sábado, 18 de septiembre de 2010

las gitanadas de Sarkozy




Policías del Reich en Austria  reuniendo familias gitanas para deportarlas a Polonia. Septiembre-diciembre de 1939. (Dokumentationsarchiv des Oesterreichischen Widerstandes)
En Europa no hay apenas antisemitismo, más que nada porque no hay apenas judíos. Antes había más, y el antisemitismo era algo tan tradicional y castizamente europeo, tan identitario del ser europeo, como dicen que lo son los toros del ser español. De hecho, con los mismos argumentos con que algunos defienden la pervivencia de la fiesta brava, se podría defender la recuperación de los pogromos, mira por dónde.
Tan asumido estaba el antisemitismo que dejó rastro en el lenguaje (llamar judío a un gentil es un insulto que le califica de usurero o estafador, o de afecto a hacer judiadas) y que la promesa de meterlos en cintura le sirviera a un político que se parecía a Charlie Chaplin, líder de un partido que más parecía un club de frikis aficionados a las ciencias ocultas y a los uniformes de opereta, conseguir suficientes votos en la República de Weimar como para ser nombrado canciller.
Y cuando el político que se parecía a Charlie Chaplin empezó a meter a los judíos en cintura (poca cosa al principio: unas cuantas expulsiones, unas cuantas deportaciones, unas cuantas reclusiones en guettos, unas cuantas prohibiciones de entrar en bares y restaurantes para gentiles) el resto de los europeos no dijo que aquello estaba bien, pero tampoco dijo que estaba mal: o a veces sí, lo decían, pero muy flojito y como para cubrir el expediente. Porque oye, al fin y al cabo son judíos, y ¿a ti te gustaría tener judíos viviendo en tu vecindario? ¿O tropezártelos en tus bares y tus restaurantes? No, claro que no.
Unos años y una guerra después, cuando los soldados aliados entraron en los campos de concentración y descubrieron los hornos crematorios y las fosas comunes, los europeos se enteraron de cómo había acabado la metida de los judíos en cintura. Entonces se escandalizaron mucho, condenaron toda forma de antisemitismo y se volvieron todos simpatizantes de los judíos. El cambio de actitud les salía barato; porque entre los judíos que murieron en los campos, los que huyeron de la quema —nunca mejor dicho— durante la guerra y los que emigraron al recién creado estado de Israel después de ella, Europa se había quedado tan limpia de judíos que poco sentido tenía ser antisemita, y poco trabajo daba ser simpatizante de los judíos. Porque Israel estaba convenientemente lejos de Europa, en tierra de moros, y allá se apañen entre ellos. Así que Hitler (ese político que se parecía a Charlie Chaplin) nos hizo a los europeos un gran favor: gracias a él nos sale barato ser simpatizantes de los judíos.
Pero si el antisemitismo prácticamente desapareció de Europa, no pasó lo mismo con el antigitanismo, tan tradicional y castizamente europeo, tan identitario del ser europeo como había sido el antisemitismo. Tanto que hasta ha dejado su huella en el lenguaje (Gitano: que estafa u obra con engaño. Gitanada: Adulación, chiste, caricias y engaños con que suele conseguirse lo que se desea). Y eso, a pesar de que a los gitanos el político que se parecía a Charlie Chaplin y sus alegres muchachos de la esvástica les aplicaron exactamente la misma solución final que a los judíos. Que en el balance final del Holocausto hubiera menos gitanos muertos que judíos se debe, sencillamente, a que la población gitana era menor que la judía. Pero si pasamos de las cifras absolutas a los porcentajes, los números son, más o menos, los mismos. Y como los gitanos son menos, no tienen lobbies ejerciendo de grupos de presión en Washington y viven, en buena parte por propia voluntad, aislados dentro de los límites mentales de su propia comunidad monoétnica, poca gente se enteró de que también había huesos de gitano en los crematorios de Austchwitz. y nadie se acordó de ellos. Ni siquiera sus compañeros de infortunio los judíos, a quienes les era propagandísticamente muy provechoso ser vistos como las únicas víctimas del Holocausto, que ellos llaman Soah y los gitanos Samuradipén. Ambas palabras significan lo mismo, “genocidio”, respectivamente en hebreo y en romaní, y ambas se escriben con mayúscula cuando se refieren, específicamente, al holocausto de los suyos.
Además, los gitanos supervivientes no se fueron a ninguna parte; siguieron aquí, en Europa, de donde son tan aborígenes como los apaches lo son de los Estados Unidos (e igual de puteados por la mayoría blanca). De hecho ¿Hay alguien más genuinamente norteamericano que un indio apache? ¿Hay alguien más genuinamente europeo que un gitano?
