domingo, 25 de julio de 2010

Un continente de mierda

Vivimos en la cultura del usar y tirar, uno de cuyos grandes tótems es la bolsa de plástico, ese elemento gratuito y desechable tan útil y cómodo para llevarse la compra del supermercado a casa sin tener que acarrear el engorroso capazo de nuestras abuelas. Las servidumbres de nuestro dinámico modo de vida actual nos exigen ir por ahí acarreando iPods, teléfonos móviles, iPads, netBooks, tablet PCs, Nintendos DS y  las llaves del imprescindible coche, pero no nos permiten ir por la vida arrastrando capazos (donde, por otra parte, podríamos acarrear más fácilmente tanta chatarra); de ahí que la bolsa desechable nos sea tan útil y  tan cómoda. Tanto, que cada año consumimos varias toneladas de ellas.

martes, 13 de julio de 2010

Cortesías

La Gangsterera, buen blog sobre literatura negra y criminal.
Y Juan Bolea en El Periódico de Aragón.

miércoles, 16 de junio de 2010

El latido de la ciudad

Yo solía notarlo. De noche, tumbado en la cama, ni dormido ni totalmente despierto, notaba el pulso de la gran ciudad, su latido. Pero no me refiero al rumor del tráfico ni al retumbar del metro (que, de todas formas, no oía nunca: vivía en una calle silenciosa, céntrica pero apartada de las grandes arterias urbanas). No; ese pulso, ese latido, no es perceptible con ninguno de los cinco sentidos convencionales.

viernes, 28 de mayo de 2010

Mis locos vecinos

El piso era viejo, muy viejo, y estaba bastante estropeado: las tuberías del agua ostentaban muñones mutilados en donde debería haber un calentador, habían arrancado y se habían llevado el interfono del portero electrónico y la roseta de entrada del teléfono. En mitad de una de las habitaciones habían hundido Dios sabe cómo (¿dejando caer desde mucha altura una bola de bolos, quizás?) las baldosas del suelo, formando un notable agujero.

jueves, 20 de mayo de 2010

Hienas bolcheviques


Valencia, 18 mayo (EFE).- El eurodiputado del PP Carlos Iturgáiz ha defendido hoy la inocencia del president de la Generalitat, Francisco Camps, y ha afirmado que las acusaciones contra él por el caso "Gürtel" han sido "montadas" por "hienas bolcheviques" a las que les molesta haber puesto a la Comunitat Valenciana en el mapa.

domingo, 16 de mayo de 2010

Que parezca un accidente

El juez siciliano Giovanni Falcone fue el primero en ser calificado de “juez estrella”. Sus implacables investigaciones sobre la Mafia no se detuvieron en la detención del matón cabeza de turco de turno, sino que se metieron en donde más daño podían hacer, en el entramado económico-financiero, tirando de los hilos que conducían a los respetables banqueros, abogados, empresarios y cargos municipales que no eran Mafia propiamente dicha pero gracias a los cuales la Mafia era mucho más que una asociación de matones. Por su implacabilidad e insobornabilidad Falcone tuvo que vivir con escolta y se creó muchas antipatías entre los altos círculos del poder político, económico y aun judicial, que se traducían en comentarios despectivos a sus ”desmedidas ansias de protagonismo” y el apelativo, despectivo en origen, de “juez estrella”.

lunes, 26 de abril de 2010

No cilla d'A gustín

O sea, ninguna cilla proporciona placer pequeño. ¿Que qué es una cilla? Puede ser una licencia (post) poética. Claro que también puede ser un mueble para centarce.
Parece una tontería, pero no, es postpoesía; bueno, en realidad es una tontería, pero viene a cuento; dejen que me explique.

lunes, 29 de marzo de 2010

Me acuerdo: ataques de asma

Me acuerdo de los ataques de asma que siempre te asaltan de madrugada, de hecho me siguen asaltando de vez en cuando, pero ahora los vivo como un adulto racional y entonces los vivía como un niño para quien el mundo aún no ha dejado de ser mágico, y me acuerdo del terror que entonces me provocaba esa opresión sobre el pecho cada vez que intentaba respirar, como si se me hubiera sentado encima una de las criuaturas de pesadilla de Fusseli, y me acuerdo de los monstruos neblinosos de grandes ojos fosforescentes que parecían flotar a mi alrededor en la silenciosa oscuridad rebullente de fosfenos,

