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sábado, 13 de septiembre de 2025

El último bastión del pudor (aparque aquí a su anciano, II)

 


Mis visitas diarias a la residencia de ancianos pronto se amoldaron a una rutina: llegaba un poco antes de las cuatro de la tarde, pues era la hora en que mi madre, como un reloj, despertaba de su siesta y le entraban ganas de ir al baño. Al que no podía ir sola, no porque no pudiera andar—podía, a su tambaleante manera— sino porque estaba encajonada en una cama con listones a los lados que la convertían en algo semejante a un corralito para gallinas, que la debilidad de sus piernas no le permitía saltar.  

—Y por qué no llamas con el botón rojo, mamá, para que venga alguien a ayudarte. Para eso está.

—Ya llamo, hasta desgastar el botón, pero no viene nadie.

Y no viene nadie.

lunes, 25 de agosto de 2025

Y no viene nadie (Aquí puede aparcar a su anciano, I)

 


Mi madre, hasta entonces una vigorosa anciana de noventa años acostumbrada a hacer su santa voluntad, sufrió un ictus de baja intensidad. La recuperación fue buena, pero no absoluta. Y mi hermana le buscó una residencia geriátrica. Un lugar de paredes blancas impolutas y jardines de césped artificial, apacible, limpio, agradable y bien equipado. El personal que pululaba por entre los residentes era joven, amable, cariñoso. Aunque, con frecuencia, hablaban a los ancianos en ese tono cantarín y algo condescendiente con que la gente cursi suele hablar con los niños o los discapacitados. Ese tono, similar a un gorjeo, con la voz dos octavas más aguda de lo normal y alargaaaando muuucho la penúltima vocal de cada palabra, siempre me ha causado cierto repeluzno; si alguna vez alguien se atreve a usar ese tono conmigo, por viejo o chocho que esté entonces, puede llevarse fácilmente un puñetazo en la nariz.

sábado, 1 de febrero de 2020

Yo quería ser Marcello Mastroianni


La primera vez que vi La dolce vita, al salir del cine me dije: “cuando sea mayor, quiero ser Marcello Mastroianni”. Bueno, en realidad no me dije “cuando sea mayor”, porque por aquel entonces —era 1976, o 1977; quizá 1978, y con Franco recién muerto había en los cines una avalancha de estrenos de películas largo tiempo prohibidas por la dictadura; entre ellas El gran dictador, Viridiana y La dolce vita—aunque era un niñato recién salido del cascarón, aún imberbe y con la mayoría de edad todavía por estrenar—entre otras cosas que también tenía sin estrenar— ya me consideraba un correoso adulto. Santa inocencia.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Mujer en el espejo contemplando el desastre



         —Debería hacerme un retoque así—dijo María ante el espejo, mientras se estiraba la piel por detrás de las orejas, convirtiendo su rostro en una máscara tan tersa e inexpresiva como la de Michael Myers, el asesino de las películas de la saga Halloween.
—No, no deberías—dije yo. No me atraía nada la perspectiva de besar a Michael Myers en los labios de goma.
—Nada muy radical. Lo justo para hacer desaparecer las líneas nasogenianas y las patas de gallo.
—Pero a mí me gustan tus patas de gallo. Y tus líneas nasogenianas. Sea eso lo que coño sea.
María se giró para mirarme como si, de pronto, se hubiera dado cuenta, con cierto disgusto, de mi presencia en la habitación.

lunes, 20 de julio de 2015

Milena en la playa

MILENA—No me interesa la política—sentencia Milena mientras se unta crema solar, tumbada sobre la arena dorada de una playa de Cadaqués. Y rubrica la sentencia con un encantador mohín de disgusto. Es su reacción ante los comentarios en voz alta que se me escapan al leer el periódico. Comentarios, en los que, de pronto me doy cuenta, me he dejado llevar por la indignación. Pero es que esos cabrones tecnócratas de la Unión Europea. Pero es que esos cabrones del gobierno de la Generalitat. Pero es que esos cabrones del gobierno español. Pero es que la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, la nueva Ley Forestal, la nueva Ley Laboral…Me siento asfixiado, me siento pisoteado, con unas ganas indecibles de gritar.
—¡Pero tengo razón!—Digo, casi grito. Y Milena, indolente, exquisita, relajada, brillando al sol bruñida de Coppertone, me pone en mi sitio con unos calmados susurros, sin siquiera abrir los ojos.

