domingo, 16 de mayo de 2010

Que parezca un accidente

El juez siciliano Giovanni Falcone fue el primero en ser calificado de “juez estrella”. Sus implacables investigaciones sobre la Mafia no se detuvieron en la detención del matón cabeza de turco de turno, sino que se metieron en donde más daño podían hacer, en el entramado económico-financiero, tirando de los hilos que conducían a los respetables banqueros, abogados, empresarios y cargos municipales que no eran Mafia propiamente dicha pero gracias a los cuales la Mafia era mucho más que una asociación de matones. Por su implacabilidad e insobornabilidad Falcone tuvo que vivir con escolta y se creó muchas antipatías entre los altos círculos del poder político, económico y aun judicial, que se traducían en comentarios despectivos a sus ”desmedidas ansias de protagonismo” y el apelativo, despectivo en origen, de “juez estrella”.
En 1992 Falcone iniciaba las investigaciones sobre el entramado político de la Mafia. Los hilos, en este caso, se enredaban en los principales partidos políticos, casi todos pringados (y en especial el partido entonces en el poder, la Democracia Cristiana) prácticamente con la única salvedad del Partido Comunista, y llegaban hasta las más altas instituciones de la misma Roma. El 23 de mayo de ese año, gracias sin duda a un chivatazo interesado, una bomba colocada por el clan de los Corleoneses hizo saltar por los aires el automóvil blindado donde viajaba el juez, matándole a él, a su esposa y a tres policías miembros de su escolta. Ese día en muchos despachos de Italia, sin duda, se oyeron muchos suspiros de alivio. Y, posiblemente, algún que otro taponazo de champán descorchado.
En 2009 otro juez calificado de juez estrella, el español Baltasar Garzón, quien suele mencionar a Falcone como su modelo y referente, instruyó la investigación de lo que se vino en llamar el caso Gürtel: una extensa red de corrupción en la que podrían estar implicados muchos miembros relevantes y cargos institucionales del Partido Popular, además de importantes empresarios vinculados, o próximos, a ese partido. Una presunta mafia que presuntamente chupaba del erario público muchos presuntos millones de presuntos euros, en presuntos sobornos y presuntas concesiones presuntamente fraudulentas de presuntas obras presuntamente públicas.
Una cosa hay que reconocerles a los mafiosos españoles: son más finos que sus colegas italianos. Pues al juez Garzón han conseguido quitarle de en medio sin dinamita y sin matar a nadie. El 14 de mayo de 2010 Garzón fue suspendido en sus funciones como juez de la Audiencia Nacional, tras ser admitida a trámite una denuncia contra él interpuesta por las organizaciones de extrema derecha Manos Limpias y Falange Española de las JONS, por presunta prevaricación en la investigación de los presuntos crímenes contra la humanidad presuntamente cometidos por la nada presunta dictadura franquista. ¿Se imaginan que en Alemania una organización neonazi consiguiera procesar a un juez por investigar los crímenes de los campos de exterminio? Pues esto es algo parecido. Y, de haberse dado tan improbable caso, seguro que tanto la prensa alemana como su clase política habrían expresado unánimemente su repugnancia. En España, sin embargo, una buena parte de la prensa (la próxima al Partido Popular) y una parte de la clase política (adivinen qué parte) han expresado alto y claro su alegría por la caída en desgracia de Garzón, celebrando como ¡un triunfo de la democracia! que dos organizaciones políticas neofascistas hayan logrado procesar a un juez por el presunto delito de investigar los presuntos crímenes cometidos por un régimen dictatorial. El 14 de mayo en muchos despachos de España, sin duda, se oyeron muchos suspiros de alivio. Y, posiblemente, algún que otro taponazo de champán descorchado. Pero no porque Garzón ya no investigaría los crímenes del franquismo, algo que probablemente les importaba poco (y que de todas formas no iba a hacer: él mismo se había inhibido por considerar que no tenía competencias), sino por haber conseguido, por fin, quitarle de en medio y de la investigación de la trama Gürtel.
Porque, digan lo que digan, a Garzón no le han inhabilitado en realidad por haberla cagado con algún tecnicismo traído por los pelos en la instrucción de un caso cuyo fallo habría sido más testimonial que otra cosa, y no proporcionaría a nadie más que una victoria o una derrota puramente moral. A Garzón le han inhabilitado para evitar que siguiera investigando la trama Gürtel, en la que muchos se juegan mucho más que victorias o derrotas morales: se juegan dinero (mucho), poder político (el destape de la trama Gürtel perjudica las expectativas electorales del PP) y años de cárcel. Esos cuatro payasos neofascistas que se han apuntado en apariencia la victoria de sentar en el banquillo al juez que casi procesa a Augusto Pinochet (lo habría logrado de no ser por la cobardía pusilánime de los gobiernos de Tony Blair y José María Aznar), que puso contra las cuerdas a ETA y a la mafia gallega del narcotráfico (atacando, siguiendo el ejemplo de Falcone, el entramado económico que las financiaba), que sentó en el banquillo a la dictadura argentina y destapó los desmanes de la guerra sucia contra el terrorismo del gobierno socialista de Felipe González no pueden ser los autores reales de tal hazaña., No, esos cuatro payasos en uniforme paramilitar no tienen tanto poder por sí solos. No son más que tontos útiles favorecidos, respaldados (y quizá contratados, vete a saber) por gente más peligrosa y con más poder que ellos, para que se deshicieran del juez incómodo de forma que pareciera un accidente. Lo han conseguido. Enhorabuena, hijos de puta.

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