Porque los gitanos siguen estando aquí, ser simpatizantes de los gitanos no nos sale tan barato como ser simpatizantes de los judíos. Y por eso no lo somos, claro está. Quizá, si tras el Samuradipén, los gitanos supervivientes se hubieran marchado a crear un estado gitano… Pero a nadie se le ocurrió esa solución. Ni a los propios gitanos, que nunca la han pedido. Y mejor que sea así, por la cuenta que les trae: pues un hipotético estado gitano, de existir, debería existir necesariamente en Europa (¿hay alguien más genuinamente europeo que un gitano?) y nadie aquí iba a estar por la labor de cederles terreno a los gitanos para crear su estado: eso que lo hagan los palestinos, no te jode.
Así que seguimos teniendo gitanos, y en consecuencia seguimos teniendo antigitanismo. Porque oye, al fin y al cabo son gitanos, y ¿a ti te gustaría tener gitanos viviendo en tu vecindario? ¿O tropezártelos en tus bares y tus restaurantes? No, claro que no.
—¿Y por qué no?
—No me dirás que tienes gitanos en el vecindario y te quedas tan tranquilo.
—Soy del barrio de Gracia de Barcelona, así que siempre he tenido gitanos en el vecindario. Y en la cola de la panadería, y en la de la pescadería, y me los tropiezo en mis bares y mis restaurantes. Y, francamente, no entiendo dónde está el problema.
—Bueno, pero es que los gitanos de tu barrio no son gitanos gitanos…
—Son gitanos.
—Pero no son gitanos del todo, gitanos de verdad, gitanos gitanos. Ésos son gitanos domesticados…
—Los gitanos del barrio de Gracia están tan domesticados como sus convecinos los payos: unos y otros son gente de clase media, con su empleo o su pequeño negocio familiar, con su hipoteca o su contrato de alquiler, con su coche del que tienen que pagar las letras…
—Pues eso, que no son gitanos de verdad…
—¿Y qué hay que tener para ser un gitano de verdad? ¿Afición a robar gallinas?
—Algo así.
—¿De la misma forma que para ser un español de verdad hay que tenerle afición a los toros, o para ser un catalán de verdad hay que tenerle afición al nacionalismo?
Juro por la bondad de Buda que he sostenido conversaciones como ésta, y que no me he inventado lo de “gitanos domesticados”; me lo soltó alguien de cierto nivel social, cierto nivel cultural y hasta cierto pedigrí progre, de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque me acuerde. Y se quedó tan ancho, el tío.
Pero las estadísticas nos dicen que entre un cuarenta y un sesenta de la población española (y europea) piensa más o menos así. No sé si en ese porcentaje se incluye el actual presidente de la República Francesa, ya saben, el marido de Carla Bruni. Se da la circunstancia de que es descendiente de judíos húngaros (Carla no; su marido), así que es más que probable que tenga alguna relación familiar directa con el holocausto. Pero como es un político, le gusta inclinarse hacia donde sopla el viento electoral, sobre todo si sale barato. Actualmente los fantasmas de la crisis, el paro y el miedo están haciendo que el viento electoral europeo cada vez sople más del lado xenófobo, y siempre saldrá más barato expulsar hacia la frontera a unos cuantos indigentes que de todas formas no votan que meterse en difíciles reformas económicas que corren el peligro de cabrear a los grandes inversores, que además de votar tienen muchos mecanismos de presión a su alcance.
Además —pensó el marido de Carla—si ese italianini payaso de Silvio Berlusconi ya lo hizo y le salió bien, ¿por qué no ha de salirme bien a mí? Así que se ha lanzado a deportar a comunidades enteras de ciudadanos europeos de pleno derecho (lo que les garantizaría, en principio, la libertad de moverse sin restricciones por el territorio de la Unión Europea) que no han sido acusados de ningún delito. (pero alguno habrán cometido, ya saben, son gitanos, y los gitanos le tienen afición a eso de robar gallinas).
De hecho, el único delito que las autoridades francesas les han podido imputar es el de ser gitanos, ser pobres y estar sucios. Y que, vaya, a nadie le gusta tenerlos en el vecindario.
El marido de Carla se ha cabreado porque la comisaria europea de justicia, Viviane Reding, ha insinuado paralelismos entre esas expulsiones y las cometidas en los primeros años del nazismo. El marido de Carla se queja de que eso insulta a Francia. Alguno podría pensar (yo lo pienso a veces, cuando tengo el día tonto) que quien en realidad insulta a Francia, tradicionalmente nación acogedora de refugiados, es él. Pero una gran parte de la opinión pública francesa aprueba su actuación y envidia el palmito de su esposa. El resto de los líderes europeos no han dicho que eso está bien, pero tampoco ha dicho que esté mal: o a veces sí, lo dicen, pero muy flojito y como para cubrir el expediente. Porque oye, al fin y al cabo son gitanos, y ¿a ti te gustaría tener gitanos viviendo en tu vecindario? ¿O tropezártelos en tus bares y tus restaurantes? No, claro que no.
De seguir las cosas por este camino, el marido de Carla le va a hacer un gran favor a los europeos: conseguir que el antigitanismo deje de ser necesario, y que ser simpatizante de los gitanos nos salga barato.
¿Qué hay más europeo que un gitano?
La hipocresía.
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