sábado, 13 de agosto de 2011

La empresa ya no necesita sus servicios


Me despidieron un viernes. El viernes es un día propicio a los despidos: la mayoría de los manuales sobre cómo efectuar un despido (existen, sí) recomiendan hacerlo en viernes. A última hora, a ser posible. Para poder poner en la calle al despedido antes de que tenga tiempo de reaccionar, y con todo un fin de semana por delante para que se enfríe, él y sus compañeros —ya ex-compañeros— de trabajo. Porque, del mismo modo que cuando las gallinas del corral ven como le cortan el pescuezo a una de ellas, del susto dejan de poner huevos, el día que despiden a alguien, y el siguiente, la productividad de la empresa, o del departamento, baja en picado:   en todo lo que son capaces de pensar todos es en cuándo les llegará el turno a ellos. Según los manuales del buen despedidor, mejor que piensen en ello, y se indignen si procede, durante el sábado y el domingo, en vez de en horas de oficina: así esa ventana de falta de productividad no afectará a la empresa. Y el lunes, ya enfriados, volverán al gallinero cabizbajos y contentos de que esta vez no haya sido su pescuezo el cortado. Esta vez.

La empresa para la que trabajaba entonces era una gran multinacional de las comunicaciones, con sede en Londres y Amsterdam. Yo era el redactor jefe —y único redactor en plantilla— de una de las revistas técnicas que publicaba. La crisis no había hecho entrar a la empresa en pérdidas, pero había hecho que disminuyeran sus beneficios. O sea, que según su punto de vista habían tenido pérdidas: pérdidas de beneficios. Para solucionarlo habían decidido incrementar el volumen de trabajo, pero con menos gente. Que viene a ser lo mismo que hacer correr más la locomotora echando menos carbón en la caldera. A uno en su simpleza lega eso le puede parecer un contrasentido, pero los licenciados en Empresariales de Esade lo ven la mar de lógico.
O sea que ya hacía unos cuantos viernes que cortaban pescuezos. Por eso, si era viernes y aparecía en la delegación de Barcelona la directora de Recursos Humanos, recién llegada de la central española en Bilbao, con sus Manolos negros, su blusa de Carolina Herrera,  su chaqueta de Hugo Boss y ese rictus arrogante que te dan en Esade junto con el diploma, todos los esfínteres anales se contraían, y la contracción provocaba que todos los culos se removieran sobre todas las sillas ocupadas por un culo (cada vez menos culos, cada vez más sillas vacías arrinconadas en el almacén). Todos los dueños de todos los esfínteres lo mantenían inconscientemente apretado  mientras la directora de recursos humanos se encerraba en la sala de reuniones con el director de la delegación y los representantes sindicales. Entonces todos esperaban oír sonar un teléfono, y todos rezaban porque no fuera el suyo. Aquel a quien le sonaba el teléfono entonces podría partir una nuez con el ano, si en ese momento tuviera una nuez ahí encajada, cosa harto difícil, porque de tan apretado como se le ponía ni un pelo de gamba cabía.
—¿Diga?—decía entonces el del ano contracturado, tras descolgar el auricular.
—Fulanito—decía entonces la voz del director de la delegación, al otro lado del hilo— ¿Puedes venir a la sala de reuniones?
Un viernes fue mi teléfono el que sonó.  Y dije diga, y al otro lado mi jefe, el director de la delegación, me preguntó que si podía venir a la sala de reuniones. Claro, respondí. Colgué y me levanté sin mirar a nadie, pero sabiendo que todos me miraban a mí. Mientras caminaba hacia la sala de reuniones pensé que así debió sentirse Gary Cooper en Solo ante el peligro mientras caminaba a solas por la calle mayor, hacia los pistoleros que acababan de bajar del tren, mientras sus vecinos le observaban ocultos tras las cortinas de sus casas.
No esperaba encontrar en la sala a la directora de Recursos Humanos. Para entonces ya hacía unos cuantos viernes que había dejado de venir, y en vez de eso enviaba las notificaciones de despido por valija interna al director de la delegación, quien quedaba así encargado de efectuar tan desagradable tarea. Pero cuando entré en la sala de reuniones, resultó que la directora de Recursos Humanos sí estaba allí: medía medio palmo de alto, era de color gris oficina y reposaba sobre la mesa. Bueno, no era la directora, era un teléfono. Se suponía que al otro lado de la línea estaba la directora. Eso me dijo mi jefe mientras me ponía bajo las narices la notificación de despido y los papeles del finiquito, diciéndome que si la crisis, que si la revista se cerraba porque últimamente no conseguía beneficios. También me dijo que si tenía cualquier cosa que comentar podía llamar a la directora de Recursos Humanos en aquel mismo momento, por aquel mismo teléfono Dije que no hacía falta. El pareció un poco decepcionado. Quizá deseaba que llamara, quizá hasta deseara que me pusiera bronco y borde con la directora de Recursos Humanos, esa mala puta que se había escaqueado de sus obligaciones imponiéndole a él la tarea de despedir a su gente.