miércoles, 4 de abril de 2012

Diario de Cantabria 1: el gato del escritor

DSC_0114Hoy en Barcelona hace un día muy cántabro: el cielo es gris, el sol mortecino, el aire fresco y los árboles mojados, lo que los hace parecer más verdes. Así se ve todo a través del cristal. Y se percibe esa atmósfera  de tenue calma, como si estuvieras oyendo la respiración de un gigante verde dormitando junto al mar. El mes que viene me iré a Cantabria, ese gigante verde que dormita junto al mar, a pasar unos días con mi madre en su pueblo, bajo cielos grises, bajo un sol mortecino, entre el aire fresco y los árboles muy verdes y muy mojados. A dejarme envolver por esa atmósfera de tenue calma.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El planeta de los SMS (Planet of the Apps)


Cuando empecé a ejercer de periodista, recién estrenada la última década del pasado siglo, ya existían los teléfonos móviles, pero poca gente los usaba aún; en parte, porque eran unos cacharros enormes y enormemente incómodos, y en parte porque también eran enormemente caros: un producto de ostentación para ejecutivos agresivos y otros exhibicionistas del estatus, que presumían de su móvil en las discotecas como presumían de su deportivo en la carretera o de su polla en los vestuarios. Recuerdo que para eso, para presumir, una empresa italiana fabricaba unos teléfonos móviles falsos: de teléfono sólo tenían el aspecto y el timbre, que podías programar para que sonara en el momento adecuado, para poder hacer el paripé simulando que recibías una llamada. Venía a ser la versión telefónica del calcetín enrollado dentro de los calzoncillos.

sábado, 13 de agosto de 2011

La empresa ya no necesita sus servicios


Me despidieron un viernes. El viernes es un día propicio a los despidos: la mayoría de los manuales sobre cómo efectuar un despido (existen, sí) recomiendan hacerlo en viernes. A última hora, a ser posible. Para poder poner en la calle al despedido antes de que tenga tiempo de reaccionar, y con todo un fin de semana por delante para que se enfríe, él y sus compañeros —ya ex-compañeros— de trabajo. Porque, del mismo modo que cuando las gallinas del corral ven como le cortan el pescuezo a una de ellas, del susto dejan de poner huevos, el día que despiden a alguien, y el siguiente, la productividad de la empresa, o del departamento, baja en picado:   en todo lo que son capaces de pensar todos es en cuándo les llegará el turno a ellos. Según los manuales del buen despedidor, mejor que piensen en ello, y se indignen si procede, durante el sábado y el domingo, en vez de en horas de oficina: así esa ventana de falta de productividad no afectará a la empresa. Y el lunes, ya enfriados, volverán al gallinero cabizbajos y contentos de que esta vez no haya sido su pescuezo el cortado. Esta vez.

jueves, 26 de mayo de 2011

Yo y mi doble

Un día descubrí que había alguien con el mismo nombre y el mismo apellido que yo, que vivía en el mismo barrio de la misma ciudad que yo, que como yo era periodista de profesión, escribía novelas como yo y tenía un blog en blogger como yo, pero no era yo.  No, seguro que no era yo, en su blog había una foto y el tipo que allí salía, aunque lleve el pelo corto y la camisa negra, como yo suelo, no se parecía en nada al tipo que suelo ver por las mañanas en el espejo del lavabo. El del espejo era mucho más guapo, a dónde vas a parar.

lunes, 21 de febrero de 2011

Yo lavé la ropa sucia del 23-F

El 23 de febrero de 1981 yo era un soldado recién incorporado a un cuartel de artillería (por lo tanto no era un soldado, nunca lo he sido, sino un artillero) de Las Palmas de Gran Canaria. Aquella, a lo que parecía, anodina tarde de martes estaba preparando la ropa que tenía que llevar a la lavandería de la que era cliente habitual en la ciudad. Hacía un mes que me habían destinado a las oficinas de aquel cuartel como contable, y estaba a punto de empezar el cursillo de ascenso a cabo, con la intención de proseguir hasta cabo primero y licenciarme como sargento en la reserva. Con aquel destino en aquella tranquila ciudad de clima benigno, y con los galones en perspectiva (y los modestos privilegios que éstos llevaban aparejados) veía por delante una mili más bien tranquila. Y en eso que sale por la tele un teniente coronel de la Guardia Civil, todo tricornio y mostacho, cual caricatura decimonónica de la España cañí, tomando por las armas el Congreso de los Diputados en plena sesión parlamentaria.

