sábado, 10 de septiembre de 2011

El alcalde y el despelote

La playa de Sant Sebastià, en la Barceloneta, no está declarada oficialmente como nudista, pero lleva ya tanto tiempo siéndolo de facto —desde mucho antes de que yo peinara canas— que allí los culos al aire sobre la arena han pasado a formar parte del paisaje cotidiano, y a nadie llaman ya la atención. Bueno, la verdad es que tanta tradición nudista hay en Barcelona (única ciudad del mundo donde no está prohibido ir desnudo por la calle) que ni siquiera el amigo Esteban cuando pasea por Las Ramblas de semejante guisa llama demasiado la atención.  Hasta que, ay, llegó el señor Trías a la alcaldía.
Llegó tan serio él, tan formal y tan conservador, tan senyor de Barcelona en el sentido más decimonónico de la expresión; tan opuesto a esa larga caterva de alcaldes socialistas, sonrientes, despendolados y excesivamente permisivos que le habían precedido. Y que hasta permitían al amigo Esteban pasear por la ciudad a badajo libre. Para demostrar que él es mucho más formal,  una de las primeras medidas que ha tomado como alcalde ha sido poner  a los guardias urbanos a perseguir bañistas en pelotas, como El gendarme en Saint-Tropez (gran película del gran Louis de Funes). Y ahí están los urbanos de Barcelona, en la playa haciendo de Louis de Funes, cuando quizá harían más falta en otras partes de la ciudad donde medran los carteristas, los tironeros y la prostitución callejera; tanto medran que ya hace algún tiempo que todo el mundo habla de ello, en la calle, en los bares y en los medios de comunicación; hasta alguien se ha referido a ello confeccionando una colección de chapas e imanes de nevera. A estos últimos el ayuntamiento los ha sancionado con presteza: por dar mala imagen de la ciudad, dice.
Quizá por lo mismo se ha puesto a perseguir a los nudistas de la Barceloneta, por dar mala imagen de la ciudad: es cierto que entre ellos escasean los cuerpos Danone y menudean las tetas estriadas, los michelines y los pellejos colgantes, pero se me ocurre que hay maneras de contrarrestar esa mala imagen que no implican quitar efectivos policiales de la persecución de los delitos realmente molestos para la ciudadanía para ponerlos a molestar ciudadanos que, al fin y al cabo, no se meten con nadie. En vez de eso, el ayuntamiento podría contratar un cuerpo de bañistas apolíneos cuya misión sería pasearse y hacer bulto en la playa, con lo que aumentaría en ella la proporción de cuerpos que cumplan los requerimientos estéticos al uso. Esta medida, además de mejorar la imagen de la ciudad, aumentaría su atractivo turístico, crearía puestos de trabajo (que buena falta hace); además serviría de acicate para que la ciudadanía adoptase costumbres saludables, como hacer ejercicio o cuidar la dieta (a ver si así consiguen trabajo de paseador en la playa) y, last but not least, proporcionaría entretenimiento a los jubilados que, desde que por culpa de la crisis hay tan pocas obras, se han quedado sin espectáculos gratis que contemplar y andan algo aburridillos, los pobres. Y mientras tanto, los guardias urbanos podrían dedicarse a perseguir carteristas y descuideros, con lo que quizá el ayuntamiento no tendría que verse en la necesidad de sancionar a los que aluden a ellos, por dar mala imagen de la ciudad.
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