 Pero yo no tenía nada que decirle a la directora de Recursos Humanos. Y, francamente, favor que me hacía al ahorrarme su presencia, la de su blusa de Carolina Herrera, su chaqueta de Hugo Boss y su rictus de Esade.
—La ley nos obliga a comunicarte el despido con quince días de antelación, pero como ya no se va a editar ningún número nuevo de la revista, puedes irte hoy mismo: los quince días te los abonamos—dijo mi, ya, ex–jefe. De acuerdo, respondí yo. Firmé el recibo, recogí el cheque y le pregunté al representante sindical si me podía recomendar un buen abogado laboralista. Podía: durante las últimas semanas lo había hecho con frecuencia. Volví a mi mesa para recoger mis cosas. También quise enviar un e-mail de despedida por el correo interno, pero mientras estaba reunido  habían deshabilitado mi contraseña de acceso a la intranet de la empresa.
El abogado laboralista se notaba que, últimamente, practicaba mucho, porque en reconoció a la empresa, y con un simple vistazo a la agenda supo a quién debía telefonear. Con un par de llamadas y la interposición de un recurso consiguió casi duplicarme la indemnización, alegando despido improcedente.
Cuatro meses después me llamaron de la competencia. Andaban buscando un redactor a media jornada, Ellos me conocían y yo les conocía, al fin y al cabo trabajábamos en el mismo sector y nos pisábamos la clientela. La competencia no era una multinacional, sino una empresa de capital familiar, de esas en las que el staff directivo son el padre, el suegro y el cuñado. Habían subido en el sector a codazos y a base de ofrecer la publicidad en sus revistas mucho más barata que la competencia. Más de una vez, en la redacción, el comercial encargado de la publicidad de mi revista se había derrumbado en la silla de al lado, con la mirada abatida y el nudo de la corbata flojo. Acaba de perder otro anunciante.
—No entiendo cómo pueden ofrecer esos precios ¡tienen que perder dinero a la fuerza! Yo lo perdería aunque cobrara los anuncios al doble de a como los copian ellos ¡Y es que incluso ofrecen pagarlos a plazos!
Probablemente perdían algo de dinero cobrando tan barato, pero menos que nosotros, la competencia, que perdíamos más porque no cobrábamos nada. Claro que sus gastos eran menores: una parte de las noticias se las plagiaban a la competencia, y la otra parte eran comunicados de prensa transcritos tal cual. Churnalismo del bueno. Y el churnalismo sale muy barato.
Además, había que reconocérselo: trabajaban muy duro. Cuando los demás íbamos a alguna feria internacional (se va mucho a ferias sectoriales, cuando trabajas en prensa técnica) hacíamos lo que se suele: pasearnos por la feria para conseguir contactos, enterarnos de alguna novedad y atracar el bar de la sala de prensa junto con los colegas de la competencia. Y, por la noche, reunirnos con esos mismos colegas de la competencia para cenar por ahí y atracar algún otro bar. Los únicos que no solían ir eran los de esa empresa, que además de algún comercial y algún redactor enviaba a la feria supervisores, que les tenían controlados el trabajo al segundo. Así que nada de hacer el vago en el bar de la sala de prensa. Y nada de ir a cenar y a emborracharse con la competencia.  Desayunaban, almorzaban y cenaban juntos, con sus supervisores presentes, el tiempo limitado y la obligación de planificarse el trabajo mientras comían. Y sin ninguna dieta ni plus en el sueldo, por supuesto. Cuántas veces, de palique con algún profesional del sector en el stand de su empresa mientras nos tomábamos unas cañas (en muchos stands suelen poner grifo de cerveza, para amenizar las negociaciones)  al verlos pasar en rebaño, con caras de agobio y un supervisor pastoreándolos, pensé que tenía mucha suerte de no trabajar en semejante empresa.
Pero uno no puede escupir nunca al aire, porque el viento puede cambiar  y devolverle el esputo a la boca. Así que allí estaba, en el despacho del director general de la empresa a la que, una vez, sugerí denunciar y de en la que, muchas veces, agradecí no estar trabajando. La empresa sería pequeña, pero el despacho era enorme, y estaba presidido por un enorme escritorio. Era un despacho lleno de trofeos, fotos enmarcadas y librerías cargadas de libros con todos los lomos exactamente iguales. Un despacho infrautilizado por una sola persona, mientras el resto del personal se hacinaba en un espacio proporcionalmente mucho más pequeño. Comparado con aquel despacho el de mi ex jefe, el director editorial en Barcelona de una importante multinacional, era un armario de escobas.