lunes, 15 de marzo de 2010

Un señor de Valladolid que caza

Para un adolescente de la España de la movida que empezaba a interesarse por la literatura, los únicos escritores en español que valían la pena eran los latinoamericanos (mejor si eran argentinos, en especial los de la BBC: Borges, Bioy y Cortázar). De los españoles de España sólo se salvaban algunos catalanes de Barcelona (la triple M: Montalbán, Marsé y Mendoza) por urbanos, cosmopolitas, gauchedivinistas y conectados con la cultura pop;  y algún poeta decadente o escabroso del tipo Gil de Biedma o Leopoldo María Panero. Los escritores que se exiliaron cuando la Guerra Civil eran unos desconocidos, y los que militaron en el bando ganador provocaban más rechazo que otra cosa. De entre ellos, quizá suscitaba alguna atención Camilo José Cela por la gracia que hacían los tacos que soltaba, y por sus coqueteos  con la literatura experimental; pero esa España cerril y cateta de sotanas y caspa, botijo y moscas que queríamos enterrar  bajo kilos de canciones de Nacha Pop y películas de Pedro Almodóvar la teníamos demasiado asociada con la boina de Pío Baroja o Josep Pla, el rictus de cacique gallego de Torrente Ballester,  los himnos falangistas de Dionisio Ridruejo y con el resto de los escritores de la generación del 36, que las lecturas obligatorias en clase de literatura en el colegio asociaban a una prosa redicha, sermoneante y campanuda,  de un realismo casposo y pueblerino. En ese saco entraba Miguel Delibes, aquel señor que se dedicaba a cazar perdices en los cotos de los alrededores de Valladolid, pequeña capital de la España profunda de la que se negaba a salir ni que le matasen.

viernes, 12 de marzo de 2010

Presentación "El sonido de la noche"

(haz clic sobre la imagen para ampliarla)

martes, 9 de marzo de 2010

La gran esperanza negra

Durante una recepción en la Casa Blanca, una dama de la alta sociedad washingtoniana comprobó, es de suponer que con desagrado, que se había sentado a su lado un viejo negro de pelo largo y arete en la oreja, vestido con unos pantalones de cuero, una chaqueta con un dragón multicolor bordado en la espalda y unas ostentosas gafas de chuloputas (pimp, en inglés). La distinguida dama se dirigió al anciano extravagante y le preguntó: “¿usted qué ha hecho de importancia para ser invitado?”. El anciano, que se llamaba Miles y se apellidaba Davis, la miró con la aristocrática arrogancia con que se manejaba por el mundo, y le respondió: “He cambiado la historia de la música cuatro o cinco veces. Y usted, ¿qué ha hecho de importancia para ser invitada, aparte de ser blanca?”.

domingo, 28 de febrero de 2010

Me acuerdo: iglesia

Me acuerdo del intimidante, severo silencio. Me acuerdo de las sombras que se agazapaban tras las columnas y los arcos del crucero, como jirones de niebla negra. Me acuerdo de la estatua policromada y vestida de Santa Águeda, tan aparentemente real como la figura de un museo de cera. Me acuerdo de sus ojos alzados al cielo en una expresión de perpetuo dolor. Me acuerdo de la bandeja que sostenía en una mano, con lo que parecían dos flanes sonrosados y ensangrentados: sus pechos, los que según la historia le cercenaron en el martirio. Me acuerdo del cristo crucificado de otra de las hornacinas. Me acuerdo de las gotitas de sangre, minuciosamente labradas y pintadas, que le recorrían todo el cuerpo. Me acuerdo de las lágrimas de sangre que caían de sus ojos, alzados al cielo en una mueca de perpetuo dolor aún más angustiante que la de Santa Águeda. Me acuerdo de los clavos, de hierro real, que atravesaban su carne aparentemente real. Me acuerdo de la pintura mural tras el altar, representando el martirio de San Juan Bautista; me acuerdo de que su cuello cortado parecía un embutido. Me acuerdo de los chorreones de sangre cayendo de la bandeja donde el verdugo estaba depositando su cabeza. Me acuerdo que no podía dejar de mirar aquella escena durante todo el oficio. Me acuerdo del peculiar olor, como a queso rancio disimulado con polvos de talco, que desprendía el sacerdote sentado en las sombras del confesionario. Me acuerdo de las motitas blancas de caspa sobre el paño negro de su sotana. Me acuerdo del aspecto de sus manos, pálidas y blanduzcas como la tripa de un pez. Me acuerdo de sus reiteradas, obsesivas preguntas, siempre sobre lo mismo: “¿te tocas?” “¿si me toco qué, padre?”. Y me acuerdo de lo brillante que parecía el sol y lo azul que parecía el cielo cuando por fin podía salir de aquella especie de museo de los horrores. De todo eso me acuerdo.