jueves, 5 de enero de 2012

La sonrisa del tiburón

La dama de la discreta sonrisa parece aliviada de soltar la cartera que el hombre calvo agarra y exhibe como trofeo arrebatado en batalla, con la mirada feroz y cejijunta y esa mueca extraña que mi admirado José Muñoz ha interpretado como expresión de estreñimiento. Pero Muñoz se equivoca: es que está sonriendo. A ese señor siempre le sale una mueca como de asustar niños cuando pretende sonreír a cámara (compruébenlo aquí, aquí y aquí). Y siempre pone esa mirada ceñuda y feroz como de depredador buscando el sitio donde clavarte la dentellada (compruébenlo aquí).
El calvo de la mueca de asustar niños es el nuevo ministro de Economía del nuevo gobierno del Partido Popular, Luis de Guindos; y la dama de la discreta sonrisa es su antecesora socialista, Elena Salgado. El momento es el traspaso de cartera. Ambos son economistas, claro. Todos los partidos políticos con responsabilidades de gobierno y dos dedos de frente —y aunque tengan sólo uno, o medio— nombran un economista para tal cargo. Pero mientras la izquierda los busca en el ámbito académico o de la gestión pública (y, efectivamente, Salgado ha desarrollado su carrera entre el departamento de Economía y Finanzas de la Escuela de Organización Industrial y diversos organismos y entidades de la Administración), la derecha los suele buscar en el mundo de la empresa privada y las finanzas. Y, efectivamente, el grueso del currículum laboral de Gindos lo componen sus pasados cargos de consejero de Endesa, la multinacional española de la energía; su labor como responsable de la división financiera de PricewaterhouseCoopers (cargo que ejerció hasta ser nombrado ministro) y —esto llama más la atención—consejero asesor para Europa de Lehman Brothers, así como director de la filial de ese banco para España y Portugal. Esos dos cargos los desempeñó hasta que Lehman Brothers se despeñó arrastrando consigo a toda la economía del mundo mundial. O sea que la empresa de la que era consejero de Guindos es la que, en primera instancia, nos ha arruinado a todos, y él mismo, directa y personalmente, ha arruinado a unos cuantos, pues como director del Lehman Brothers Iberia en el momento de su quiebra se le puede considerar uno de los responsables directos de la misma. Pero con ese currículum a sus espaldas le nombraron responsable de ¡una consultoría financiera! y después, ministro de economía, y no un ministro de economía cualquiera, sino el que se supone que debe sacarnos de la crisis que provocaron gente como él, y en la que se puede argumentar que una parte de responsabilidad le corresponde. Con pufos de menor entidad en su currículum, un médico, un fontanero o un periodista tendría que ir buscándose otra forma de ganarse la vida, porque en lo suyo no le iba a volver a dar trabajo nadie. Pero en el mundo de las altas finanzas, ya ven. Lleve usted un banco a la quiebra, que se retirará con primas millonarias y algún cargo de consejero en algún sitio. Y, con un poco de suerte, hasta le pueden nombrar ministro de economía.
Poner al responsable de una aparatosa quiebra de gestor de las finanzas públicas clama al cielo, ciertamente, pero ya me provoca serias suspicacias sólo el hecho de darle ese cargo a alguien que proviene de las finanzas privadas: es algo así como poner a un lobo a pastorear ovejas. Pues el mundo de las finanzas privadas —la burguesía financiera, por usar una terminología no por marxista menos exacta— es el enemigo natural de la cosa pública, a la que, con toda coherencia, clama por eliminar o cuando menos reducir a su mínima expresión, pues cuanto menos parte del pastel económico esté en manos de la cosa pública, más estará a su alcance para hacer negocio —o especular y mangonear, por usar una terminología no por perroflautista menos exacta—. A los tiburones no les gustan los viveros, porque no pueden entrar a comerse los pececitos. Ellos son liberales y quieren que todos los pececitos sean libres y naden por el mar abierto, al alcance de sus fauces. Lo mismo pasa con esa otra subespecie de escualos, los tiburones financieros.
Es más que razonable suponer que de Guindos lleva en su equipaje la mentalidad imperante en el mundo de las finanzas privadas, y no digo ya más concretos intereses creados en ese mundo porque eso podría incurrir en delito de cohecho, y mientras no se demuestre lo contrario asumo la inocencia de de Guindos a ese respecto. Pero nótese que una de sus primeras declaraciones como ministro es advertir que el estado del bienestar no puede mantenerse, que con tanta deuda no hay dinero para financiarlo. Y los tiburones sonríen al otro lado de la reja del vivero, viendo próximo el momento de clavarle dentellada a los seguros sanitarios y el sistema de pensiones.
Lo que de Guindos no dijo es que el estado del bienestar se financiaba la mar de bien hasta que sus colegas de Lehman Brothers et al. provocaron una crisis en el mercado financiero internacional de proporciones épicas. No dijo que el presupuesto del Estado Español tenía superávit, no deuda sino superávit, hasta 2008, cuando el parón de la economía mundial que los colegas de de Guindos provocaron obligó a muchas empresas de la economía productiva a cerrar y dejó sin trabajo a muchos trabajadores productivos, con lo que el Estado se encontró con menos ingresos por impuestos y más cargas por subsidios. Y encima se gastó una pasta gansa, a fondo perdido, en rescatar a los mismos que provocaron la crisis, y que ahora mismo son, oh sorpresa, los propietarios de la deuda que el Estado se vio obligado a contraer para pagarles a ellos la pasta que se llevaron en crudo y subsanar los estropicios que ellos habían causado. O sea, que nos llevaron a la ruina y encima les debemos dinero. Y además, colocan a uno de los suyos en el ministerio de Economía. No es de extrañar que los tiburones sonrían tanto. Y quizá esa sea la razón de la extraña mueca de compone de Guindos al sonreír: es que aprieta tanto los labios para que no se le vean los dientes de tiburón que se le queda la cara así.
Publicar un comentario