Además de tener un gran despacho, el director escribía una columna de opinión, hablando sobre temas de economía y empresa, que se publicaba en todas y cada una de sus revistas. No es que estuviera muy bien escrita ni que explicase nada más allá de unos cuantos lugares comunes repetidos hasta la saciedad en cualquier reunión de pequeños y medianos empresarios; ni siquiera era que a los lectores ni a los anunciantes les interesara demasiado la dichosa columnita, pero el ego es un animalito muy voraz y hay que echarle de comer.
La verdad es que fue la entrevista de trabajo más sencilla que he hecho nunca. El director casi ni se miró mi currículum. Sólo me dijo que pretendía incorporar una persona más a la redacción, porque andaba sobrecargada de trabajo.
—Pero de momento sólo media jornada. Sin contrato. Tendrás que facturarnos como si fueras un proveedor autónomo.
—A ver: tengo que venir aquí todos los días, de nueve a dos, como si fuera un asalariado de plantilla, pero debo facturar como si fuera un profesional libre ¿es eso?
—Eso es. Aunque para dentro de seis meses, al empezar el nuevo año, tengo previsto reformar la estructura y añadir un nuevo redactor a jornada completa y en plantilla. Y el puesto sería para ti.
Acepté. Convencí a una amiga que tenía un estudio de diseño (consistente en un ordenador y un teléfono en una habitación de casa, con ella como todo personal) para que me arreglara las facturas. Porque si me daba de alta como autónomo se me iban en cuotas más de la mitad de lo que me pagaban allí. Y empecé a ir todos los días de nueve a una a una redacción donde hacían falta, al menos, tres personas más. Fui básicamente a churnalear para la que fuera la revista técnica de las muchas que se publicaban que necesitaba cerrar redacción con mayor urgencia. También hice unas cuantas llamadas para refrescar mis antiguos contactos.
—Hola, ¿me recuerdas? Vuelvo a estar en activo. Y no te vas a creer para quién estoy trabajando ahora.
—Pues no, ¿para quién?
Se lo decía.
—No jodas…—era la casi inevitable respuesta.
—Pues sí, así están las cosas. Así que, si tienes alguna cosilla…
—Sí, hombre, claro.
Así que, aparte del churnalismo puro y duro que por razón de exceso de trabajo y falta de personal era necesario practicar en aquella redacción, conseguí un par de reportajes bastante decentes para la revista sobre tecnología de fabricación en madera que, antes, había sido mi competidora directa.  Y como en este mundo el esfuerzo tiene su recompensa, al cabo de unos meses el director me llamó a su despacho.
—El último número de la revista de la madera está muy bien—dijo— ha subido mucho el nivel de los contenidos. Y eso es, sin duda, gracias a ti.
Agradecí modestamente el cumplido. Aquello parecía un comienzo prometedor.
—Te he llamado porque voy a reestructurar  la redacción—dijo él a continuación. Aquello sonaba aún más prometedor— Voy a incorporar a una persona más, a jornada completa—aquello era terriblemente prometedor.
—Pero como a esa nueva persona no podría pagarle lo que tú te mereces por tu nivel, voy a cubir la plaza con un becario—continuó— Pero espero que continúes trabajando para nosotros como colaborador free lance, para mantener ese plus de calidad que has aportado a los contenidos.
Hijo de la grandísima puta, pensé yo entonces. Pero sólo dije.
—Claro.
Así que me fui a casa, a trabajar a seis euros la página, lo que es muchísimo menos de lo yo me merecía por mi nivel, y también muchísimo menos de lo que se merecería el redactor más patoso e inútil que pudiera hallarse en la profesión, aunque escribiera estando borracho. Pero no estaba en condiciones de renunciar a un ingreso, por raquítico que fuera, y acepté. Y durante los siguientes meses estuve consiguiendo las entrevistas y los reportajes que me encargaban (entre cuatro y seis por mes) con acceso a la intranet de la empresa desde mi ordenador personal, y los gastos de gestión en la búsqueda de información a mi cargo. Hasta que un mes me llegó un correo electrónico comunicándome que, como la empresa iba muy bien y había entrado en un proceso de expansión, habían vuelto a reestructurar la redacción en delegaciones de zona con personal fijo, por lo que mis servicios como colaborador externo ya no eran necesarios.
En cuanto acabé de leer el mensaje, el acceso que desde mi ordenador personal tenía a la intranet de la empresa se desconectó. Y eso fue todo.
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