lunes, 23 de enero de 2012

Es la distribución, estúpido

En el asunto de las copias piratas hay una notable confusión de conceptos: se confunde constantemente lo físico con lo intelectual, cuya existencia no es física, y sobre todo se identifica, por ambas partes, el foco del conflicto con la copia, cuando en realidad el foco del conflicto es la distribución. Me explico: el derecho a la copia existe, y siempre ha existido. Y la copia no es un robo porque, tal como postulan sus exégetas y apologetas (muchas veces apolo-jetas) una copia no supone sustraer lo copiado, que sigue estando en propiedad de su propietario original. Físicamente, al menos.
Pero aquí empieza la primera confusión: la propiedad intelectual no se ejerce sobre ningún objeto físico. Una novela no es un bloque de papel escrito y encuadernado, sino una serie de palabras, que expresan una serie de conceptos e ideas, puestos en un determinado orden. El libro de papel, o el pliego de folios, o el bloc escrito a mano, o el fichero de texto, o la grabación de audio que la contenga no es la novela en sí misma, sino su soporte físico. Una canción son unas determinadas notas musicales en un determinado orden, y quizá elaboradas con unos determinados instrumentos en un determinado momento. La grabación de la misma sólo es su soporte físico, no la canción en sí misma. Luego cuando se copia lo que hace es reproducirse el soporte físico. El consumidor no compra la novela. Nunca. Compra un soporte físico. La novela en sí misma sigue sin ser suya. Sobre ella sólo puede ejercer privilegios de usufructo.
La copia no atenta contra la propiedad intelectual legítima. Lo que atenta contra la propiedad intelectual es la distribución pública no autorizada del concepto (cuya existencia es puramente intelectual, no material) objeto de la misma. Luego no necesitamos ninguna legislación anti-copia. Pero sí necesitamos una legislación anti-distribución. Y de hecho ya existía, de hecho toda la historia de la propiedad intelectual, que empezó con la defensa de la propiedad intelectual de los escritores para con sus obras, se basa en prohibir la distribución de la obra no autorizada por parte de su autor o autores. Porque, de hecho, copiar una obra escrita siempre ha sido posible: sólo se necesitaba, aparte de acceso a la obra original, una cierta cantidad de papel y una pluma (o una máquina de escribir), y de ahí a la imprenta. Es más laborioso copiar así que digitalmente, pero se consiguen copias exactas del original, y de hecho la piratería de obras literarias por este procedimiento se ha practicado desde que existe la escritura. Uno de los principales impulsores de la legislación sobre propiedad intelectual fue Charles Dickens, harto de ver cómo sus novelas y relatos eran sistemáticamente pirateados de esta forma en los Estados Unidos. El sistema era simple: un gringo listillo se compraba la edición británica de, por ejemplo, David Copperfield, la copiaba en una linotipia, la imprimía y distribuía las copias en Estados Unidos, pedir permiso ni darle un duro a Dickens. Uno de los grandes logros de la cultura y la civilización occidentales fue que el señor Dickens pudiera cobrar, si así lo deseaba, por todas las ediciones de sus novelas que se distribuían. Con lo que pudo ganarse la vida con ello y dedicar su tiempo a escribir más novelas, en vez de tener que hacerlo en los ratos libres que le dejaba su trabajo en la fábrica de betún (pues sí, Dickens trabajó en una fábrica de betún, antes de poder ganarse la vida escribiendo).
No necesitamos ninguna ley anti-copia. Las copias son y deben ser libres. Lo que sí necesitamos, y mucho, y con mucha urgencia, es una legislación contra la distribución no autorizada de productos objeto de propiedad intelectual.
Mirándolo desde esta perspectiva, el cierre de Megaupload resulta pertinente por cuanto constituía un canal de distribución de productos objeto de propiedad intelectual que operaba sin ninguna autorización para la misma por parte de los propietarios legítimos de los contenidos. Y además lucrándose con ello. Mucho, si tenemos que juzgar por las pintas de villano de James Bond, con Cadillac rosa y helicóptero particular incluido, que se gasta su dueño, enriquecido gracias a la distribución de unos contenidos por cuya distribución sus legítimos propietarios no han visto ni un duro. Aunque esto no es más que anécdota pintoresca. Aunque en estos tiempos de redes sociales, sorprende (bueno, ya no; a fuerza de verlo…) que los debates relevantes suelen centrarse en lo anecdótico y lo pintoresco y eludiendo las cuestiones de fondo. O lo que es peor, embarullándolas sin ningún rigor.
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