miércoles, 16 de junio de 2010

El latido de la ciudad

Yo solía notarlo. De noche, tumbado en la cama, ni dormido ni totalmente despierto, notaba el pulso de la gran ciudad, su latido. Pero no me refiero al rumor del tráfico ni al retumbar del metro (que, de todas formas, no oía nunca: vivía en una calle silenciosa, céntrica pero apartada de las grandes arterias urbanas). No; ese pulso, ese latido, no es perceptible con ninguno de los cinco sentidos convencionales.

viernes, 28 de mayo de 2010

Mis locos vecinos

El piso era viejo, muy viejo, y estaba bastante estropeado: las tuberías del agua ostentaban muñones mutilados en donde debería haber un calentador, habían arrancado y se habían llevado el interfono del portero electrónico y la roseta de entrada del teléfono. En mitad de una de las habitaciones habían hundido Dios sabe cómo (¿dejando caer desde mucha altura una bola de bolos, quizás?) las baldosas del suelo, formando un notable agujero.

lunes, 29 de marzo de 2010

Me acuerdo: ataques de asma

Me acuerdo de los ataques de asma que siempre te asaltan de madrugada, de hecho me siguen asaltando de vez en cuando, pero ahora los vivo como un adulto racional y entonces los vivía como un niño para quien el mundo aún no ha dejado de ser mágico, y me acuerdo del terror que entonces me provocaba esa opresión sobre el pecho cada vez que intentaba respirar, como si se me hubiera sentado encima una de las criuaturas de pesadilla de Fusseli, y me acuerdo de los monstruos neblinosos de grandes ojos fosforescentes que parecían flotar a mi alrededor en la silenciosa oscuridad rebullente de fosfenos,

domingo, 28 de febrero de 2010

Me acuerdo: iglesia

Me acuerdo del intimidante, severo silencio. Me acuerdo de las sombras que se agazapaban tras las columnas y los arcos del crucero, como jirones de niebla negra. Me acuerdo de la estatua policromada y vestida de Santa Águeda, tan aparentemente real como la figura de un museo de cera. Me acuerdo de sus ojos alzados al cielo en una expresión de perpetuo dolor. Me acuerdo de la bandeja que sostenía en una mano, con lo que parecían dos flanes sonrosados y ensangrentados: sus pechos, los que según la historia le cercenaron en el martirio. Me acuerdo del cristo crucificado de otra de las hornacinas. Me acuerdo de las gotitas de sangre, minuciosamente labradas y pintadas, que le recorrían todo el cuerpo. Me acuerdo de las lágrimas de sangre que caían de sus ojos, alzados al cielo en una mueca de perpetuo dolor aún más angustiante que la de Santa Águeda. Me acuerdo de los clavos, de hierro real, que atravesaban su carne aparentemente real. Me acuerdo de la pintura mural tras el altar, representando el martirio de San Juan Bautista; me acuerdo de que su cuello cortado parecía un embutido. Me acuerdo de los chorreones de sangre cayendo de la bandeja donde el verdugo estaba depositando su cabeza. Me acuerdo que no podía dejar de mirar aquella escena durante todo el oficio. Me acuerdo del peculiar olor, como a queso rancio disimulado con polvos de talco, que desprendía el sacerdote sentado en las sombras del confesionario. Me acuerdo de las motitas blancas de caspa sobre el paño negro de su sotana. Me acuerdo del aspecto de sus manos, pálidas y blanduzcas como la tripa de un pez. Me acuerdo de sus reiteradas, obsesivas preguntas, siempre sobre lo mismo: “¿te tocas?” “¿si me toco qué, padre?”. Y me acuerdo de lo brillante que parecía el sol y lo azul que parecía el cielo cuando por fin podía salir de aquella especie de museo de los horrores. De todo eso me acuerdo.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Fotos de recuerdo

