domingo, 31 de octubre de 2010

Ficción, no ficción y Sánchez el Dragón

Cuando yo estudiaba periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona me enseñaron que  uno de los axiomas de la profesión es la diferencia entre los hechos y las opiniones. Y que, si bien las segundas deben fundamentarse en los primeros, existe una línea roja infranqueable: escribir bajo la etiqueta “información” excluye toda opinión, y si la incluyes, debes cambiar la etiqueta. Claro que de esto ya hace mucho tiempo, y las cosas pueden haber cambiado: tanto como para que ese insigne periodista llamado Federico Jiménez-Losantos afirmase bajo juramento, ante el juez y sin despeinarse que en periodismo es prácticamente imposible desligar información de opinión. Bien es verdad que Federico Jiménez-Losantos no estudió periodismo en mi facultad. Ni en ninguna otra. Y  que cuando dijo aquello se enfrentaba a un juicio por difamación, que por cierto perdió (igual el juez sí había estudiado en mi facultad, vete a saber).

De la misma forma, en literatura existe una línea roja infranqueable entre la no ficción (eso a lo que Arcadi Espada da el cursi nombre de “faction”) y ficción. Y aunque la segunda siempre se base, poco o mucho pero inevitablemente, en la primera, escribir bajo la etiqueta “no ficción” (puedes llamarlo “faction”, si eres un cursi o eres Arcadi Espada) excluye todo tipo de invención ficcional literaria. Y si la incluyes, debes cambiar de etiqueta, y dejar bien claro que aquello es una novela.
A mí me parece que la distinción es sencilla, clara y fácil de entender. Pero parece que  a muchos les cuesta tanto distinguir los dos géneros literarios como a Federico Jiménez-Losantos le cuesta distinguir los dos géneros periodísticos. Por eso nunca han faltado quienes se han dedicado a condenar los crímenes sexuales que el Marqués de Sade sólo perpetró con la pluma, o quien le reprocha inexactitudes históricas a una novela de Dan Brown.
Fernando Sánchez-Dragó es uno de ellos. O no. O sí. O eso quiere hacernos creer, porque ahora le conviene. hace poco publicó un libro de conversaciones con Albert Boadella, llamado Dios los cría. Un libro que cae dentro del género periodístico de opinión y dentro del género literario del ensayo, o no ficción. Y en ese libro cuenta que en 1967 se acostó con dos lolitas japonesas de trece años (él no las llama lolitas, sino zorritas, que aunque rime no es lo mismo; pero entre lo soez y Nabokov yo prefiero a Nabokov). Lo cuenta vanagloriándose de que ahora no le pueden incriminar por ello, porque el delito ya ha prescrito. Vanagloria vana, pues en realidad no hay tal delito, al menos según el código penal español, que establece los trece años como la edad mínima para el consentimiento en las relaciones sexuales. Pero sin duda viste mucho y queda muy provocador desafiar con tanta chulería la legalidad vigente, tan políticamente correcta ella.
Pero si la legalidad vigente no tenía nada que decir sobre su aventura pedófila, la sociedad parece que mucho; pues, más allá de los talibanismos de la corrección política, que haberlos háylos, los adultos que se aprovechan sexualmente de los niños despiertan una repugnancia casi universal. Aunque a mí, personalmente, más que la edad de las lolitas, me llamó la atención lo de “zorritas”; vaya, que se las folle es más o menos feo, pero que encima las insulte es decididamente mezquino.
Bueno, pues a cuenta del episodio de las lolitas se armó la que se podía esperar.  Y al dragón va y se le arruga la chulería y dice que donde dijo digo dijo Diego. Que no era verdad, que era “una anécdota trivial convertida en literatura” Que se inventó un manga hentai (cómic pornográfico japonés frecuentemente protagonizado por colegialas) con él de protagonista. Que ni eran dos, ni tenían trece años, ni se las tiró. Que todo era, vaya, una ficción literaria... escrita en un libro de no ficción. Una de dos: o no sabe distinguir ficción de no ficción, en cuyo caso es un idiota, o sí lo sabe e intentó colar una trola para hacerse el interesante, en cuyo caso es un bocazas, o aquello era verdad y la trola la intenta colar ahora, para salvarse de la quema, en cuyo caso es un hipócrita. Más opciones no le veo. 
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