos”, dejó dicho el padre del liberalismo económico, Adam Smith, en La riqueza de las naciones.

[7] “Puesto que la libertad es el resultado y la expresión de la solidaridad –es decir, de la reciprocidad de intereses–, sólo puede ser realizada en condiciones de igualdad. La igualdad política sólo puede basarse sobre la igualdad económica y social. Y la justicia es precisamente la realización de la libertad a través de dicha igualdad” Mikhail Bakunin,
El programa de la Alianza para la revolución Internacional.
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