miércoles, 7 de septiembre de 2011

El día que Barcelona perdió la gracia

En general y salvo excepciones, la derecha política no destaca por su sentido del humor. Y si además son nacionalistas, suelen destacar por todo lo contrario. Las patrias, al parecer, son cosas muy serias, e ir por ahí salvándolas imprime carácter.

En el ayuntamiento de Barcelona, antes feudo irreductible de la izquierda (durante 32 años, desde el fin de la dictadura hasta ahora, todos los alcaldes han sido socialistas, y todos los gobiernos municipales, coaliciones de socialistas, comunistas y nacionalistas republicanos de izquierda) gobierna ahora (¡por fin! pensarán ellos) la derecha nacionalista catalana (Convergència i Unió, para entendernos) con una ayudita bajo mesa de la derecha españolista (el Partido Popular, para entendernos). Una de las primeras consecuencias de tal cambio ha sido la inmediata pérdida de sentido del humor del equipo de gobierno municipal.
Porque sólo  con sentido del humor (del que, evidentemente, nuestro actual consistorio carece: si no se lo cree siga leyendo) se pueden entender esta colección de chapas-souvenir de Barcelona que la empresa Chapateao, muy en la línea de la tradición de diseño de la ciudad y del humor socarrón típicamente catalán, ha lanzado a la venta  y en las que se ven, respectivamente: un latero, una lumí dando palique a un posible cliente, un mantero, unos policías antidisturbios (Mossos d’Esquadra, probablemente) fent feina, el paquistaní ese tan pesado que vende rosas chungas por los bares, y un carterista en el momento de darle un tirón a un bolso. Tipos, casos y cosas que, efectivamente, se ven por Barcelona. Y cuando se ven en la realidad no hacen tanta gracia, pero esta graciosa manera de llamar la atención sobre ellas tiene su gracia. A mí, barcelonés enamorado de Barcelona como soy, me han hecho gracia, a pesar de que no hablen muy bien de la ciudad.
Pero a nuestro nuevo, flamante y derechista gobierno municipal no le ha hecho ninguna. Y le ha abierto expediente a la Librería la Central, toda una institución en la vida cultural de la ciudad (recuerdo que, ¡ay! en su local de El Raval presenté por primera vez mi primera novela),  por vender esas irónicas chapas en su sucursal del Museo de Historia de Barcelona. Poder, pueden, porque el museo es de propiedad municipal y la librería del mismo es una concesión. El expediente es por "la venta en el equipamiento [municipal] de pines que promueven actividades incívicas". La Central ha retirado las chapitas tanto de la tienda del Museo de Historia de Barcelona como del Museo de Arte Contemporáneo (Macba), también de propiedad municipal, en cuya librería también se vendían. Junto con cosas como un pen drive con la forma de una imagen de la Virgen o un muñequito articulado que representa a Sigmund Freud.
La Central las ha retirado tras calificar la reacción del consistorio de “desproporcionada”. Pero con la boca pequeña, porque el próximo mes de febrero vence la concesión que tiene La Central para explotar las librerías de ambos museos. “Están muy enfadados”, dicen desde La Central, y añaden que temen represalias. Como que les retiren la concesión, sin ir más lejos.
¿Y qué dice el ayuntamiento al respecto? Pues, con toda la gravedad y el empaque que el caso merece, que efectivamente el expediente podría acabar con la retirada de la concesión, y que lo ha abierto porque "ésta no es la imagen que se ha de proyectar de la ciudad desde un equipamiento municipal". Por supuesto, ellos preferirían que de Barcelona se promocionase el skyline de las torres de la Sagrada Família, la estatua de Colón y las paellas de la Barceloneta. Y yo; pero es que esa otra Barcelona, qué le vamos a hacer, también existe. Por mucho que le cabree al ayuntamiento, que le cabrea, porque esa no es la Barcelona que quieren. Ni yo tampoco, oiga. Pero es la Barcelona que (también) hay. 
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