Los padres de hoy en día ya no viven —no realmente— la experiencia del nacimiento de sus hijos, porque están demasiado ocupados filmándolo. Las madres sí que lo viven, porque qué otro remedio les toca: con las contracciones les saldrían todas las tomas movidas, y además están en muy mal ángulo, así que no pueden grabar el acontecimiento, deben conformarse con vivirlo en carne propia. Más tarde, cuando el crío o la cría de sus primeros pasos, o saque el primer diente o lo pierda o cague por primera vez sentado en el orinal, ya no lo vivirán en carne propia, porque sus mentes, como la del pazguato que las preñó, estarán demasiado ocupadas pensando en encuadres, iluminación y enfoque. Lo vivirán después, cuando lo vean en la pantalla del televisor o del ordenador.

viernes, 10 de abril de 2009

Me acuerdo: tebeos en bitono

Me acuerdo de los tebeos impresos en bitono: tinta negra y tinta roja, normalmente, aunque en algunas raras ocasiones la segunda tinta podía ser azul, o más raramente verde, pero nunca amarilla. Me acuerdo del papel delgado y crujiente, ligeramente satinado, apenas algo mejor que el papel de periódico, que amarilleaba al poco tiempo. Me acuerdo de Pumby, de las hermanas Gilda, de Carpanta, de Gordito Relleno, de Tribulete, de la familia Trapisonda, de la familia Cebolleta, de la familia Ulises, de los inventos del TBO, de los cuentos de Tío Vázquez. Cuando hoy vuelvo a echar un vistazo a esas historias me parecen más adecuadas para adultos, con su humor de costumbrismo social, que para niños, o en todo caso muy distinto de lo que hoy día se considera adecuado o atractivo para los niños, pero yo me acuerdo de cómo el tiempo parecía suspenderse mientras lo pasaba absorto en su lectura sobre mi cama infantil. Me acuerdo de la emoción de ir al kiosco con cincuenta céntimos de peseta para comprarlos, me acuerdo de mi padre cuando, cada viernes, traía alguno de esos tebeos —eran de periodicidad semanal—junto con el periódico y una revista de papel cuché para mi madre. De todo eso me acuerdo.

viernes, 3 de abril de 2009

Me acuerdo: canicas

Me acuerdo de cómo se debía poner la canica entre los dedos para poder catapultarla, de las palabras rituales que debíamos recitar al final de cada uno de los tiros, en riguroso orden: chivas, palmo, pie, tute, gua; del ruido que producían las canicas al entrechocar, de su peso en la palma de la mano, de esos molinetes de colores que se veían bajo su piel de cristal, dura y esférica; pero me acuerdo de que unas pocas, las más apreciadas, no tenían molinetes de colores dentro, sino que eran todas de un solo color transparente, amarillo o azul; me acuerdo de las fascinantes iridiscencias que la luz del sol provocaba al pasar a través de estas canicas especiales. Que te las ganaran en una partida podía ser toda una tragedia. De todo eso me acuerdo.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Contactos (3)

(continuación)
Podría contar la historia de S. En nuestra primera (y última) cita, su conversación se atascó en un único tema: que en España cada vez había más hombres homosexuales.


-No lo creo-rebatí- homosexuales siempre los hay y siempre los ha habido en todas partes, y siempre en la misma proporción:un diez por ciento de la población, aproximadamente. Como los zurdos.
Como zurdo, también me siento perteneciente a una minoría mirada con recelo. Y todo por tener una inclinación innata a hacer las cosas de otra forma que el noventa por ciento de la población. Quizá por eso me sentí solidario con el colectivo gay. O quizá fue la típica reacción machista ante lo que podía ser una puesta en duda de mi viril heterosexualidad. Quién sabe.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Contactos (2)

(continuación)
Ana se saltó el análisis del zumbómetro porque no quiso intercambiar correspondencia, apenas un par de frases. En vez de eso optó por invitarme directamente a vernos y tomar algo juntos. En las fotos se la veía bastante mona, una treintañera rubia y menuda. Justo mi tipo… Así que piqué.

sábado, 28 de julio de 2007

Contactos (1)

Una vez me dio por apuntarme a una web de contactos. En teoría parecía una buena idea: una manera de conocer gente (bueno, vale: de conocer mujeres) mucho más allá de los restringidos límites del campo de relaciones sociales, sin necesidad de castigarse el hígado en los casi siempre patéticos bares de solteros, de forma cómoda y civilizada, desde el ordenador de casa.